Elisa recibió una felicitación de Rissi, quien, luego de encerrarse en su cubil de vidrio y de hablar por horas por celular, salió con su informe bajo el brazo fuera del edificio de Centralnet.
Fui muy difícil para Elisa continuar la jornada de trabajo, sabía que vendría una tormenta muy pronto.
En la tarde recibió un mensaje de Rissi pidiéndole que mandara el informe en formato digital, y que lo firmara.
Elisa tembló, ¿y si no podía explicar cómo había conseguido la información?
Pero dos segundos después, Rissi le envió una autorización administrativa firmada por el mismo Ministro que la habilitaba a entrar en toda la base de datos e investigar lo que quisiera (con la única excepción de los correos para los cuales se necesitaba autorización de un juez, por lo cual tuvo cuidado de eliminar esa información del informe). Rissi también le pidió que reseteara todas las claves de los sistemas internos. En ese momento la absoluta actividad del ente se congelaba. Aunque su jefe tomó la precaución de que fuera la Agencia Digital Gubernamental quien enviara el mensaje “se realizarán tareas de mantenimiento en el ambiente de sistemas internos, por tal motivo habrá indisponibilidad del servicio por 24 horas”.
Rissi le estaba dando la llave legal de toda Centralnet, y si bien no explicaba cómo había encontrado los datos, si la habilitaba a que mirara lo que quisiera, incluidas las cuentas bancarias del ente y las sospechosas cuentas de conciliación.
Decidió confiar, Esteban Rissi era el mejor auditor profesional y el tipo con el expediente más intachable del Gobierno.
Subió el documento a un expediente de investigación que creo el jefe auditor, llamado “Auditoría Interna”, sin más datos, pero con la carátula de “Secreto”. Con el estómago encogido, y tras inhalar profundamente, le dio enter y el expediente se fue a la bandeja de Rissi y después… quién sabe.
Su jefe le dijo que pronto habría novedades, que mientras tanto continuara con algunas tareas pendientes de otras líneas de investigación y que se mantuviera callada.
Por tres días Rissi desaparición y Elisa intentó regresar a sus tareas habituales sin suerte. Descubría lo mucho que le gustaba a su cuerpo la adrenalina, la misma que había experimentado en la azotea con el corrupto de Fabio y ahora buscando infractores, pero algo no cerraba y ella sabía muy bien. ¿Quién le había entregado esa información? ¿Quién era el hombre del ascensor? ¿Por qué habían borrado la información de la laptop de Gladys?
En una mañana tranquila y soleada, lenta como es la ciudad de Montevideo y su gente, que camina sin apuro y sin estrés, el edificio de Centralnet se alborotó.
Cuando llegó notó un móvil de la policía, con las luces azules y rojas encendidas, estacionado en la puerta. Cuando puso un pie en el enorme y gris hall, vio que había mucha gente caminando por los pasillos.
Rissi le mandó un mensaje para que subiera al piso 33, el de la Gerenta General, el de Gladys. Elisa tembló. Lo más insoportable era la mirada de los funcionarios que parecían salir de sus cubiles atentos a ella, hablando a sus espaldas. De pronto Elisa temió que Rissi fuera un fiasco, especuló si en aquel juego de ladrones ella sería el chivo expiatorio de una estafa mayor. Si Fabio no estaría detrás, sino aprovecharían sus antecedentes para cubrir todo lo hacían. Las miradas inquisidoras hablaba de su culpabilidad.
Cuando llegó al maldito piso, y las puertas se abrieron, había un tumulto de gente, todos los funcionarios de allí estaban fuera de sus cubiles, era evidente que esperaban un gran espectáculo.
Pero antes de seguir especulando, unos gritos y chillidos que venían de la oficina principal la hicieron congelarse, vio a Gladys, su secretaria y la contadora con cara de avestruz que había participado en el concurso de ascenso arreglado. En la puerta de esa oficina, a un costado con cara sería estaba Rissi, a su lado el Ministro. Dentro de la gran oficina con flores en el escritorio, pisos moqueteados de rosa viejo, y estantes con libros simulados ocurría todo un shou.
Los policías les leían sus derechos a las tres mujeres, el avestruz chillaba con gritos ilegibles, Gladys lloraba y su secretaría también. Las tres mujeres pasaron a su costado con la humillación de las esposas en sus manos y la custodia de los hombres de chalecos fluorescentes y gorras azules.
Acto seguido en el medio de los cuchicheo y miradas ajenas el Ministro le dio la mano y felicitó a Elisa por el trabajo excepcional.
Todo pasó como si fuera una película y ella una espectadora, no le parecía real. La gente caminaba en cámara lenta, las voces se volvieron ilegibles y lejanas y Elisa perdió el hilo de lo que pasaba, no sabía si la insultaban, si la felicitaban. Caminó alejándose del tumulto, en dirección contraria al ascensor y entonces, en una oficina bonita, moqueteada de color marfil, Fabio. Estaba parado apoyado en el escritorio, con las piernas levemente cruzadas en una posición extremadamente cómoda, la observaba, casi sonreía.
—Maldito — Se dijo, y en ese instante lo entendió, el artista del engaño observaba su creación satisfecho.
Elisa siguió de largo, entró a un baño, se dio cuenta que sería el de uso exclusivo de Gladys porque tenía objetos personales, y era un baño elegante, con aromatizador ambiental más refinado. Abrió el grifo y se mojó el rostro. El agua le corrió por el rostro y le mojó la camisa blanca que se le pegó un poco al cuerpo.
De pronto sintió la puerta detrás de ella, la abrían y la cerraban suavemente. Elisa se dio vuelta, Fabio la miraba con una expresión indescifrable, pero sus ojos brillaban con intensidad inusitada. Aquellos ojos se detuvieron un instante en su camisa pegada, en sus senos que se formaron redondos y firmes tras la tela trasparente y mojada, por culpa de agua. Luego se apartaron, hacía una esquina, Fabio hizo una mueca de suficiencia.
—Fuiste tú, tú me diste las pruebas y borraste lo que te podía implicar en la laptop de Gladys