Lara

EXTRA 3: EMMETT

Si algo he aprendido en mi vida es que hay dos tipos de personas: las que saben disimular y Emmett Cullen.

Todo empezó tres semanas después de lo de la azotea. Edward y yo ya éramos amigos de verdad de esos que se insultan con cariño y se prestan los apuntes sin pedirlos, pero uno nunca puede ser feliz siempre un día, sin previo aviso, me soltó.

—Hoy comes con nosotros.

—Disculpa... ¿Qué? – Pregunté, quizá no había escuchado bien. Hoy era uno de esos extraños días en donde a la cafetería se le daba la gana de preparar alimentos comestibles, y no me lo iba a perder.

—Con mi familia. – Respondió

Miré hacia el rincón de la cafetería donde los Cullen almorzaban todos los días en la misma mesa, sin hablar con nadie y con las bandejas llenas de comida que ninguno tocaba, los ricos y sus manías de desperdiciar alimentos. Medio instituto los miraba con curiosidad, y el otro medio fingía no hacerlo.

—Edward, me van a matar. – Dije mirando fijamente hacia el matadero.

—Nadie va a matarte —dijo, y vi que se aguantaba una risa—. Prometido. – levanto su mano a la altura de su rostro.

Fui, con mi bandeja, mi cara de estar caminando hacia la guerra y con todos los ojos del comedor clavados en la nuca, gente chismosa. Y en cuanto llegué a la mesa, antes de que pudiera sentarme siquiera, un enorme brazo me rodeó los hombros y me levantó medio metro del suelo.

—¡Así que TÚ eres la del libro! – Gritó en mi pobre oído

—¡Emmett! —gritó una rubia, desde el otro lado de la mesa, con una expresión de asesina.

—¿Qué? Edward nos lo contó todo. Que le hiciste la vida imposible, que le pusiste su tablet en japonés, que lo dejaste sin almuerzo. —Me bajó al suelo con una sonrisa gigantesca y unos hoyuelos que parecían de comercial. Wao es muy guapo…. Tranquila, que tiene novia y plato de segunda mesa, jamás —. Me caes genial. Soy Emmett. Esa que quiere matarme es Rosalie. – Señaló a la rubia de mirada asesina. -No le hagas caso, siempre está de mal humor.

—¡Emmett! —repitió Rosalie. –

—¿Lo ves? Qué te dije. – Dijo él como si dijera algo obvio

Me senté entre Edward y el gigante, con la sensación de haber entrado a una familia donde todos eran guapos, pálidos y demasiado serios, salvo uno. Y ese uno, para mi desgracia, ya había decidido adoptarme.

Al otro extremo de la mesa había un chico rubio que no levantó la vista de su bandeja ni un segundo. Lo conocía de vista, claro… Jasper, el gemelo de Rosalie el que nunca hablaba con nadie. Pensé en saludarlo, pero cuando me atreví a mirar en su dirección apartó la cara y se levantó, murmurando algo sobre una tarea pendiente.

Genial, pensé. Le caigo mal a los gemelos… No es como que me importe tanto la verdad

***

Emmett fue, desde ese día, mi cómplice. Me ayudaba a esconder cosas en el bolso de Rosalie, me prestaba su hombro como escudo cuando ella venía a buscarme furiosa, y me contaba chistes tan malos que a veces tenía que taparme la boca con el cuaderno para no reírme en clase.

Pero Emmett tenía un defecto, y era que no sabía guardar un secreto ni para salvar su vida.

—Mi hermano Jasper —me soltó un día, en medio de una conversación sobre las ventajas de leer la mente, una de nuestras tantas normales conversaciones — se pone muy raro cuando alguien menciona tu nombre.

—¿Jasper? —Casi me atraganto—. Pero si ni me mira. Cada vez que me siento a comer, se levanta y se va. – Ese rubio me daba algo de miedo.

—Eso es lo que tú crees.

—Es lo que veo. – Dije girando los ojos mientras llegábamos a mi casillero por los libros que tenía que dejar.

—Pues ves mal. —Emmett bajó la voz, como si estuviera contando el secreto más importante del universo—. Pero no se lo digas a nadie. – Susurró, por susurrar me refiero a que casi lo publicó en el periódico estudiantil.

—Lo acabas de gritar en medio del pasillo. – Respondí riendo cerrando mi casillero y volviendo a caminar rumbo hacia la horrible clase del viejo pelón de aritmética que curiosamente compartía con los dos muchachos a mi lado.

—Detalles. - Edward, que caminaba unos pasos más adelante, se detuvo, cerró los ojos y respiró hondo.

—Emmett —dijo, entre dientes.

—¿Qué? Yo solo digo. Es un buen chico tiene muchos talentos, es muy bueno escuchando, sabe cocinar. —Hizo una pausa dramática—. Bueno, cocinar no, pero sabe hacer muchas otras cosas. – Dijo prácticamente vendiéndomelo. – Y lo más importante … Le gusta mucho One Direction, yo diría que es Directioner Boy. – Dijo asintiendo muchas veces, de acuerdo, lo compro, denme el contrato de compra-venta.

—Emmett. – Volvió a regañar Edward

—Además le gusta la gente inteligente, graciosa y con cara de odio al mundo. O sea, una persona como tú. Una coincidencia increíble, ¿no? – Preguntó con una sonrisa

Yo los miré a ambos, a Emmett con su sonrisa inocente y a Edward con la mano en la cara, y decidí que prefería no entender nada, pero Emmett no se rindió.

Al día siguiente me preguntó si me gustaban los rubios. Al otro, si prefería los chicos callados o los habladores. Después, si me gustaría hablar con su hermano “solo así, por curiosidad, sin compromiso”. Y así durante semanas, con tan poca sutileza que hasta Rosalie le tiró una vez una bandeja encima, diciendo que si volvía a abrir la boca le arrancaba la lengua, hermosa pareja.

—Qué exagerada —murmuró Emmett, quitándose los macarrones de los hombros—. Solo trato de ayudar.

—¿Ayudar en qué? —pregunté haciéndome la desentendida, siempre me gustó actuar de tonta cuando me convenia.

—En nada. Olvídalo. – Respondió Alice girando lo ojos… Yo creo que a ella tampoco le agrado, y siendo sincera el sentimiento era mutuo.

Y sinceramente si lo olvide, tenía otras cosas en la cabeza: exámenes, la carta de aceptación para la universidad, los cantos desafinados de mi tío por las mañanas, y Jasper seguía levantándose de la mesa cada vez que yo llegaba, así que ya me había resignado a ser la persona que le caía mal sin saber por qué.




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