Lara

EXTRA2: EDWARD

Hay quienes dicen que la mala educación no lleva a ningún lado. Yo soy la prueba de que lleva directamente a la dirección. Todo fue culpa del profesor de Aritmética, que un lunes cualquiera decidió informar a toda la clase que yo “no llegaría muy lejos en la vida”. Y yo, que siempre he sido una persona razonable, le respondí que seguramente a él tampoco le habían dado la noche anterior. Fue una afirmación basada en su mal humor, una simple suposición, no datos concretos.

El castigo fue inmediato: me mandaron a dar la bienvenida a los alumnos nuevos. Direcciones, salones, cafetería, baños. Una tarea tan aburrida que ni siquiera pude disfrutar la compañía de mis propios pensamientos, por eso “Act my age” me acompañaba mientras esperaba a los pobres desafortunados que decidieron mudarse a uno de los pueblos más fríos de Estados Unidos.

10 minutos después, en cuanto llegaron, comenzamos el recorrido.

—Ahora vamos a la biblioteca —les dije a los nuevos con mi mejor voz de guía turística— que está pasando el laboratorio de química, al fondo del pasillo, la puerta de color roja.

Esa puerta roja, por cierto, era el armario de la limpieza. Y la biblioteca, en realidad, estaba al otro lado del edificio. Digamos que mi concepto de “bienvenida” era más bien creativo, además accedí a dar el recorrido, no a hacerlo bien. Terminé el recorrido, dejé a los pobres chicos perdidos entre escobas y trapeadores, y ya me iba a mi salón cuando alguien me llamó por mi nombre.

—¿Lara? ¿Lara Diggory? —Era un chico de primer año, con la mochila enorme y la cara de quien lleva demasiado tiempo caminando en círculos—. Perdón por llegar tarde, en la dirección me dijeron que tú me darías el recorrido.—Miré el reloj, miré su cara, miré al fondo del pasillo, a un chico alto, de cabello cobrizo, que estaba abriendo su casillero con una expresión de absoluto aburrimiento.

Edward Cullen. El mismo que no hablaba con nadie, que no se juntaba con nadie que no fuera su familia, y que miraba a los demás como si fuera una botella de agua en el Sahara, adivinen... Prefiero la Coca-Cola, además de que me debía una por no dejar copiarse en biología.

—Lo siento muchísimo —le dije al chico de primer año con mi mejor cara de lástima—, pero tengo un examen. Aunque mi compañero con mucho gusto puede ayudarte. —Señalé al fondo del pasillo—. Él.

—¿Ese? – Dijo señalándolo

—Es el más amable de todos. Dile que Lara te mandó. – Dije sonriendo y salí corriendo.

Y me escondí detrás de unos casilleros justo a tiempo para ver cómo el chico se le acercaba, nervioso, mientras Edward se giraba lentamente, con la expresión de quien acaba de descubrir que el mundo existe, fue una cara memorable una mezcla de confusión, de horror y de algo parecido al asesinato, estaba apunto de morirme de la risa… Y entonces, a lo lejos, Edward me miró. Directo a mí. Sin dudar. Como si supiera exactamente dónde me había escondido.

Estoy muerta, pensé.

Y lo estuve, durante las dos semanas siguientes.

****

Fue una guerra sin cuartel. Una mañana, mi casillero estaba lleno de bolas de papel hasta el techo. Al día siguiente me encontré con que todos mis lápices tenían la punta rota. Yo le pegué un chicle debajo del escritorio, le cambié el idioma de la Tablet en la biblioteca a japonés, y le escondí el almuerzo en la cancha de baloncesto.

Todo eso, por supuesto, sin cruzar una sola palabra.

Era divertidísimo. Hasta que un martes, al abrir mi mochila, vi el libro.

El libro. El que había tardado meses en encontrar, el que me había costado más de lo que debería gastar una estudiante, el que leía una y otra vez cuando quería sentirme en casa. Tenía una enorme mancha de pintura roja sobre la portada, que había traspasado hasta la mitad de las páginas.

Me quedé inmóvil. Sentí que algo se me apretaba en el pecho, algo que no tenía nada que ver con las bromas.

Levanté la vista hacia la esquina del pasillo, donde Edward estaba apoyado en la pared con una sonrisa burlona. Quise devolverle esa sonrisa, mostrarle que no me importaba, que había estado esperando que algo así sucediera. Pero la sonrisa se me deshizo en la cara.

Y la suya también.

Desapareció de golpe, como si de repente hubiera entendido algo. Por un segundo me pareció que iba a decir algo, pero no esperé a escucharlo. Di media vuelta y me fui directamente a la dirección, necesitaba a Jason.

***

Al día siguiente, no vi a cabeza de escoba en todo el patético horario escolar, a la hora del almuerzo subí a la azotea, mi lugar seguro, pero como siempre el destino le gusta burlarse de mí y joderme la existencia, no pude tener mi preciado momento de paz porque el innombrable estaba ahí. Estaba dispuesta a marcharme, pero me llamó y al ver su cara supe que estaba arrepentido, y quién soy yo para negarme al placer de verlo suplicarme por su error, así que poniendo mi mejor cara de sufrimiento me quedé.

- Lara.

Camino despacio hasta pararse a delante de mí, cuando no le respondí, el saco algo de su mochila y me lo tendió, era el mismo libro, pero nuevo, y distinto. Primera edición. Con la cubierta intacta, el papel perfecto, y en la primera página, una dedicatoria con tinta azul y una firma que reconocí al instante.

—Es del autor —murmuré, sin poder creerlo—. ¿Cómo...? – Pregunté atónita, esto debió costarle carísimo… Aunque deduciendo por los autos que conducen no creo que se haya quedado en la quiebra.

—Tengo mis contactos —dijo, y por primera vez vi que sonreía de verdad, un poco torcido, un poco avergonzado—. Perdón por lo del libro. Y por todo lo demás. - Tardé unos segundos en poder hablar. Cuando por fin lo hice, mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

—Yo también me pasé. Con las bromas. Y lo del chico de primer año... Pobre, estuvo dos horas perdido. – Dije encogiéndome de hombros, no me daba pena, quién lo mandó a llegar tarde el primer día.




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