Me encontraba nuevamente bajo las sombras de una prisión, encerrado entre paredes de piedra y barrotes más gruesos de los que jamás creí ver. Sentado en el suelo frío, intentaba dibujar el mapa que me había mostrado el libro de Lucy. Procuraba plasmar cada detalle; aunque solo lo hubiese visto una vez, sentía que recordaba bastante. Mi único problema era no rememorar los nombres de los lugares clave, datos que lógicamente serían vitales al emprender el viaje. Pero ahora, ese libro estaba en poder de Sadiel.
En medio de mi pequeña distracción, la culpa me carcomía. Con certeza había puesto a la princesa en una posición complicada... yo solo quería asegurarme de que estuviera bien. Sin embargo, la situación se había vuelto crítica.
Ya había amanecido y la interminable noche llegaba a su fin. Aunque la dicha de los breves minutos que compartí con Lucy fueran los últimos recuerdos de mi vida, me sentía en paz. Lo más seguro era que me colgarían ese mismo día. Sadiel, a pesar de tener razones para odiarme tanto como yo a él, no guardaba ni una sola pizca de misericordia en su podrido corazón.
De pronto, el eco de unas pisadas resonó en el pasillo oscuro de las mazmorras. A través de los pequeños tragaluces que apenas dejaban filtrar la luz del sol, noté que la silueta se dirigía hacia mi celda. Cuando se mostró ante mí, la decepción en mi rostro lo dijo todo.
—Pareces no estar feliz de verme, bufón —dijo el bebé comandante.
—¿Vienes a reírte de mí?
—Vengo para que me digas quiénes te ayudaron a liberarte. ¿Quién fue tu cómplice? ¿Hay más?
—No sé de qué me hablas.
—Te vieron por las calles de Sódoma junto a un secuaz, mientras escapabas de los guardias de la corona.
—Pues no sé a quién te refieres... Hice todo esto solo.
—¿Conque eres leal después de todo? —comentó el bebé—. Me sorprende enormemente que un vulgar ladrón tenga valores y conozca el significado de la lealtad.
—No todos somos unos ruines demonios... como ustedes.
—¿Demonios?
—Lo sé todo, engendro. Sé que son los seres más ruines los que operan bajo las sombras de Sódoma... mientras el anciano rey confía ciegamente en ustedes, solo porque son lamentablemente son su familia. Tal vez la gente del pueblo no me crea porque los tienen a todos engañados.
—Lamentablemente te metiste con las personas equivocadas... y eso te llevará a la muerte.
—Sí... tal vez muera, pero ustedes algún día serán descubiertos y todo su teatro se vendrá abajo. Son lo más bajo que existe. Esas criaturas... no, esas personas a las que tratan con total discriminación son iguales a ustedes. Ellos también merecen vivir en este mundo sin ser atormentados.
—No lo entenderías. Son una amenaza para el reino, y nuestro deber es eliminar cualquier peligro existente...
—¿Una amenaza mayor de lo que son ustedes para Sódoma? —dije, acercándome enfurecido a los barrotes.
El bebé se quedó en silencio.
—Dime, enano, ¿has visto con tus propios ojos lo que les hacen? ¿Lo que tu hermano permite que hagan con ellos?
—Yo solo...
—Sí, tú solo le consigues la mercancía y se la entregas para que se divierta con su sufrimiento.
—Deberías estar de nuestro lado, eres un ser humano. La mayor creación que los dioses han podido concebir... Nuestro deber es prevalecer a toda costa.
—¿A qué le tienen tanto miedo?
El bebé guardó silencio de nuevo.
—Conque es eso... —murmuré—. Tan solo son unas ratas acorraladas.
—Como sea, ni tú ni yo podemos hacer nada para cambiar este sistema, y yo soy el gobernante a cargo de hacer cumplir las reglas al pie de la letra. Fue un placer conocerte, Ray. Mi intención era dejarte vivir... como mi bufón, pero vivo al fin y al cabo. Decidiste abrir la boca, y mi hermano no va a permitir que sigas respirando sobre esta tierra. Solo eres uno en comparación a...
—Te equivocas —lo interrumpí—. Aunque yo muera, sé que allá afuera seguirán luchando para que exista la igualdad.
Esas palabras parecieron detonar un eco en los recuerdos del bebé. «¿Dónde habré oído eso antes?», murmuró para sí mismo.
—De seguro fue de alguien que ya esta muerto.—dijo con desden.
—Los acabaremos... —sentencie finalmente.
—Eso esta por verse.
Le dedicó una última mirada a Ray y se retiró, desapareciendo en la oscuridad.
Golpeé los barrotes con rabia y me di la vuelta, caminando a pasos rápidos en el reducido espacio de mi celda. La furia me transformaba el alma. Pensé en los muchachos y alcé la vista hacia la tenue luz del sol, implorando en silencio por su bienestar.
De pronto, una voz resonó en el lugar.
—Ray...
—¿Ahora qué quieres, maldit...? —espeté, dándome la vuelta lleno de rabia.
Pero ante mí no estaba el comandante, sino Lucy y su doncella, Amelia. Ambas vestían túnicas que cubrían sus cabellos y que podían usar para ocultar sus rostros; Amelia se echó la capucha hacia atrás solo para vigilar la entrada de la mazmorra.