Destinatario equivocado

Capítulo 14

El aire frío de la terraza privada se sintió como una bofetada helada en el rostro de Odette.

Apenas las pesadas puertas de madera barnizada se cerraron a sus espaldas, aislándolos del sofocante murmullo del gran salón de baile, la fragilidad de la joven se transformó en una furia ciega, alimentada por la impotencia.

Se giró hacia Daniel sobre sus tacones, con el pecho agitado y los puños apretados al costado de su vestido.

—¡Estás completamente demente! —estalló en un susurro violento, con la voz temblando por la rabia—. ¡¿Tienes la menor idea de lo que acabas de hacer allá adentro?! ¡¿De lo que acabas de desencadenar?!

Daniel ni siquiera se inmutó. Con una lentitud exasperante, caminó hacia el balaustre de mármol que daba hacia los jardines iluminados. Se desabrochó el botón central de su saco oscuro con elegancia, se sirvió un sorbo de la copa de champán que traía en la mano y la observó con esa frialdad quirúrgica que lo caracterizaba.

—Lo que hice allá adentro, Odette, fue evitarte una humillación pública —respondió él con voz pausada, como si le estuviera explicando un concepto básico a una niña caprichosa.

—¡¿Evitarme una humillación?! —Odette dio un paso hacia él, perdiendo el control de sus propios nervios—. ¡Me acorralaste frente a mi familia! ¡Frente a la tuya! ¡Les mentiste en la cara diciendo que salíamos juntos! Esa carta... ¡sabes perfectamente que esa maldita carta no era para ti!

Daniel dejó la copa sobre una mesa auxiliar con un chasquido seco que resonó en el balcón. Despacio, comenzó a acortar la distancia entre los dos. Sus pasos eran lentos, calculados, los de un depredador cerrando el cerco sobre su presa.

Odette intentó mantener la postura, pero la abrumadora presencia del heredero Bennett la obligó a dar un paso atrás, hasta que la parte baja de su espalda chocó contra el borde del escritorio de la habitación adyacente.

Daniel se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y cuero de su colonia la envolvió por completo.

—Efectivamente, no era para mí —admitió él, inclinándose ligeramente hacia ella hasta que sus miradas quedaron al mismo nivel—. Iba dirigida a mi primito Leonardo. Una confesión vergonzosamente apasionada, debo añadir. Casi infantil en su devoción.

Odette sintió que la cara le ardía de vergüenza. —Dámela —suplicó, bajando el tono, dejando ver la grieta de pánico en su voz—. Te lo ruego, Daniel. Es un error. Devuélvemela y arreglaré esto.

Daniel soltó una pequeña risa, corta y carente de cualquier calidez. Extendió una mano y, con la yema de sus dedos enfundados en cuero, rozó la barbilla de Odette, obligándola a sostenerle la mirada.

—¿Arreglarlo? ¿Y cómo planeas hacerlo? —preguntó en un murmullo bajo y peligroso—. ¿Vas a salir ahí fuera a explicarles a los Miller y a los Bennett que cometiste un descuido tan torpe?

Daniel hizo una pausa deliberada, disfrutando del terror que florecía en los ojos azules de la joven.

—Bueno, si gustas, sal y aclárales todo —continuó él, con un tono cargado de sarcasmo refinado—. Diles que quien te gusta en realidad es Leonardo. Aunque... sería bastante lamentable que te veas atrapada entre dos primos. Imagina los titulares, Odette. La señorita Miller, jugando a dos bandos con los herederos Bennett y Brown. Tu familia quedaría reducida al ridículo social antes del amanecer.

El aire se le escapó a Odette de los pulmones. Se quedó helada. La crueldad con la que Daniel había dibujado el escenario la dejó sin argumentos. Él tenía razón en algo: el prestigio de su familia era tan frágil que un escándalo de esa magnitud destruira la reputación de sus padres en la alta sociedad.

—Eres un monstruo... —musitó ella, con los ojos empañados por lágrimas de frustración que se negó a dejar caer.

—Soy práctico —corrigió él sin perder el aplomo—. Y ahora mismo, soy la única persona que está evitando que arruines tu vida por un sobre mal depositado.

—¿Qué es lo que quieres, Daniel? —preguntó ella, apretando los dientes—. ¿Por qué haces esto?

—No te subestimes… —respondió él, posando la palma de su mano sobre la madera del escritorio, a un lado del cuerpo de Odette, acorralándola por completo—. Esto es mucho más que un capricho. En tres meses, mi abuelo anunciará al nuevo CEO del conglomerado Bennett. Leonardo lleva años jugando a ser el muchacho noble y perfecto que mi familia adora, mientras tus padres buscan desesperadamente la protección de una firma como la nuestra. Al reclamarte como mía esta noche, maté dos pájaros de un tiro.

—Yo no gano nada —replicó ella con amargura.

Daniel se inclinó un poco más, reduciendo el aire entre ambos a un espacio sofocante.

—Le demostré a mi padre que tengo el control de la alianza con los Miller antes de que tu familia busque postularse con la facción de Leonardo. Y de paso... le quité a mi estimado primo lo único que no sabía que quería hasta que me vio tomarlo.

Odette sintió que se le cortaba la respiración. —Estás usándome como un trofeo para destruirlo a él...

—Te estoy usando porque puedo, y porque me conviene —corrigió él con una frialdad magnética, aunque sus ojos grises la recorrieron con una intensidad abrasadora—. Te ayudo a quitarte a personas incompetentes de tu lado. Usa mis influencias para poder salir de tu cueva. Eres tan hermosa como para dejar que te pisoteen. Pero sobre todo, Odette, lo hago porque leí esa carta. Leí cada línea de esa confesión ridículamente apasionada. Y me pareció un desperdicio absoluto que le entregaras ese fuego a un imbécil que ni siquiera sabe qué hacer contigo. Ahora ese fuego me pertenece.

—Eres un monstruo... —musitó ella, con la voz quebrada.

—Soy el hombre que tiene tu reputación en la palma de su mano —sentenció Daniel, acercándose a su oído hasta que su aliento cálido le erizó la piel—. El acuerdo es sencillo: serás mi novia en público. Sonreirás cuando te mire, sostendrás mi mano en cada gala y actuarás como la mujer devota que todos esperan ver. A cambio, la carta se quedará en mi caja fuerte. Nadie sabrá jamás tu secreto. Ni tu familia, ni la prensa... y sobre todo, jamás dejaré que Leonardo sepa lo cerca que estuvo de tenerte.




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