| ETHAN |
Enero
El viernes por la mañana, la molestia de la ingle persistía como un recordatorio punzante de mi caída. Mi madre me aplicaba hielo en la pierna sobre el sofá antes de marcharse.
—¿Estás seguro de asistir a la práctica en ese estado, Ethan? —indagó con preocupación.
—Debo ir, mamá. Soy suplente, ya conoces cómo funciona esto —respondí, conteniendo una mueca.
Mi padre se despidió con un abrazo fuerte y ambos se marcharon hacia la fábrica en Bradford, dejando entrar una ráfaga de aire invernal. Con el cuerpo pesado, le envié un mensaje rápido a mi hermana Ivy: «Compra tres tarros de vegetales congelados. Son para mi pierna, no los cocines». Tras tomar un sorbo de té, abordé el autobús con las llaves en mano. No podía permitirme faltar.
Garret no viajaba con nosotros; había preferido usar su auto para estirar los minutos con su novia. Al llegar al complejo, el entrenador detectó de inmediato mi andar pausado.
—Ejercicios ligeros hoy, Ethan. No te vas a arriesgar.
Esa mañana experimenté la amargura de la exclusión. Mientras la plantilla corría y ejecutaba transiciones complejas bajo un sol tímido, yo permanecía estancado a un costado. Garret se aproximó al finalizar el bloque, limpiándose el sudor.
—Tienes la mirada perdida, hermano. Estás en el césped, pero no con el grupo. Y eso te duele más que la articulación.
No supe qué rebatir. Él dio media vuelta y se unió al entrenador. Como esa tarde no teníamos sesión virtual, los titulares fueron retenidos para una sesión fotográfica vistiendo trajes de diseñador exclusivos. Garret se escabulló a mi lado con una sonrisa triunfal.
—¡Qué bendición! Llevarán a un suplente en mi lugar para la rueda de prensa. Así tendré el fin de semana libre para ella.
—¿No te inquieta que gané terreno frente al cuerpo técnico? —inquirí en un susurro.
—No, porque soy titular inamovible para el domingo. Él me sirve para descansar.
Su seguridad me golpeó de frente. Garret no competía; su estatus estaba blindado. Tras una ducha rápida, Garret me llevó directo a casa. Durante el trayecto en su auto, recliné la cabeza contra el vidrio empañado. Al llegar a mi habitación, devoré dos porciones de pizza y habilité la plataforma del diplomado para enviarle un mensaje a Susan.
Ethan: ¿Te puedo llamar?
Susan: Estoy en mi turno ahora mismo. Cuando salga, sí.
Ethan: Entendido.
Revisé el huso horario en el monitor: en Colombia apenas eran las nueve de la mañana. Me arropé con una manta gruesa y el cansancio me venció por completo. Ivy me despertó horas más tarde para pasarme el tarro con las verduras congeladas y cinta adhesiva. Esa noche subí la fotografía de mi infancia al foro de Jade, pero la bandeja de Susan permaneció inactiva. Esperé una llamada que nunca llegó, durmiendo con la incertidumbre flotando en la penumbra.
El sábado, el destino terminó de sentenciarme. El entrenador reunió a la plantilla en el círculo central para dar la convocatoria del partido en Bradford. Recorrió las líneas de su carpeta y pronunció el último cupo:
—Finalmente... Finley Brooks.
El aire se me congeló en los pulmones.
—¡¿Finley?! —bramó Garret, tensando las facciones. Yo lo sujete del brazo para frenarlo.
—Ethan, descansarás por prevención debido al resbalón del miércoles —decretó el míster, ignorando el descontento—. Finley ocupará la plaza.
—¡Gracias, entrenador! ¡Qué gran oportunidad! —exclamó Finley con una sonrisa soberbia, mirándome de reojo—. Gracias por caerte en el barro, Ethan.
—¡Algún día morderás el polvo tú! —le rugió Garret, abalanzándose hacia él.
Tuve que emplear toda mi fuerza para retener a mi amigo por la sudadera antes de que el altercado pasara a mayores. El entrenador, furioso, nos sancionó enviándonos a la banca por diez minutos. Nos desplomamos sobre el plástico frío del asiento.
—Ese imbécil te arrebató el puesto y ahora nos penalizan a ambos —gruñó Garret.
—Esta banca es mi hábitat natural, ya tiene la forma exacta de mi cuerpo —reí con un hilo de auténtica tristeza.
Al concluir la práctica, regresé a casa con el ánimo por el piso. Al encender el celular, descubrí un mensaje de Susan que había entrado por la mañana: «Hola. Ayer se me hizo tardísimo, lo siento. Hoy también me toca jornada laboral. ¿Cómo sigues?». Presionado por la frustración de la exclusión, opté por dejar el teléfono sobre el escritorio y me sepulté bajo las cobijas, sintonizando melodías de Frank Sinatra para amortiguar la caída.
El domingo, la carretera rumbo a Bradford se tiñó con los colores del club. Mi familia ocupó sus asientos en la tribuna luciendo gorras amarillas brillantes y camisetas estampadas con mi apellido, ajenos al hecho de que verían el encuentro desde la distancia.
El partido transcurrió con velocidad. Contemplé a mis compañeros saltar al terreno de juego y a Garret saludar al lente de la transmisión oficial con la soltura de una figura consagrada. En el segundo tiempo, el míster envió a Finley a calentar y le otorgó los minutos de juego. El pitido final consolidó la victoria de nuestra escuadra y la plantilla estalló en celebraciones en el vestuario, elogiando la agilidad de las piernas de Finley. Yo caminé hacia el autobús con la frente baja, experimentando un nudo amargo en el estómago.