El eco de los pasos apresurados de Leonardo resonaba con fuerza en el pasillo posterior del pabellón de Negocios. Tenía los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le habían tornado blancos.
Había pasado las últimas dos horas intentando concentrarse en sus apuntes, pero la imagen de Odette no se le borraba de la cabeza.
Apenas hacía poco más de un año que Leonardo había reparado verdaderamente en la existencia de Odette. Aunque ambas familias coincidían en eventos y galas desde que eran niños, ella siempre había sido esa figura distante, tranquila y reservada que permanecía en un segundo plano junto a su madre. Pero desde que cruzaron las primeras palabras en una recepción un año atrás, algo en la dulzura de Odette se le había quedado grabado. Se convirtió en la chica a la que le gustaba cuidar, la presencia cálida que daba por sentada en cada reunión, asumiendo tontamente que ella siempre estaría allí, esperando a que él diera el primer paso.
Fue un ciego. Un idiota presuntuoso que no supo valorar lo que tenía enfrente hasta que vio la mano de Daniel Bennett reclamándola como propia en mitad de la pista de baile.
Y que fuera Daniel... eso lo volvía una pesadilla insoportable.
«No de nuevo», se dijo Leonardo con el pecho ardiendo en rabia. «No me va a quitar nada más».
La memoria de las heridas del pasado volvió a envenenarle el aire. La rivalidad entre ellos no era nueva ni limpia. Tres años atrás, Daniel lo había expuesto y humillado públicamente ante el consejo familiar tras el colapso del Proyecto Hawthorne, destruyendo su credibilidad en la firma. Pero Leonardo no era ningún santo; meses antes de aquel incidente, cuando descubrió lo mucho que Daniel apreciaba a la única mujer con la que se le vio abrirse sentimentalmente, Leonardo se interpuso, seduciéndola y alejándola de él solo para demostrar que podía arrebatarle algo al «heredero perfecto». Daniel Bennet, lo tenía todo. Algo que pudo haber sido suyo de no ser por la renuncia al poder de su padre, el padre de Leonardo era el primogénito. Pero él no quería nada más que a su joven esposa y de clase baja. Ahora no tenía ni a sus padres vivos ni a su legítima herencia. El rencor hizo que cometiera aquella jugada y rompió cualquier lazo de sangre. Desde entonces, solo quedaba hostilidad pura, un ojo por ojo silencioso donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Y ahora, ver a Daniel poniendo sus manos sobre Odette se sentía como el golpe final de un ajuste de cuentas.
Al salir al patio central del campus, Leonardo vio la figura de su primo. Daniel caminaba con la serenidad que siempre lo caracterizaba, sosteniendo un portafolios de cuero y hablando por teléfono en tono bajo.
Sin pensarlo dos veces, Leonardo acortó la distancia y se le atravesó en el camino, obligando a Daniel a detenerse en seco.
Daniel bajó el teléfono con parsimonia y lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Su rostro no mostró sorpresa ni alteración; solo esa incómoda frialdad analítica que a Leonardo le desquiciaba los nervios.
—Si vienes a discutir sobre la reunión del consejo, Leonardo, hazlo a través del asistente de mi padre —dijo Daniel con voz pausada.
—Déjate de estupideces, Daniel —escupió Leonardo entre dientes, dando un paso amenazante hacia él—. Sé perfectamente lo que estás haciendo. Esto no tiene nada que ver con los negocios. Esto es entre tú y yo.
Daniel arqueó una ceja, imperturbable. —¿Ah, sí? Ilumíname.
—Odette —sentenció Leonardo con rabia contenida—. Me odias por lo que pasó con la chica de hace tres años. Y por lo del proyecto. Crees que me estás devolviendo el golpe donde más me duele. ¿Vas a usar a Odette solo para cobrarte una vieja deuda?
Una sombra oscura y fría cruzó los ojos grises de Daniel. La mención de aquella antigua traición tocó una fibra sensible, pero su postura no perdió ni un milímetro de compostura.
—Estás sobreestimando tu importancia en mi vida, Leonardo —respondió Daniel, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una navaja afilada—. Lo que pasó con aquella chica me enseñó exactamente la clase de sujeto bajo y envidioso que eres. Y lo del proyecto... tú solo te cavaste tu propia tumba por incompetente. No muevo un solo dedo pensando en ti.
—¡Es una mentira! —se alteró Leonardo, alzando la voz—. Odette es transparente, es dulce, es todo lo opuesto a la basura calculadora que eres tú. Apenas hace un año me di cuenta de lo increíble que es, de lo mucho que vale... y no voy a permitir que la uses para tu jueguito de venganza. Sé que la estás presionando.
Daniel soltó una pequeña risa helada, carente de cualquier pizca de humor. Dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que sus hombros prácticamente se rozaban.
—¿Apenas hace un año te diste cuenta? —cuestionó Daniel en un murmullo feroz que le congeló la sangre a Leonardo—. Coincidiste con ella en docenas de eventos durante años. Estuvo frente a ti todo este tiempo, y fuiste demasiado ciego e idiota para hacer algo. ¿Y ahora que yo tomé lo que tú no tuviste los pantalones de reclamar, te da por jugar al salvador?
—¡No me hables así! —gruñó Leonardo, dando un empujón en el pecho de Daniel.
Daniel ni siquiera se tambaleó. Su rostro se volvió peligrosamente serio y territorial.
—No me vuelvas a poner una mano encima —advirtió Daniel en voz muy baja—. Te lo advertiré una sola vez: con Odette no juegas. Ella es mi novia ahora. Si te vuelves a acercar a ella en los pasillos o intentas meterle ideas en la cabeza, me voy a asegurar de que lamentes haber vuelto a cruzar la línea conmigo.
—¿Y qué vas a hacer si le digo la verdad? —desafió Leonardo, agitado—. ¿Si le cuento el monstruo de mierda que eres y la forma en que destruyes todo lo que tocas?
Daniel inclinó la cabeza apenas un milímetro, esbozando una sonrisa tenue y cruel.
—Adelante. Inténtalo —susurró Daniel—. Corre a decirle lo que quieras. Y descubre con quién de los dos decide quedarse.
Editado: 08.10.2026