Ivanna
Se puede escuchar el sonido de los patines deslizándose por el hielo: saltos, giros, perfección y elegancia. Pero, como en cualquier deporte, no todo es color de rosa; hay cansancio, estrés, gritos, dietas estrictas y la sobre exigencia constante de querer alcanzar la perfección.
«Siempre centrada, nunca distraída», es la frase que siempre dice mi entrenadora Elisa, excampeona de patinaje artístico sobre hielo. Mis compañeras y yo nos esforzamos al máximo para pertenecer a su equipo y entrenar para ser las mejores, aunque no todas logran quedarse por lo estricta que es. Pero... ¿qué es una entrenadora si no te exige dar lo mejor? Tampoco es por ser jalabola, pero...
—¿Tierra llamando a Ivanna? ¿En qué tanto piensas? Solo tienes una hora de entrenamiento en la pista y llevas veinticinco minutos sentada. Agradece que no está «la Generala», porque si no, no habría quien se aguante su discurso —dice Naomi, mi mejor amiga.
Naomi es alta, de piel clara, con un cabello castaño hermoso y ciertos rasgos asiáticos por los que no me sorprendería si un día llega y me habla en coreano.
—Solo descanso la mente —dije, levantándome del banco.
—¡Waos! ¿Tú descansando? Ivanna, la pregunta es: ¿desde cuándo descansas? Si para ti descansar es igual a no hacer nada —dijo mirándome completamente confundida.
—Bueno... tal vez cambié de opinión —noto cómo me mira como si hubiera dicho una estupidez—. Las personas cambian.
—¿Estás en drogas?
—¿Qué? No, claro que no.
—Ohhh, ¿entonces estamos en una fase de rebeldía? Conozco una buena fiesta a la que podemos ir, o rumbear, como tú le dices.
—No vamos a ir a ninguna fiesta. Hay mucho alcohol, gente irresponsable y drogadictos.
—Uy, sí, estás perfectamente cuerda. Esa es la Ivanna aburrida que conozco —dijo agarrando su bolso—. Bueno, no me puedo quedar a acompañarte esta vez, tengo una cita con Brayan.
—Sabes que en mi país los que se llaman Brayan son unos buenos para nada —dije poniéndome los guantes.
—Eso es muy racista de tu parte, pero después te doy detalles —me abraza y se va caminando hacia la salida—. Escríbeme cuando llegues a tu casa, bye, te amo.
—Yo igual.
Cuando ella se va, respiro profundo y me pongo los audífonos mientras suena Stateside. Reviso mis patines por última vez y entro a la pista. Empiezo a patinar; me deslizo con suavidad y confianza, ejecuto un camel spin combinado con un flip casi perfecto.
Sigo patinando y, después de un rato, salgo para tomar agua. Al mirar hacia las gradas, noto a un chico sentado, lo cual me parece muy raro ya que en la entrada hay un cartel de «cerrado».
—¿Disculpa? No deberías estar aquí, el lugar está cerrado y solo los deportistas tienen acceso —veo que guarda su teléfono y se levanta—. ¿Esperas a alguien o algo así?
—¿Eres Ivanna, no? —dice el chico con la voz un poco ronca.
¿Le digo mi nombre? Puede ser un secuestrador, un traficante o, peor, un asesino en serie. Aunque parece de mi edad, hoy en día se ven casos de casos.
—No —dije tratando de parecer segura.
—¿No?
—No.
—¿Y por qué tu bolso dice Ivanna?
Miro mi bolso, el cual tiene una etiqueta con mi nombre impreso en negritas y mayúsculas. Toca usar mi única defensa.
—No es peo tuyo.
—¿Qué? ¿Peo tuyo?
—Significa que no es tu problema. Ahora píntate un bosque y piérdete.
—¿Eso le dices a todos los que se te acercan?
Relájate, respira, no le pares bola. Es solo un chico frustrado que puedo deducir que no ha recibido atención femenina.
—Mira, no sé quién eres o qué buscas, ni me interesa. Así que te lo voy a pedir de buena manera: lárgate.
—Ok, fue un gusto conocerte, Ivanna —dice mientras camina hacia la salida—. Por cierto, me llamo Zayden.
Se va.
—Qué tipo tan idiota.