Destinatario equivocado

Capítulo 15

El trayecto de regreso en el automóvil familiar transcurrió en un silencio que a Odette se le hizo insoportable.

En los asientos delanteros, sus padres no hablaban de acciones ni de contratos empresariales. La señora Miller mantenía la mano sobre el muslo de su esposo, y ambos se miraban de vez en cuando con esa complicidad de quienes han construido una vida basada en el afecto real.

—Cariño... —intervino su madre con suavidad, girándose en el asiento hacia Odette con una mirada llena de ternura y una sonrisa genuina—. Sé que todo esto debió ser abrumador para ti. Jamás nos imaginamos que tú y Daniel... bueno, que se conocieran a ese nivel. Nos tomó completamente por sorpresa.

—Solo queremos que seas feliz, Odette —agregó su padre, observándola por el espejo retrovisor con calidez—. Sé que los Bennett tienen una reputación de ser personas frías y reservadas, pero si Daniel te cuida y te trata con el respeto que te mereces, nosotros te apoyamos incondicionalmente. Sabes que tu bienestar está por encima de cualquier otra cosa.

En el asiento trasero, Odette permanecía apoyada contra la ventanilla, sintiendo un nudo opresivo en la garganta.

No dijo nada. Solo esbozó una sonrisa diminuta y cansada. Cada palabra de cariño sincero, cada gesto de apoyo amoroso de sus padres, caía sobre su pecho como una losa de plomo. Sería mil veces más fácil si sus padres fueran egoístas o ambiciosos; pero saber que la amaban con tanta pureza hacía que la mentira que estaba obligada a sostener se sintiera como una traición imperdonable.

Al lado de Odette, su hermano mayor, Williams, permanecía en un silencio absoluto.

A diferencia de sus padres, que veían la situación con la ilusión de quien desea lo mejor para su hija, Williams no estaba cegado por la emoción de la gala. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en ella. Él la conocía desde que era una niña. Conocía la forma en que sus manos se entrelazaban obsesivamente cuando algo la aterraba y la rigidez defensiva de sus hombros.

Para Williams, la expresión de Odette en el salón de baile no había sido la de una mujer enamorada. Había sido la de alguien atrapado por la sorpresa.

Al llegar a la residencia familiar, sus padres le dedicaron un abrazo cálido antes de retirarse a descansar, pidiéndole que no se preocupara por los murmullos y asegurándole que ellos siempre serían su refugio. El silencio de la casa por fin envolvió los pasillos de mármol.

Odette subió las escaleras a toda prisa, arrastrando la pesada falda de su vestido. Solo quería llegar a la seguridad de su habitación, quitarse el corsé que la asfixiaba y procesar todo el caos en soledad.

Sin embargo, cuando estaba a punto de girar el pomo de su puerta, una mano grande y firme se posó suavemente sobre su hombro.

Odette se congeló.

—Tenemos que hablar —murmuró Williams con voz grave.

—Williams, por favor... estoy exhausta —susurró ella, intentando avanzar hacia el interior de su cuarto sin girarse.

—Odette, mírame.

La firmeza en la voz de su hermano la obligó a darse la vuelta. Williams la observaba con el ceño fruncido y una mirada llena de una protección tan intensa que a ella se le oprimió el corazón. Sin pedir permiso, él entró a la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.

—No me salgas con evasivas —comenzó él, apoyándose contra la madera—. Estuve observándote durante toda la noche. Mamá y papá ven lo que quieren ver porque te aman y confían en ti, pero yo vi cómo sonreías cuando bailabas con Leonardo... y vi exactamente el momento en que Daniel Bennett interrumpió la pista.

Odette tragó saliva con dificultad. Ocultó sus manos temblorosas tras los pliegues de su vestido.

—No hay nada raro, Williams... Daniel solo quería...

—Odette, por favor, no me mientas —la interrumpió él, dando un paso hacia ella. Su tono se suavizó, pero la intensidad de su mirada no disminuyó—. Nos conocemos de toda la vida. Sé exactamente cómo te pones cuando estás abrumada. Y cuando Daniel dijo frente a todos que eran novios, parecías a punto de desmayarte.

—Solo estaba nerviosa, Williams. Todo fue muy rápido —mintió ella, apretando las pestañas para contener las lágrimas.

—¿Rápido? —Williams soltó una exhalación frustrada—. Daniel está por graduarse de la universidad, vive concentrado en la empresa de su padre y según los medios jamás lo vieron prestarle atención a nadie. ¿Y me vas a decir que estabas saliendo en secreto con él? ¿Cuándo, Odette? Ni siquiera sales los fines de semana sin decírmelo. Jamás lo mencionaste. Mamá y papá creen en los romances a primera vista, pero yo necesito saber si esto es lo que realmente quieres.

El corazón de Odette latía con tal fuerza que creía que se le desbocaría en el pecho. La tentación de romper a llorar, de lanzarse a los brazos de su hermano y confesarle la verdad sobre la carta equivocado era enorme.

Pero no podía hacerlo. Si lo confesaba, arruinaría la ilusión de sus padres, causaría una disputa enorme entre familias por un simple malentendido y, peor aún, no sabía cómo reaccionaría Daniel si arruinaba la versión que ya le habían dado a los patriarcas.

Tuvo que tragar saliva y sostener la mentira frente al hermano al que adoraba.

—Es la verdad, Williams —dijo ella, forzando su voz para que no temblara, aunque una lágrima rebelde se le escapó por la mejilla—. Llevábamos un tiempo... hablándonos. En secreto. No quería decirles a mamá y a papá porque ni siquiera yo sabía a dónde iba esto. Sé que Daniel parece frío o distante, pero... pero conmigo es diferente cuando estamos a solas.

Las palabras le dolió pronunciarlas, sabiendo que eran una mentira Piadosa.

Williams la miró en silencio durante varios segundos. Su expresión era una mezcla de dolor por verla llorar y una profunda duda.

—No me convences del todo, Odette —murmuró él finalmente, acercándose a ella. Extendió la mano y le limpió la lágrima con la yema del pulgar—. Pero si me estás pidiendo que confíe en ti, lo haré por ahora. Solo te voy a decir una cosa.




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