La guerra dentro del cuartel se tensaba hasta rozar el límite de lo insostenible. Con el troll de tamaño colozal finalmente liberado de sus grilletes, la refriega había mutado en una alianza precaria pero letal de tres combatientes. Sin embargo, los números hablaban por sí solos: rodeados por una marea de acero y casacas enemigas, Daniels, Claus y el troll formaban una pequeña isla a punto de ser tragada por el mar.
Fue en ese instante de máxima tensión cuando las filas contrarias se abrieron con disciplina marcial para dar paso a la autoridad. Un capitán robusto emergió al frente de su unidad de élite.
Su mirada recorrió el escenario dantesco: una estela de soldados propios gimiendo y retorciéndose de dolor sobre el suelo ensangrentado. Él y sus hombres frescos contra apenas tres almas exhaustas. Pero lo que congeló la expresión del oficial no fue el recuento de los caídos, sino el rostro del espadachín. Sus ojos se clavaron en Daniels. De inmediato, los recuerdos acudieron a su mente como un relámpago: reconoció en él al escurridizo soldado al que había perseguido con saña por los tejados junto a aquel maldito bandido llamado Ray.
El capitán se quedó literalmente boca abierto, incrédulo ante la humillación. ¿Cómo era posible que una escoria solitaria hubiera puesto en jaque a la guarnición? La furia comenzó a burbujear en su pecho al percatarse de la incompetencia de sus subalternos para contener la situación. Su vista derivó entonces hacia el troll, ahora libre de cadenas, y las piezas encajaron con brutal claridad en su mente.
—Creo que ya te divertiste lo suficiente, ¿o no es así, Daniels? —escupió el oficial, con una sonrisa helada en los labios.
Daniels se inmovilizó y giró el rostro de golpe.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, con el ceño fruncido y el pulso acelerado.
—No estaba seguro de que lo fuera, pero una dulce señorita me lo dijo y para ser honestos, se veia bastante enojada contigo, me pregunto que le habras hecho. —respondió el capitán con sorna, ladeando la cabeza—. Por cierto, no está contigo. ¿Lo traicionaste y decidiste regresar al bando de los ganadores? Muy sensato de tu parte, déjame decirte.
—Te equivocas —replicó Daniels con firmeza, apretando la empuñadura de su espada.
—Qué te parece si hacemos un trato —propuso el capitán, alzando una mano en señal de falsa tregua—. Me entregas al elfo, pones bajo custodia a ese troll, y yo consideraré perdonarte la vida.
Daniels desvió la mirada por un segundo hacia Claus. El elfo, con el rostro aún manchado de sangre y el orgullo intacto, lo observó de reojo; por una fracción de segundo, la sombra de la duda cruzó su mente. ¿Vendería su pellejo para salvar el suyo?
—Tal vez en otra situación, sí lo habría hecho —respondió Daniels, devolviéndole la mirada a su antiguo perseguidor con una fría determinación—. Pero a estas alturas, ya puedo ver con claridad quiénes son los verdaderos equivocados.
El rostro del capitán se ensombreció, transformando la fingida amabilidad en una máscara de desprecio.
—Es una pena.
En el parpadeo de una sola estrella, el capitán se esfumó.
La desaparición fue tan absoluta que los ojos de Daniels no alcanzaron a registrar su trayectoria. Cuando los instintos del espadachín por fin reaccionaron ante la presión asesina en el aire, ya era tarde para buscarlo: el oficial apareció de la nada a su flanco derecho, con la espada completamente desembainada y dispuesta a rebanarle el cuello.
Solo los reflejos innatos salvaron a Daniels de una muerte instantánea. Con un movimiento desesperado, logró interponer su hoja, contrarrestando el ataque en el último milisegundo. El impacto resonó como un trueno metálico, enviando a Daniels varios centímetros hacia atrás y haciéndole cavar los talones en el suelo, mientras un sudor frío le recorría la columna vertebral.
No cabía duda: estaba frente a un adversario de una categoría superior, un poder verdaderamente letal. Las habilidades de Daniels eran escasas y precarias; incluso su postura de esgrima distaba mucho de ser la correcta. Su experiencia más cercana en combate real había sido al defender a su amiga de la infancia, un enfrentamiento que terminó dejándolo gravemente herido. Fue entonces cuando el mago Adele, uno de sus maestros —quien, por raro que pareciera, era mucho mejor con la espada que con la magia—, decidió enseñarle.
Sin embargo, esta vez la situación no era tan distinta a aquella ocasión: al fin y al cabo, lo hacía de nuevo para proteger a alguien. En ese instante, Daniels se detuvo un segundo para reflexionar:
«¿Por qué estoy llegando tan lejos por personas que literalmente acabo de conocer?»
La batalla generalizada comenzó. Los guardias se abalanzaron y se desató una auténtica trifulca. El troll, resguardándose cuidadosamente de los rayos del sol, atacaba desde las sombras del cuartel: atrapaba a los soldados uno a uno y les arrancaba las armaduras a la fuerza, llevándose pedazos de carne y piel pegados al metal. Así, pieza tras pieza, logró blindarse gran parte del lomo y la cabeza antes de avanzar hacia el centro del caos.
Al ver semejante monstruosidad, los guardias desistieron de atacarlo y comenzaron a huir en desbandada. Sin embargo, uno de ellos, impulsado por la desesperación, se lanzó contra la bestia con un grito de furia y logró cercenarle el dedo gordo del pie. El troll se detuvo y lo miró fijamente. El soldado supo de inmediato que había cometido una estupidez, en especial cuando, segundos después, vio cómo la carne del pie comenzaba a regenerarse. Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.