Mi habitación: mi lugar seguro y, probablemente, el refugio de muchas personas. Mis pensamientos, sin embargo, están totalmente centrados en el boceto que le envié a la entrenadora anoche. Tampoco le gustó. Encontrar algo que le complazca a Elisa es como buscar una aguja en un pajar. Por suerte, mis padres no están discutiendo hoy; si no, terminaría volviéndome loca.
Levanto un poco la vista y veo una foto mía con mi abuela y mis tías. Qué increíble cómo extraño la vida que dejé en Venezuela: mi familia, mis amigos, comerme un buen perro caliente de la calle el hambre y no esos que hacen aquí, que están todos tibios y sin sabor.
Mi mamá siempre ha sido de tomar decisiones por impulso, o al menos eso me contaba mi abuela. Cuando yo tenía trece años me dijo que nos iríamos a Gringolandia. Por un lado me alegraba la idea de salir adelante y conocer cosas nuevas, pero por el otro, irme lejos de la familia con la que crecí me dolió en el alma. Una parte de mí se quedó en mi país, pero sé que mi abuela estaría orgullosa de todo lo que he logrado.
El sonido de la puerta me saca de mis pensamientos y me limpio rápido las lágrimas que estaban por salir.
—Adelante.
—Hola, hija. ¿Qué haces? —pregunta mi mamá al entrar.
—Nada, solo termino el boceto para la entrenadora. Estoy un poco cansada, pero ya falta poco.
—¿Te falta poco y el papel está en blanco?
—Son detallitos ligeros...
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres para tu vida? ¿Y la universidad?
—Mamá, no empecemos con lo mismo. Ya te dije que encontraré tiempo para hacer ambas cosas.
—¿Y si no? ¿Te vas a quedar sin título universitario? ¿Y si el patinaje no funciona?
—Mamá, de verdad no tengo tiempo para esto otra vez. Entiendo tu preocupación, pero ya tengo bastantes presiones sobre la espalda. Por si no lo sabes, si gano la competencia que viene se me abrirán muchas puertas; no solo para representar al club, sino para llevar orgullo al país de donde vengo y donde dejé una vida.
—Yo también dejé a mi familia allá, Ivanna.
—Sí, es verdad, lo siento... Pero no es lo mismo.
Agarro mi bolso con los libros y el teléfono antes de salir de la habitación, bajar las escaleras a toda prisa y atravesar la puerta principal.
—¡Ivanna! —grita mi madre a mis espaldas.
Después de un rato caminando, me encuentro sentada en la banca de un parque observando el cielo. De repente, siento que alguien se sienta a mi lado.
—Sabes, mi mamá dice que para mejorar el estado de ánimo no hay nada como un buen chocolate.
—¿Cómo es que estás en todos lados?
—Supongo que el destino tiene algo que ver.
—Eso o eres un acosador.
—Si fuera un acosador no te regalaría chocolates, ¿no crees? Solo quería tratar de animarte.
—Pues no ayudas mucho.
—Entonces permíteme mostrarte algo.
Veo que se levanta y me ofrece su mano. Tengo prácticamente todas las banderas rojas dibujadas en su cara, pero algo dentro de mí dice que confíe. Capaz sea la tristeza que llevo encima la que me hace pensar semejante locura, pero... ¿y si no pasa nada malo?
Me levanto y le tomo la mano.
—¿A dónde vamos?
—Es un secreto, preciosa.
—Vuelve a llamarme así y...
—Ok, ok, está bien.
Caminamos un rato largo. Las calles ya están vacías, pero llegamos a una zona donde se encuentra un grupo de gente. Veo a Zayden saludar a uno de los chicos que están ahí fumando.
—¿Qué pasa, Zay? —dice un chico alto, rubio y con varios tatuajes.
—Nada nuevo. Oye, voy a entrar un rato. Ella viene conmigo, ¿no hay problema?
—Para nada. ¿Es tu chica?
—Eso intento —responde Zayden, y ambos se ríen.
Estoy a nada de irme, lo juro.
—Chica de nadie e intento de nadie —intervengo, haciendo que dejen de reírse.
—¿Qué te dije? Toda una fiera —dice Zayden.
—Ya veo —el chico me ofrece la mano—. Mucho gusto, princesa, soy Tayler.
Dios mío, mátenme por favor. ¿En qué momento acepté esto?
—Ivanna. Mucho gusto.
—¿Ivanna? ¿Eres patinadora?
—Sí, ¿cómo sabes?
—Mi hermanita te ha visto patinar, es tu mini fan.
¿Una fan? Wao, nunca me había pasado esto. Qué ternura.
—Si en algún momento van a la pista, avísame para saludarla.
—Gracias, a ella le encantaría. Ahora, adelante, pasen.
Veo que Zayden me mira de reojo con una sonrisa.
—¿Qué?
—Nada, te veías muy contenta al saber que tienes una fan.
—Pues sí, saber que alguien admira mi trabajo me hace sentir orgullosa de todo mi esfuerzo.
—Tienes una hermosa sonrisa, pero creo que se te va a borrar con esto.
Me enseña el lugar. Es una especie de recinto clandestino con cuartos de ira donde puedes destrozar lo que te den para quitarte el estrés, aunque al fondo hay un espacio con música fuerte donde la gente pinta grafitis.
Zayden me toma de la mano y me lleva a uno de los cuartos.
—Aquí puedes romper todo lo que quieras.
—¿Seguro?
—Sí, hazlo. Desahógate.
Me pongo el equipo de protección y agarro el bate que me ofrece. Empiezo a golpear un televisor viejo y a estrellar platos contra la pared. Nunca en mi vida había hecho algo así, pero me fascina. Romper cada objeto se siente como liberar la frustración, el dolor y el enojo que he contenido durante años. Por primera vez en mucho tiempo, me siento en paz.
Minutos después, nos sentamos cerca de una ventana a descansar.
—¿Cómo conoces este lugar? ¿Y como se llama? Es muy discreto, no parece un negocio normal —lo miro mientras tomo un sorbo de la bebida que me acaba de dar.
— Porque no es un negocio. Aquí cualquiera puede venir; es algo hecho por la misma gente. Cada dibujo, grafiti o cosa rota representa el dolor de muchas personas que han estado aquí y se llama Catarsis
—¿Y por qué me trajiste a mí?
—Porque se nota a leguas que no has probado algo nuevo en tu vida.