Lecciones De Olvido

CAPITULO 13

En uno de los pasillos laterales del colegio, el aire se sentía viciado. Carlos, con ojeras profundas y el paso cansado, alcanzó a Víctor, quien caminaba con una arrogancia renovada, casi flotando sobre sus propios engaños.

  • Víctor, te estaba buscando —dijo Carlos, poniéndose en su camino.
  • ¿Para qué? —respondió Víctor con un desprecio mal disimulado.
  • ¿No te das cuenta del daño que le estás haciendo a Mariana? La estás asfixiando con versiones de una vida que no existió.
  • Daño es el que tú le haces, o mejor dicho, le hacías —se burló Víctor—. Me enteré de que terminó su compromiso contigo. Acéptalo, Carlos, ella eligió borrarte.
  • La puedes volver loca, Víctor. El doctor fue claro: su mente es un remolino. No aguanta más presión.
  • No lo creo. Lo mejor que le pudo pasar es haberte olvidado; se está ahorrando muchos dolores de cabeza.
  • ¿Dónde está el amor que tanto dices tenerle? —preguntó Carlos con voz quebrada—. Amar es buscar el bienestar del otro, no el propio. Tú solo buscas poseerla.
  • Tú no sabes nada de amor —soltó Víctor, intentando esquivarlo.

Pero Carlos no se movió.

— Por lo menos sé más que tú, porque parece que el amor no te alcanzó para hacer feliz a Luna. Víctor se quedó petrificado, con la mirada perdida en un punto fijo mientras el color desaparecía de su rostro. Carlos, aprovechando ese segundo de impacto, se dio la vuelta y lo dejó solo con sus fantasmas.

Minutos después, en la sala de profesores, el grupo habitual compartía un silencio incómodo. Estaban Carlos, Melissa, Andrés, Alfonso y Luna. La puerta se abrió de golpe y Víctor entró con una sonrisa cínica, recuperado de su encuentro anterior.

  • Vaya, ¿reunión nuevamente? —preguntó, paseándose frente a ellos.
  • No, estamos esperando a que suene el timbre para entrar a clases —respondió Melissa con frialdad.
  • Pues aprovecho para darles una maravillosa noticia —exclamó Víctor, elevando la voz para asegurarse de que Carlos escuchara cada sílaba—. En quince días me caso con Mariana.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Alfonso fue el primero en reaccionar.

  • ¿En quince días? ¿Por qué la prisa?
  • Porque a Mariana le urge casarse conmigo —respondió Víctor, clavando sus ojos en Carlos.

Carlos no soportó más. Se levantó sin decir palabra, con la mandíbula apretada para no estallar en llanto o violencia, y salió de la sala. Víctor, imperturbable, continuó:

— Parece que no le gustó la noticia. Yo no tengo la culpa de que Mariana lo haya dejado.

— Víctor, ¿no te parece que quince días es muy poco tiempo para organizar una boda? —intervino Luna, tratando de ocultar su asco.

— Cuando dos personas están enamoradas, un día es una eternidad si no están juntos. Quince días serán más que suficientes.

El timbre sonó y todos salieron hacia sus aulas, excepto Melissa y Andrés. Melissa se dejó caer en una silla, tapándose la cara con las manos. Andrés, que había estado observando el drama con la objetividad de un recién llegado, se acercó a ella.

— Melissa, tienes que impedir esa boda —le dijo Andrés con urgencia.

— No lo sé, Andrés... no sé qué hacer.

— Por lo que me has contado, Mariana no quiere a Víctor. Siente gratitud, pero no amor. Tienes que contarle la verdad, tú eres la que está más cerca de ella.

— No puedo —sollozó Melissa—. Víctor le está inventando tantas mentiras que si llego yo y le digo otra cosa, se va a confundir del todo. Está muy débil, Andrés... se puede volver loca de verdad.

— Tienes que buscar una estrategia, Melissa. No puedes dejar que ese hombre la encierre en un matrimonio basado en una falsedad. ¡Tienes que hacerlo!

— ¿Pero cómo, Andrés? ¿Cómo? —gritó ella, desesperada, sintiendo que el peso de sus pecados anteriores le impedía ahora hacer lo correcto.

Mientras tanto, en la soledad de su casa, Mariana sostenía un ramo de rosas blancas. El aroma parecía ser el único puente que la conectaba con algo real, aunque no supiera qué era.

  • Rosas blancas... ¿Por qué me atraen tanto? ¿Y quién me las envía todos los días? —susurró para sí misma—. Debe conocerme bien. Si tan solo pudiera recordar... Es agobiante no saber quién soy.

Cerró los ojos, tratando de invocar la paz que sentía cuando Carlos la miraba, contrastándola con la ansiedad que le provocaba la cercanía de Víctor. —Lo único que sé es que no amo a Víctor y que siento algo muy profundo por Carlos... Pero si es verdad lo que dice Víctor, ¿por qué mi corazón no lo siente como una traición? Daría mi vida por no casarme, pero ya le di mi palabra. En quince días seré la señora Herrera... aunque en el fondo, desearía ser la señora Méndez.

En el colegio, Carlos caminaba por los pasillos como una sombra. Tenía la mirada perdida y los hombros caídos. María, la secretaria, lo vio pasar y corrió tras él.

  • ¡Profesor Méndez! —lo llamó. Carlos se detuvo y la miró con una tristeza tan profunda que la mujer se detuvo un segundo antes de hablar.
  • Dígame... —Antes de irse, por favor pase por la secretaría. Necesito que me firme unos documentos finales de las notas de once.
  • Está bien —respondió Carlos con voz monótona y siguió su camino.




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