La noche previa a la boda, el ambiente en casa de Carlos era de funeral. Luna y Alfonso intentaban consolar a un Carlos que parecía haber envejecido diez años en una semana.
Carlos golpeó la mesa con frustración.
— ¡Si tan solo ocurriera un milagro!
— O si la raptaras —soltó Luna, medio en broma, medio por desesperación. Carlos levantó la vista, sus ojos brillaron por primera vez en días.
— Secuestrarla... es la mejor idea que me has dado.
— ¡Lo dije en broma, Carlos! —se asustó Luna—. Mariana eligió casarse con él. Es su decisión.
— ¡Ella no puede decidir porque no recuerda nada! —estalló Carlos—. Está bajo el hechizo de las mentiras de Víctor. Si la dejo entrar a esa iglesia, la habré perdido para siempre.
En la mañana de la boda, la casa de Mariana era un hervidero de nervios. Melissa y Luna terminaban de ajustar el vestido de novia. Mariana, pálida y con la mirada perdida, parecía una estatua de sal.
Melissa sintió un nudo en la garganta.
Minutos después, Melissa y Luna se adelantaron a la iglesia. Mariana se quedó sola, esperando el coche. Al sonar la bocina, suspiró profundamente.
— Ayúdame, Dios mío, a resistir esto. Casarme con un hombre amando a otro... —Salió de la casa y subió a la parte trasera del auto negro que la esperaba.
Mientras el auto avanzaba, Mariana notó algo extraño. El paisaje no era el que conducía a la parroquia principal.
El auto se detuvo en una calle solitaria. El chofer se quitó la gorra y se giró. Era Carlos.
— Las cosas no son así, Mariana... —intentó explicar Carlos, pero ella lo interrumpió con firmeza.
— No quiero escuchar nada. Llévame a la iglesia y no intervengas más.
En la iglesia principal, los invitados murmuraban. Víctor, vestido de gala, caminaba de un lado a otro en el atrio, sudando frío. Sus colegas, Débora, Fernanda y María, lo observaban con distintas expresiones.
Llegó un auto, pero solo descendió el chofer que Víctor había contratado originalmente.
— ¿Dónde está Mariana? —rugió Víctor.
— No lo sé, señor. Fui a recogerla y ya se había ido. Me dijeron que salió vestida de novia en otro auto.
— ¡Maldita sea! —gritó Víctor—. ¡Esto es obra de Carlos!
Carlos no llevó a Mariana a su casa, sino a una pequeña capilla en las afueras. Allí, para sorpresa de Mariana, estaban Alfonso, Luna, Melissa y Andrés.
Mariana miró a Carlos. La presión, la confusión y el impacto de ver a todos sus "amigos" conspirando contra Víctor fueron demasiado.
— ¿Están locos? Yo no puedo... —Las fuerzas le fallaron y se desplomó.
En medio del desmayo, la mente de Mariana hizo un "clic". Como un rompecabezas que se arma de golpe, las imágenes de la caída, las discusiones con Víctor y, sobre todo, la verdad sobre Carlos inundaron su conciencia.
Editado: 24.10.2026