Lecciones De Olvido

CAPITULO 15

La sala estaba en penumbras, iluminada solo por una lámpara tenue que hacía que las sombras de Víctor y Mariana se proyectaran alargadas sobre las paredes. Víctor revisaba una lista de nombres con una satisfacción casi obscena.

  • Mi amor, como la boda va a ser muy sencilla, habrá pocos invitados... —decía Víctor, marcando nombres con un bolígrafo. De pronto, el sonido de su voz se desvaneció para Mariana.

Mariana estaba perdida, a su mente llego una imagen nítida de ella riendo en un jardín lleno de gente, una fiesta masiva, música de fondo y una sensación de libertad absoluta que no encajaba con la "sencillez" que Víctor predicaba.

  • Me tomé el atrevimiento de invitar a... —continuó él, ajeno al trance de su prometida.

La mente de Mariana seguía recibiendo imágenes: El rostro de Carlos, joven, mirándola con una adoración que la hacía sentir invencible. No había rastro de Víctor en esa memoria.

Víctor notó el silencio y levantó la vista, encontrando a Mariana con los ojos fijos en el vacío.

  • Mariana... ¿Mariana, me escuchas?
  • ¡Ah! —ella parpadeó, regresando a la realidad con un sobresalto—. Discúlpame, ¿qué me decías?
  • ¿En qué estabas pensando? —preguntó él, entrecerrando los ojos con sospecha.
  • En... en mi vestido —mintió ella rápidamente, sintiendo que el corazón le latía con fuerza—. Aún no está listo.
  • ¿Pero estará listo a tiempo? Faltan pocos días.
  • Sí, le falta muy poco —respondió ella con un suspiro que delataba su cansancio—. No hay problema.
  • Perfecto. Te decía que...

Víctor siguió hablando, pero Mariana ya no procesaba las palabras. Se preguntaba por qué su mente le devolvía fragmentos de una felicidad que no incluía al hombre que tenía sentado enfrente.

En la cafetería del colegio, Andrés y Melissa compartían un café amargo. El nuevo profesor miraba a Melissa con una mezcla de urgencia y reproche.

  • ¿Qué has hecho para impedir el matrimonio de Víctor? —le espetó Andrés.
  • Nada —confesó Melissa, hundiendo los hombros—. No puedo hacer absolutamente nada. Por más que lo pienso, no se me ocurre una forma de evitar esa boda sin que todo vuele por los aires.
  • Tiene que haber una forma —insistió Andrés—. Tal vez si persuades a Mariana... convéncela, sin decirle la verdad técnica, para que simplemente no dé el "sí".
  • Mariana no se quiere casar, Andrés. Ya lo intenté. Pero Víctor la está presionando de una forma asfixiante, no la deja ni opinar. Realmente no sé qué hacer... estoy atada de pies y manos.

A la salida del colegio, Víctor divisó a Carlos, que caminaba cabizbajo hacia su auto. Con un paso ágil, lo alcanzó, disfrutando de la ventaja psicológica que creía tener.

  • Carlos —lo llamó con una falsa cordialidad.
  • ¿Qué quieres? —respondió Carlos sin detenerse.
  • Necesito que me hagas un favor.
  • Conmigo no cuentes para nada —dijo Carlos, intentando abrir la puerta de su vehículo.
  • Es sobre Mariana —soltó Víctor.

Carlos se detuvo en seco. No lo miró, pero su postura se tensó. Víctor sonrió con malicia pura.

  • Ella me pidió que te dijera que nos hicieras el gran honor de ser nuestro padrino de bodas.

Carlos sintió como si le hubieran clavado un puñal de hielo en el pecho. Sin mediar palabra, se subió al auto y arrancó. Víctor le gritó mientras el coche se alejaba:

  • ¿Nos vas a hacer el favor?
  • ¡Muérete! —le gritó Carlos desde la ventana, perdiéndose en el tráfico. Víctor se quedó solo en la acera, riendo entre dientes. El dolor de Carlos era su mejor trofeo.

Más tarde, en la sala de profesores, Melissa y Carlos compartían un momento de silencio sepulcral.

  • Lástima que la nueva directora haya llegado tan tarde —comentó Melissa, tratando de desviar la conversación—. Me hubiese encantado que tomara a los alumnos de grado once desde el inicio.
  • Me da lo mismo —respondió Carlos con la voz apagada—. Todo me da lo mismo ahora.
  • Carlos, por favor, no te tires a la muerte. Tienes que reaccionar.
  • ¿Y qué más voy a hacer, Melissa? La mujer que amo se va a casar con otro hombre en menos de una semana.

En ese momento, Víctor entró con dos sobres blancos en la mano. Su presencia siempre parecía enfriar la habitación.

  • Buenos días, me alegra encontrarlos —dijo con cinismo, entregándole un sobre a cada uno—. Son las invitaciones para el matrimonio.

Carlos se levantó violentamente. En un acto de dignidad desesperada, le tiró el sobre en la cara a Víctor y salió de la sala sin mirar atrás.

  • Siempre tan grosero —comentó Víctor, recogiéndolo del suelo con calma.
  • No pierdes oportunidad para molestarlo, ¿verdad? —dijo Melissa, mirándolo con asco.
  • Me encanta hacerlo.
  • Eres un estúpido, Víctor.
  • Y tú eres una tonta —replicó él, acercándose a ella—. Te rendiste antes de la batalla. Te conformaste con el profesor Giraldo.




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