CAPITULO 10
El sol de la tarde bañaba el parque con una luz dorada. Sobre una manta de cuadros, Melissa y Mariana compartían trozos de fruta y risas que, por momentos, parecían reales. Mariana se veía más relajada; el aire libre y la compañía de su "mejor amiga" le daban un respiro del asfixiante vacío de su memoria.
- Gracias por esto, Melissa. Hacía mucho que no me sentía tan... normal —dijo Mariana, acomodando unas uvas en un plato de plástico. Melissa sintió un pinchazo de culpa al ver la gratitud genuina en los ojos de Mariana.
- Para eso estoy yo, para sacarte de esa cueva de dudas.
Comieron y hablaron durante horas. Melissa, a pesar de su plan, se sorprendió disfrutando de la tarde. Había algo en la vulnerabilidad de Mariana que la desarmaba, creando una dualidad peligrosa en su interior: el deseo de tener a Carlos y la naciente compasión por la mujer que estaba destruyendo.
De regreso al colegio, la atmósfera era mucho más tensa. Víctor interceptó a Melissa en uno de los pasillos laterales, lejos de las miradas de los alumnos.
- ¿Cómo vas? —preguntó Víctor, con su habitual tono seco.
- Bien —respondió ella, tratando de pasar de largo.
- Melissa, ¿estás haciendo lo planeado? ¿Lo que yo planeé? —insistió él, bloqueándole el paso.
- Sí, lo estoy haciendo. ¿Es que no confías en mí?
- Del todo no —confesó Víctor con frialdad.
- Lástima. ¿Y cómo vas tú con tu "conquista"?
Víctor apretó la mandíbula.
- Mal. No he podido hablar con ella. El sábado fui a buscarla y no estaba en su casa.
- ¿Y dónde estaba? —preguntó Melissa, fingiendo desinterés.
- No lo sé. Los vecinos dijeron que salió con una mujer. ¿No habrás sido tú?
Melissa soltó una carcajada forzada, ocultando la verdad del picnic.
— ¡Yo! Jamás saldría con esa mosquita muerta, Víctor. Tengo cosas mejores que hacer.
- ¿Segura?
- Por supuesto. Pudo haber sido otra mujer... Luna, por ejemplo. ¿No sabías que son amigas? Víctor palideció.
- ¿Luna? No, no lo sabía.
- Pues entérate. Adiós —se despidió Melissa, dejándolo plantado. "Maldita sea", murmuró Víctor para sí mismo. "Luna puede dañar todos mis planes".
En la sala de profesores, el ambiente era radicalmente distinto. Luna y Alfonso se separaban lentamente tras un beso apasionado.
- Luna, yo... —comenzó Alfonso, rascándose la nuca, un poco abrumado por la intensidad del momento.
- Alfonso, te quiero —dijo ella, mirándolo fijamente.
- Luna, pero...
- No hay que ponerle ningún "pero" al amor, Alfonso. Aunque sea solo mi amor.
- ¿Por qué dices eso? —preguntó él, tomándola de las manos.
- Porque soy consciente de que tú no sientes lo mismo por mí.
Alfonso suspiró, apreciando la honestidad de la mujer frente a él.
- No te voy a decir que te amo, porque sería mentir, pero sí me atraes muchísimo. Me gustas un montón, Luna.
- Siendo así... podemos intentar tener algo —propuso ella con una sonrisa esperanzada.
- ¿Podemos? —preguntó él, acercándose de nuevo.
- Por supuesto que podemos, si no tienes ningún impedimento.
- Ninguno —respondió Alfonso antes de volver a besarla, sellando un pacto de honestidad que Víctor nunca podría entender.
Más tarde, en casa de Mariana, Víctor intentaba recuperar el terreno perdido. Entraron a la sala y él, en un movimiento posesivo, la abrazó por la cintura.
- Mi amor, no has querido darme un beso hoy —se quejó Víctor, acercando su rostro al de ella. Mariana se tensó y se apartó suavemente.
- No puedo hacerlo, lo siento. No me siento cómoda... no puedo engañarte. No siento nada por ti ahora mismo porque no puedo recordarte. Perdóname.
- Pero si me besas... tal vez eso despierte algo en tu memoria —insistió él, desesperado.
Mariana negó con la cabeza y caminó hacia la mesa del centro. Allí, en un jarrón, descansaba un ramo de rosas blancas. Sus ojos se iluminaron de una forma que Víctor no había visto antes.
- Rosas blancas... —susurró ella, acercándose para acariciar los pétalos.
- Son rosas, mi amor. Yo te traje unas rojas la última vez —dijo Víctor, sintiendo una punzada de celos.
- Sí, lo sé... pero estas blancas me recuerdan algo.
En la mente de Mariana, una imagen fugaz pero nítida apareció: Carlos sonriendo, entregándole un ramo idéntico.
- ¿Qué te recuerdan? —preguntó Víctor, su voz tensándose.
- No lo sé muy bien... creo que a Carlos.
- ¿Carlos? —estalló Víctor, furioso—. ¿Qué tiene que ver él con esto?
- No lo sé, son imágenes borrosas... ¿pero cómo llegaron estas rosas aquí?
- ¿Quién sabe? —respondió Víctor, preocupado por la intrusión de Carlos en el "terreno seguro" de la casa de Mariana. Mariana ignoró su enfado, cerró los ojos y percibió el aroma dulce de las flores. Víctor la miraba con auténtico terror: el pasado de la verdad estaba empezando a filtrarse por las grietas de su mentira.