Lecciones De Olvido

CAPITULO 14

En la sala de Mariana, el ambiente estaba cargado de una tensión invisible. Sobre la mesa del centro, catálogos de vestidos y muestras de mantelería parecían recordarle a Mariana que su destino estaba sellado. Melissa estaba sentada frente a ella, observándola con una mezcla de lástima y autorreproche.

  • En una semana te casas, Mariana —dijo Melissa, rompiendo el silencio. Su voz carecía del entusiasmo que una "mejor amiga" debería tener.
  • Así es —respondió Mariana con una tristeza tan profunda que calaba los huesos.
  • Te noto desanimada... —insistió Melissa, buscando una grieta por donde dejar salir la verdad.

Mariana suspiró y dejó caer los catálogos al suelo. Miró a Melissa con los ojos empañados.

  • Eres la única persona con quien puedo hablar con sinceridad. No me quiero casar, Melissa. No amo a Víctor. No siento ese fuego, ni esa paz que se supone debería sentir una novia.
  • Amas a Carlos —afirmó Melissa, casi en un susurro.
  • Bueno, creo que sí... es que estoy tan confundida. No recuerdo nada, mi mente es un mapa en blanco.
  • Pero sin recordarlo, tu corazón se inclina hacia Carlos —observó Melissa, notando cómo Mariana acariciaba inconscientemente el anillo de compromiso que Víctor le había impuesto.
  • Sí —confesó Mariana—. Pero ¿cómo no casarme? Me siento obligada por las razones que Víctor me expone. Según él, es lo mejor que me puede suceder, que él me salvó de la humillación de un engaño.
  • ¿Has hablado con Carlos?
  • No. Desde que rompí mi compromiso con él, no lo he vuelto a ver. Es como si hubiera desaparecido de mi vida... y eso me duele más que el accidente mismo.

Melissa tragó saliva. El impulso de gritarle que Víctor era un mentiroso fue frenado por el recuerdo de la amenaza de Víctor sobre el accidente.

  • Mariana, Víctor... bueno, él me pidió que...

En ese instante, el timbre de la casa sonó, cortando la confesión de Melissa como una guillotina. Mariana se levantó, salió un momento y regresó con un espectacular ramo de rosas blancas, cuyo aroma inundó la habitación de inmediato.

  • ¿Qué rosas tan lindas? —exclamó Melissa, agradecida por la interrupción pero intrigada.
  • Sí, me mandan unas iguales todos los días —dijo Mariana, hundiendo el rostro en los pétalos.
  • ¿Quién te las manda?
  • No lo sé. Siempre vienen sin tarjeta, o cuando la traen, no tiene firma. Son el único misterio hermoso en medio de este caos. —Mariana dejó las flores en un jarrón y volvió a mirar a su amiga—. Ahora sí, dime... ¿Qué te pidió Víctor?

Melissa sintió un escalofrío. La mirada de Mariana era pura, llena de confianza, y eso la hería más que cualquier insulto. No pudo hacerlo. El miedo a Víctor era un nudo en su garganta. — Nada, olvídalo. Tengo que irme, es tardísimo —dijo levantándose de golpe y dándole un beso rápido en la mejilla—. Después hablamos, chao.

Melissa salió de la casa de Mariana y se encontró de frente con el auto de Víctor, que la estaba esperando a la vuelta de la esquina. Él bajó la ventanilla con una sonrisa de victoria que a Melissa le resultó repulsiva.

  • ¿Hablaste con ella? —preguntó Víctor con tono autoritario.
  • Fui a verla, sí. Pero ya no puedo más, Víctor. Mariana está sufriendo, se siente obligada. ¡No tiene sentido seguir con esta farsa! Víctor bajó del auto y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos se volvieron dos rendijas de maldad pura.
  • Escúchame bien, Melissa. Te lo advertí. Estás a siete días de que Carlos sea tuyo y Mariana sea mía. Si se te ocurre abrir la boca o intentar que ella se arrepienta, mañana mismo estarás declarando ante un juez por el accidente de Mariana. Tengo las pruebas suficientes para que parezca que tú cortaste los frenos o asustaste al caballo.

— ¡Eso es mentira! Tú sabes que fue un accidente —sollozó Melissa.

— Nadie te creerá. Eres la mujer despechada que quería eliminar a su rival. —Víctor le acarició el rostro con una frialdad que la hizo temblar—. Así que sonríe, ayuda a Mariana con su vestido y asegúrate de que llegue al altar. No querrás pasar tu juventud en una celda, ¿verdad?

Víctor dejó a Melissa llorando en la acera y se dirigió a la entrada de la casa de Mariana. Antes de entrar, vio a lo lejos a Andrés caminando por la acera de enfrente. El nuevo profesor lo observaba con una mirada analítica que a Víctor le irritaba profundamente.

"Otro que se cree salvador", pensó Víctor. Entró a la casa con una máscara de ternura, listo para seguir moldeando la frágil mente de Mariana a su antojo. Mariana lo recibió con una sonrisa forzada, mientras sus ojos buscaban, inconscientemente, el rastro de las rosas blancas en la mesa, como si fueran su único ancla a una verdad que se le escapaba entre los dedos.




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