CAPITULO 9
El Colegio Santa Clara celebraba una jornada de votaciones estudiantiles. El patio estaba lleno de mesas, urnas de plástico transparente y el bullicio de los alumnos. En una de las mesas de votación, Víctor y Melissa cumplían su turno como jurados, pero sus mentes estaban lejos de la democracia escolar.
Víctor mantenía la vista fija en la lista de estudiantes, pero su voz era un susurro cargado de veneno.
- Quiero saber por qué no has hecho lo que convinimos, Melissa. Has estado esquivando las visitas a Mariana.
Melissa, que jugueteaba con un bolígrafo, suspiró y lo miró de frente. Por primera vez, no había malicia en sus ojos, sino una sombra de duda.
- Ya no estoy segura de hacerlo, Víctor.
- ¿Acaso no quieres quedarte con Carlos? —preguntó él, arqueando una ceja con incredulidad.
- Sí, lo quiero. Pero no a costa de jugar con la mente de una persona de esta manera. Mariana está muy mal. Ayer la vi tratando de recordar cómo se usaba una cafetera... la podemos volver loca si seguimos inyectándole recuerdos falsos.
Víctor golpeó suavemente la mesa con el puño, su impaciencia desbordándose.
- Eso no importa.
- ¿Cómo que no importa? —replicó Melissa, bajando la voz al ver que un alumno se acercaba—. ¿No dices que la amas?
- Porque la amo no quiero que se quede con ese tipo. Carlos no es para ella.
- Víctor, amar es querer la felicidad para el otro —dijo Melissa, y las palabras le sonaron extrañas incluso a ella misma—. Tú quieres es el mal para Mariana, quieres poseerla como a un objeto. Eso no es amar.
Víctor soltó una risa seca y gélida.
- No me vengas con tus lecciones de moral y felicidad, Melissa. No te queda el papel de santa. Dime de una vez: ¿me vas a ayudar, sí o no?
Melissa guardó silencio un largo rato, mirando a los estudiantes reír a lo lejos. La ambición de tener a Carlos luchaba contra el nudo que se le formaba en el estómago cada vez que veía la mirada perdida de Mariana. Finalmente, la ambición ganó por un margen estrecho.
- Está bien. Haré lo que pueda.
- Pero que sea verdad —sentenció Víctor—. No quiero otro ataque de ética barata.
Horas más tarde, Melissa llegó a la casa de Mariana. Al entrar, la encontró sentada en el sofá, rodeada de libros de texto que intentaba leer sin éxito. Al ver a Melissa, el rostro de Mariana se iluminó con una alegría genuina que hizo que Melissa retrocediera internamente.
- ¡Me alegra tanto que estés conmigo, Melissa! —exclamó Mariana, levantándose para darle un abrazo. Melissa correspondió el gesto con rigidez, sintiendo el peso de la traición.
- Para eso somos las amigas, Mariana —mintió, aunque su voz flaqueó un poco.
- Me hacen muy bien tus visitas. No sabes lo sola que me siento... Carlos viene y me habla de un pasado que me resulta ajeno, y Víctor me cuenta cosas que me confunden. A veces siento que no tengo suelo bajo los pies.
Melissa la miró. Mariana se veía frágil, sus manos temblaban ligeramente y había una vulnerabilidad en su mirada que despertó en Melissa una compasión inesperada. "Es como un pájaro con las alas rotas", pensó. Por un segundo, quiso decirle la verdad, decirle que Carlos la amaba y que ella era una intrusa. Pero la imagen de Carlos sonriendo fue más fuerte.
- Me imagino —dijo Melissa, recomponiéndose—. Oye, ¿qué tal si nos vamos de día de campo hoy? Necesitas aire puro, salir de estas cuatro paredes que te recuerdan lo que no tienes.
- ¿Las dos solas? —preguntó Mariana, animada.
- Por supuesto. No necesitamos a los hombres para divertirnos.
- Me parece una idea maravillosa. ¿Qué llevamos?
- Pasamos por el supermercado y compramos lo necesario: algo de fruta, queso, vino... lo que quieras.
Mariana sonrió, una sonrisa de niña pequeña que confía plenamente en su protectora.
- Dale, voy por mi bolso —dijo, corriendo hacia su habitación. Regresó a los pocos segundos con su cartera bajo el brazo—. ¿Lista?
- Lista —respondió Melissa.
Salieron de la casa y subieron al auto de Melissa. Mientras conducían hacia las afueras de la ciudad, Mariana miraba por la ventana, tratando de reconocer las calles.
- Melissa... ¿tú crees que algún día recordaré quién soy? —preguntó Mariana de repente. Melissa apretó el volante. Era el momento de cumplir el pacto con Víctor, de decirle que Carlos era un hombre infiel, de hundirla más en la duda. Pero al ver la esperanza en el perfil de Mariana, Melissa simplemente dijo:
- A veces es mejor no recordar todo, Mariana. A veces el olvido es un regalo que nos da la vida para empezar de nuevo, sin las manchas del pasado.
Mariana la miró con extrañeza.
- ¿Manchas? ¿A qué te refieres? Melissa se dio cuenta de que había dicho demasiado.
- Nada, olvídalo. Disfruta el paisaje. Hoy solo somos tú y yo.