El lunes por la mañana, el campus de la universidad amaneció cubierto por una ligera capa de niebla, pero la atmósfera dentro de los pabellones estaba más ardiente que nunca.
Las noticias en el círculo de las familias de la alta sociedad no caminaban: volaban. La gala del fin de semana seguía siendo el tema principal de conversación, y el inesperado anuncio de Daniel Bennett adjudicándose el corazón de Odette Miller se había convertido en el chisme más codiciado del año.
Odette caminaba por el pasillo principal con la mirada fija en el suelo, abrazando sus cuadernos contra el pecho como si fueran un escudo protector. Podía sentir las miradas clavadas en su espalda. Escuchaba las risitas disimuladas, los murmullos al pasar y la fascinación abierta de sus compañeras de clase, que no podían dar crédito a que el estudiante de último año más codiciado, inaccesible y reservado de la facultad hubiera hecho semejante declaración pública por ella.
—¡Odette Miller, detente ahí mismo!
Antes de que pudiera llegar a su aula, una mano la tomó del brazo y la arrastrá con fuerza hacia el rincón más apartado del pasillo, justo detrás de las escaleras de emergencia.
Era Chloe. Su mejor amiga estaba hiperventilando, con los ojos desorbitados y una expresión que oscilaba entre la incredulidad absoluta y la fascinación pura.
—Tienes exactamente tres minutos antes de que me dé un ataque al corazón —susurró Chloe en forma de ráfaga, mirando a ambos lados para asegurarse de que nadie las siguiera—. Estuve esperándote desde temprano. ¿Me quieres explicar por qué demonios el sábado por la noche Daniel Bennett te sacó a bailar y declaró frente a medio mundo que eres su novia? ¡Pensé que te gustaba Leonardo!
Odette sintió que se le comprimían los pulmones. Recordar la torpeza del viernes por la tarde, cuando caminó hecha un flan por el pasillo de casilleros y deslizó el sobre por la ranura equivocada, le producía un dolor de cabeza atroz.
—Chloe, por favor, no grites... —suplicó en un murmullo tenso.
—¡Es que sigo en shock! —reclamó Chloe, agarrándola por los hombros—. ¿Qué pasó con la carta que escribiste para Leonardo? ¿Se la diste? ¿Por qué de repente Daniel anunció que ustedes dos estaban saliendo en secreto? Odette... ¿acaso estuviste jugando en dos bandos todo este tiempo?
Odette apretó los labios. La tentación de admitir la verdad —que fue una torpe, que equivocó el casillero y que Daniel la tenía acorralada con esa confesión— era enorme, pero no podía arriesgarse. Sabía que si se lo contaba a Chloe, la mentira se vendría abajo y arruinaría la versión que ya habían dado.
—No... claro que no —mentió Odette, bajando la mirada para no sostener la de su amiga—. Es solo que... la carta nunca llegó a Leonardo. Las cosas cambiaron el fin de semana. Daniel y yo... ya habíamos estado hablando en secreto. Lo de la gala fue impulsivo, pero es la verdad.
Chloe se quedó con la boca abierta, parpadeando despacio mientras procesaba las palabras.
—¿Me estás diciendo que mientras suspirabas por Leonardo... en realidad estabas hablando con su primo? —preguntó Chloe, completamente descolocada—. Odette, es Daniel Bennett. Ese hombre no habla con nadie a menos que sea por negocios. Camina por la facultad como si fuera el dueño del lugar. ¿Cómo demonios pasó esto?
—Luego te lo explico con más calma, te lo prometo —evadió Odette, soltándose suavemente de su agarre al escuchar el timbre que anunciaba el inicio de clases—. Tengo que ir al aula.
Odette salió apresuradamente del escondite, dejando a una Chloe atónita detrás de ella. Sin embargo, al girar en la esquina del pasillo de los casilleros —el mismo maldito pasillo donde cometió el error el viernes—, se detuvo en seco.
Apoyado contra la pared, esperándola con una expresión indescifrable, estaba Leonardo.
El corazón de Odette dio un vuelco violento. Leonardo vestía de forma impecable, pero en sus ojos había un matiz de sombra y frustración que jamás le había visto. Al verla, se incorporó despacio y dio un paso hacia ella.
—Odette —la nombró con una voz suave, pero cargada de una extraña pesadez.
—Leonardo... hola —articuló ella, apretando sus cuadernos con más fuerza.
—Estuve pensando en lo que pasó la noche del sábado —dijo él, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a solo un par de metros—. Me tomó por sorpresa. A todos nos tomó por sorpresa. Especialmente viniendo de Daniel.
Odette no sabía dónde poner la mirada. Tener frente a él al chico por el que había suspirado durante meses, sabiendo que la confesión que ella misma había dejado en el casillero de al lado era para él, y no poder decirle nada, se sentía como una tortura.
—Lamento si te pareció algo repentino —murmuró ella, aferrándose a la mentira.
Leonardo frunció el ceño, dando un paso más hacia ella.
—No entiendo, Odette. Cuando bailaste conmigo, parecías... cómoda. Parecía que estabas disfrutando la noche. Y de repente Daniel interrumpe, se te acerca y dice que están saliendo. Conozco a mi primo. Sé cómo se mueve y cómo piensa. No me parece el tipo de hombre con el que tú saldrías. Si te está presionando con algo, o si esto es parte de alguna estrategia suya...
—No la está presionando nadie, Leonardo.
La voz grave, serena e inconfundible resonó a espaldas de Odette, cortando el aire como un bisturí.
Odette se giró despacio y encontró a Daniel caminando hacia ellos con una parsimonia implacable. Llevaba un abrigo oscuro perfectamente ajustado sobre su ropa semiformal y sostenía una carpeta de cuero en la mano. Su presencia en el pasillo parecía eclipsar todo lo demás a su alrededor.
Daniel no se mostró agresivo ni alterado. Al contrario, se detuvo al lado de Odette y, con una naturalidad pasmosa, posó su mano libre sobre la parte baja de la espalda de la joven. El toque era cálido, firme y transmitía un mensaje claro de pertenencia que hizo que a Odette se le detuviera el pulso.
Editado: 08.10.2026