Esme había tardado exactamente seis semanas en organizar una boda de trescientos invitados, lo que según Rosalie era un récord mundial, y según Lara, una declaración de guerra.
—Tienes cuatro ramos distintos esperándote —informó Bella, entrando a la habitación con Reneesme, que no despegaba la cara del celular—. Y me hizo prometer que no te diría cuántos centros de mesa hay.
—¿Cuántos centros de mesa hay?
—Cuarenta y dos.
Lara se miró al espejo. El vestido era el que Esme había elegido junto con su tío, con la única condición que ella puso: nada de volantes. Era de color marfil, sencillo, con la espalda descubierta, y para sorpresa suya le gustaba más de lo que pensaba admitir.
—Estás hermosa, tía Lara —dijo Reneesme, apartando la vista del celular por unos segundos antes de volver a clavarla en la pantalla.
—Gracias, bichito. Diles a tus hermanos que, si manchan el vestido con algo, los convierto en alfombra —dijo Lara sonriendo, justo cuando Bella le quitaba el teléfono a su hija.
—Ya lo saben —respondió la niña, después de mirar mal a su madre. Luego se volvió hacia Lara con una sonrisa—. E.J está escondido debajo de la mesa de postres desde hace una hora.
Bella contuvo una risa. Se acercó, tomó las manos de Lara y las apretó entre las suyas, mirándola a los ojos.
—Gracias —dijo por fin.
—¿Por? —preguntó Lara, confundida.
—Por todo —dijo Bella, con los ojos brillantes de lágrimas que nunca caerían.
Lara no supo qué contestar, así que carraspeó, se puso derecha y fingió estar muy concentrada en el ramo. Bella sonrió. Ya había aprendido que había a Lara que agradecerle en voz baja y dejarla huir.
***
Jason la esperaba al pie de la escalera, inmóvil, con las manos a la espalda y una expresión tan rígida que Lara por un instante pensó que se había quedado petrificado.
—¿Jason?
—Estoy bien —dijo él, con la voz algo ronca.
—Tienes los ojos rojos.
—Es el efecto de la dieta, Lara.
—Tus ojos son dorados desde hace un año.
Jason apretó los labios, miró hacia otro lado y, tras unos segundos de lucha interna, soltó todo el aire de golpe.
—Te veías tan pequeña cuando llegaste a mi casa —murmuró—. Y ahora estás aquí, vestida de novia, con un esposo que tuvo que escaparse contigo a Las Vegas para evitar a tu familia. —Suspiró—. Tus padres estarían...
No terminó la frase. Lara le tomó el brazo con firmeza y apoyó la cabeza un segundo contra su hombro.
—Lo sé —susurró—. Yo también los extraño. Pero aquí estás tú, vivo y con muy mal humor, y eso ya es más de lo que me atreví a pedir. Él carraspeó y se enderezó con aire de orgullo herido.
—Te advierto que, si Jasper lloriquea durante los votos, me largo.
—Jasper no lloriquea —dijo Lara, riendo.
—Solo porque no puede —respondió Jason—. Estoy seguro de que, si fuera humano, ya estaría inundando todo el lugar.
—Y yo me reiré de él toda la eternidad. Vamos, antes de que Esme venga a buscarme con un cronómetro. Jason le ofreció el brazo y ella lo tomó.
***
El jardín de los Cullen había desaparecido bajo una explosión de flores blancas, luces colgantes y sillas doradas dispuestas con precisión milimétrica. Había humanos, vampiros, lobos y hasta algunos clanes amigos de Carlisle que habían sido testigos de la batalla y que, por primera vez en siglos, podían caminar sin mirar por encima del hombro.
En las primeras filas estaban Charlie, que ya se había sonado la nariz tres veces con un pañuelo de cuadros, y Sue, que le pasaba otro cada vez. Detrás, Garrett murmuraba comentarios en voz baja y Kate fingía no escucharlo. Los Denali ocupaban una fila entera. Emmett sollozaba con tanto dramatismo, sin una sola lágrima, que Rosalie le pasaba pañuelos que no servían de nada, y él se los llevaba a los ojos de todos modos, por pura costumbre. Y en la última fila, muy erguidas y con la barbilla en alto, Victoria y Bree se esforzaban por aparentar que no estaban emocionadas.
Y al final del pasillo, de pie junto al arco, estaba Jasper.
El cuarteto de cuerdas empezó a tocar una melodía lenta y conocida, y Lara tardó un segundo en reconocerla. Era Can’t Help Falling in Love, de Elvis, en una versión suave, casi susurrada. Apretó el brazo de Jason para no echarse a reír, al final del pasillo, estaba Jasper, esperando por ella.
Lara lo vio y el mundo se redujo a una sola cosa. Había visto su futuro mil veces, había sabido cómo terminaría, y aun así nada la había preparado para la forma en que él la miraba. Jasper tenía los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y las manos sujetas con fuerza para no temblar, como si de verdad pudiera quebrarse. Ella sintió el amor de él golpearla de lleno, sin pedirlo, y no supo si era su don o simplemente el efecto que él tenía en ella.
- Te ves ridículo con ese traje. – Dijo Lara fiel a su personalidad en la mente de Jasper.
Él alzó una ceja, bajó la vista hacia el traje blanco que Esme había insistido en hacerlo usar y se encogió de hombros con resignación.
Lara soltó una carcajada tan sonora que varios invitados giraron la cabeza. Jason le apretó el brazo con exasperación.
—¿Se puede saber de qué te ríes? Compórtate, esto es una boda.
—Es la segunda, Jason. Ya me acostumbré. - Él resopló, pero la acompañó el resto del camino con paso firme. Al llegar frente a Jasper hizo algo que nadie esperaba: le tendió la mano.
—Cuídala —dijo, simplemente.
—Con mi vida, señor.
—Con tu eternidad, mejor —corrigió Jason, y por fin se permitió una sonrisa pequeña, quebradiza, antes de ir a sentarse junto a Charlie, quien le ofreció un pañuelo que aceptó sin decir palabra, aunque no tenía nada que secar.
El oficiante, un viejo amigo de Carlisle, empezó a hablar. Lara no escuchó nada. Solo miraba a Jasper, y Jasper la miraba a ella, y por primera vez en mucho tiempo no hubo planes, ni visiones, ni venganzas, ni nada pendiente en el horizonte. Solo ellos dos, y toda la eternidad por delante.