Ice love

Capitulo 19

Zayden

Hace dos años.

Después del funeral de Evan, estuve días tirado en la cama del hospital. No quería comer, tampoco dormir; solo repasaba una y otra vez la última conversación que tuvimos. ¿Cómo era posible que todo se hubiera ido a la mierda tan rápido?

Aunque tampoco me puedo engañar... Médicamente Evan no tenía posibilidades de salir con vida, pero si alguien en este mundo merecía vivir, era él.

En ese instante, escucho que la puerta se abre lentamente. Es Mindy.

—Hola... —saluda con una tristeza profunda marcada en el rostro—. Solo vine a recoger algunas cosas de Evan, si no te molesta.

—No, para nada. No te preocupes —respondo acomodándome en la camilla.

La observo empacar en silencio los objetos personales de Evan.

—¿No se suponía que eso debían hacerlo las enfermeras? —pregunto con cautela.

—Les pedí que me dejaran hacerlo a mí... Necesito hacer esto —responde Mindy con la voz quebrada por el llanto a punto de brotar—. Es que no entiendo cómo fue posible... É l estaba bien.

—No lo estaba —menciono mirándola fijamente.

Mindy se detiene en seco.

—¿De qué hablas? Sus exámenes estaban estables, la doctora nos dijo que iba avanzando... —comenta con un toque de irritación y confusión.

—Y todo te lo dijo él, ¿cierto? —observo cómo se le desencaja el rostro y se sienta en la camilla vacía de Evan—. Evan estaba muy mal desde hace semanas, pero jamás te lo dijo porque no quería preocuparte. Me confesó que nunca te había mentido en la vida y que esta era la primera vez que lo hacía, únicamente para protegerte... —suspiro al ver sus ojos llenos de lágrimas—. Tú también lo sabías en el fondo, Mindy.

—Mantenía la esperanza de que mejorara... Tal vez si no hubiera sido tan insistente en que me acompañara a... —empieza a culparse, pero la interrumpo.

—Nada de esto fue tu culpa, Mindy.

Por primera vez en años, me levanto de mi cama y me acerco a abrazarla.

Mindy se desmorona por completo en mis brazos. Siento todo su dolor y la devastación de la única persona que entendía lo que era amar a Evan; la única que compartía este vacío imborrable.

Pasaron los días, luego los meses, hasta que transcurrió un año entero. Me encontraba sentado en la camilla del consultorio esperando que la oncóloga me diera los resultados finales para saber si estaba libre de cáncer. En la habitación me acompañaban Luka y Mindy, tomados de las manos en pura tensión.

—Estás completamente limpio, Zayden. Felicidades —anuncia la doctora con una sonrisa.

Luka y Mindy me envuelven en un abrazo eufórico y lleno de lágrimas de alivio.

Al salir del hospital, fuimos directo con Mindy al cementerio donde descansaba Evan.

El aire helado del atardecer comenzaba a colar frío en el lugar, pero ninguno de los dos hacía el menor ademán de levantarse.

Mindy estaba sentada sobre el césped, apoyando la espalda contra la lápida de mármol de Evan. Llevaba una chaqueta de mezclilla que le quedaba evidentemente grande —era de él— y sostenía entre sus dedos una flor silvestre ya seca. A su lado, yo permanecía sentado con las piernas cruzadas, vistiendo una sudadera holgada que escondía lo mucho que había bajado de peso durante mi último tramo en el hospital.

El silencio entre ellos no era incómodo. Era un silencio pesado, pero compartido.

—¿Sabes qué es lo peor? —habló Mindy con la voz rota por el cansancio acumulado—. Que cada mañana, durante un segundo justo al despertar, olvido que ya no está. Y luego me doy cuenta... y siento que me vuelvo a morir otra vez.

Tragué saliva, sintiendo un nudo opresivo en la garganta. Miré la lápida y luego a ella.

—A mí me pasa con los desayunos —confesé en voz baja—. Todavía me da por pedir la gelatina de fresa para guardársela... y cuando me la entregan, me acuerdo.

Mindy dejó escapar una risa amarga que se convirtió rápidamente en un suspiro tembloroso. Se secó una lágrima con la manga de la chaqueta.

—Es una mierda, Zayden. Todo esto es una absoluta mierda.

—Lo sé —estiré el brazo y, por primera vez sin la distancia que solía poner con la gente, le rodeé los hombros con firmeza, atrayéndola hacia mí.

Mindy no dudó. Apoyó la cabeza en mi pecho y se aferró a mi sudadera. No dije nada; simplemente la sostuve fuerte, dejando que el calor humano les hiciera frente a la soledad. Era un abrazo completamente desprovisto de segundas intenciones, nacido del dolor idéntico de haber perdido al pilar de nuestras vidas.

—Evan me dejó una carta —murmuró Mindy después de un rato, con la mejilla pegada a mi pecho—. En una parte decía que no tenía de qué preocuparme, porque me dejaba a cargo del chico más terco y leal del mundo. Decía que ahora tú ibas a ser mi hermano.

Esbocé una sonrisa melancólica, mirando al cielo.

—A mí me hizo prometerle dos cosas antes de irse. La primera fue que cuidaría de ti... y que si algún idiota te hacía daño, lo moliera a golpes.

Mindy soltó una carcajada sincera, la primera en casi un mes.

—Eso suena totalmente a él. ¿Y la segunda?

Guardé silencio un segundo. La imagen de una chica deslizándose con elegancia sobre el hielo, vestida de amarillo y con una sonrisa radiante, cruzó por mi mente.

—Me hizo prometerle que no me rendiría con Ivanna. Me dijo que saliera del hospital, que hiciera las cosas bien y que buscara a la chica que me devolvió las ganas de vivir.

Mindy se separó un poco y me miró fijamente a los ojos. Había una comprensión profunda entre los dos; ya no éramos los desconocidos que se miraban con desconfianza en la habitación del hospital. Ahora éramos supervivientes del mismo naufragio.

—Entonces vas a tener que cumplirla, Zayden —dijo Mindy, acomodándome con cariño el gorro de la sudadera—. Porque si no lo haces, yo misma te voy a perseguir. Evan te dio una segunda oportunidad y esa chica te está esperando sin saberlo. Yo voy a estar bien... pero tú tienes que volver a vivir.



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En el texto hay: romance juvenil y amistad

Editado: 23.10.2026

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