En la sala de Mariana, el ambiente estaba cargado de una tensión invisible. Sobre la mesa del centro, catálogos de vestidos y muestras de mantelería parecían recordarle a Mariana que su destino estaba sellado. Melissa estaba sentada frente a ella, observándola con una mezcla de lástima y autorreproche.
Mariana suspiró y dejó caer los catálogos al suelo. Miró a Melissa con los ojos empañados.
Melissa tragó saliva. El impulso de gritarle que Víctor era un mentiroso fue frenado por el recuerdo de la amenaza de Víctor sobre el accidente.
En ese instante, el timbre de la casa sonó, cortando la confesión de Melissa como una guillotina. Mariana se levantó, salió un momento y regresó con un espectacular ramo de rosas blancas, cuyo aroma inundó la habitación de inmediato.
Melissa sintió un escalofrío. La mirada de Mariana era pura, llena de confianza, y eso la hería más que cualquier insulto. No pudo hacerlo. El miedo a Víctor era un nudo en su garganta. — Nada, olvídalo. Tengo que irme, es tardísimo —dijo levantándose de golpe y dándole un beso rápido en la mejilla—. Después hablamos, chao.
Melissa salió de la casa de Mariana y se encontró de frente con el auto de Víctor, que la estaba esperando a la vuelta de la esquina. Él bajó la ventanilla con una sonrisa de victoria que a Melissa le resultó repulsiva.
— ¡Eso es mentira! Tú sabes que fue un accidente —sollozó Melissa.
— Nadie te creerá. Eres la mujer despechada que quería eliminar a su rival. —Víctor le acarició el rostro con una frialdad que la hizo temblar—. Así que sonríe, ayuda a Mariana con su vestido y asegúrate de que llegue al altar. No querrás pasar tu juventud en una celda, ¿verdad?
Víctor dejó a Melissa llorando en la acera y se dirigió a la entrada de la casa de Mariana. Antes de entrar, vio a lo lejos a Andrés caminando por la acera de enfrente. El nuevo profesor lo observaba con una mirada analítica que a Víctor le irritaba profundamente.
"Otro que se cree salvador", pensó Víctor. Entró a la casa con una máscara de ternura, listo para seguir moldeando la frágil mente de Mariana a su antojo. Mariana lo recibió con una sonrisa forzada, mientras sus ojos buscaban, inconscientemente, el rastro de las rosas blancas en la mesa, como si fueran su único ancla a una verdad que se le escapaba entre los dedos.
Editado: 10.10.2026