APRENDER A VIVIR SIN ÉL
Elena
Hace 12 años
Verano de 2014.
Murgia, Álava (País Vasco)
Las dudas en su mirada me matan por dentro. Niego la cabeza sin poder creérmelo. ¿Va a elegirla a ella? ¿Después de todo lo que hemos pasado, de todos los años que llevamos de amistad? ¡Joder, qué hemos crecido juntos!
No puede ser, no puedo creerlo. De verdad que no puedo. Siento como si mis piernas se volvieran de gelatina y cómo comienza a dolerme el pecho, sintiendo que me falta el aire, que no puedo respirar, cuando empiezo a entender cuál va a ser su decisión.
—Elena… yo… —comienza a decir Unai dando unos pasos en mi dirección—, la quiero…
Sigo negando con la cabeza y él se sigue acercando hasta que está junto a mí. Levanta sus brazos, dispuesto a tocarme, pero no pienso permitirle que me toque o me hundiré más.
—¡Vete a la puta mierda, Unai! —le grito mientras lo empujo para que se separe de mí, me giro dispuesta a marcharme, pero una mano me agarra del brazo para pararme.
—Elena, escúchame, por favor —me suplica.
—¡Eres un puto egoísta de mierda! —lo encaro mirándolo a los ojos mientras una lágrima traviesa surca mi cara. Me la limpio con rapidez, no quiero que me vea llorar. Así que la furia me invade por la impotencia y lo estúpida que me estoy sintiendo—. Pero no te preocupes, no tienes que elegir absolutamente nada, ya elijo yo por ti —escupo las palabras—. Quédate con tu patética novia de mierda. A mí no me vas a volver a ver en tu vida —me acerco unos pasos hacia él y lo miro a los ojos—. Que te quede muy claro, esto que tenemos —nos señalo a ambos—, se acabó.
Me vuelvo a girar y camino con paso firme hasta la verja del jardín. Al salir giro hasta la casa de mis abuelos y abro la puerta con sigilo. Me quito el calzado para no hacer ruido y subo las escaleras hasta que llego a mi cuarto. Al cerrar la puerta tras de mí las lágrimas salen descontroladas.
Me quito la ropa como puedo y me meto en la cama. No puedo parar de llorar. Sus palabras se siguen repitiendo una y otra vez en mi cabeza, clavándose como llagas en mi corazón.
Aún sigo en shock, sin poder creer que fuese a elegirla a ella. ¿Qué soy yo entonces para su vida? ¿Una niñata, una carga para él, la que ha tenido que aguantar todos estos años por su familia? ¿Qué coño soy para él?
Mi cuerpo tiembla por completo y me abrazo a la almohada. Intento acallar mi llanto para no despertar a nadie y que me escuchen así, pero no puedo.
Y ahora… Ahora una de mis peores pesadillas se acaba de cumplir. Lo quiero, con locura, llevo años enamorada de él, pero perderlo como amigo… Eso no pensé que fuese a pasar jamás, siempre pensé que lo tendría en mi vida para siempre.
El llanto sigue descontrolado, el dolor en el pecho sigue creciendo cada vez más y siento como si me hundiera en un pozo oscuro sin fondo. Los minutos pasan, las horas… Yo sigo dándole vueltas a las cosas, a sus palabras, a su mirada… Y con esa mirada llena de dudas en mi mente, me quedo dormida.
***
El sol entra por las rendijas de las persianas de la habitación haciendo que despierte. Miro al techo y me hecho las manos a los ojos, notándolos resecos, con legañas por haberme pasado toda la noche llorando. Seguramente tenga los ojos hinchados y rojos.
Entonces las imágenes de lo que pasó anoche comienzan a reproducirse en mi cabeza y el dolor vuelve a mí. Me levanto como puedo, entro al baño para asearme un poco y al volver me cambio de ropa y comienzo a hacer mi maleta. No quiero estar más tiempo aquí, no puedo, necesito poner distancia entre los dos.
Cojo el teléfono y llamo a un taxi para que pase a recogerme en media hora. Después cojo las maletas y salgo de mi habitación para bajar por las escaleras. Las dejo en la entrada y voy hasta la cocina, donde se encuentran mis abuelos.
—Buenos días, cariño —me saluda la abuela colocando un plato de tortitas encima de la mesa para mí—. ¿Estás bien, cariño? —me pregunta cuando ve mi cara, mis ojos rojos e hinchados y la mirada perdida.
—Estoy bien, abuela —contesto y ella alza las cejas sin creerse lo que le acabo de decir—. Bueno, no, pero lo estaré, no te preocupes —le digo.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta mi abuelo.
—Nada —doy un sorbo a mi taza de leche y doy vueltas a las tortitas que mi abuela me ha preparado.
—Entonces, ¿esas maletas no son nada? —vuelve a insistir mi abuelo.
—Me vuelvo a casa, a Santander, necesito…
El ruido de la puerta de la cocina abriéndose corta la conversación. Ante mí aparece el chico que me ha hecho pasar la peor noche de mi vida.
—Oh, Unai, hijo, buenos días. ¿Vienes a desayunar? —le pregunta mi abuela con cariño cuando lo ve.
—Buenos días, yo… —intenta decir algo coherente mientras busca con la mirada algo, hasta que sus ojos se posan en mí.
Me mira con ojos arrepentidos que, al ver mi cara, su semblante cambia a preocupado y culpable a partes iguales, pero yo aparto la mirada de él. Me levanto de la mesa y recojo el desayuno.
—Elena… —me llama, pero lo ignoro.
—Hijo, a ver si consigues hablar con ella y que te cuente lo que le pasa —escucho a mi abuelo hablar con Unai—. Nos acaba de decir que se vuelve a Santander y no sabemos qué ha pasado.
Oigo los pasos de Unai acercarse hasta la cocina donde estoy terminando de limpiar los cubiertos.
—Elena, por favor, hablemos —me pide al entrar en la cocina.
Lo miro lanzándole una mirada asesina y lo ignoro mientras termino de recoger.
—¿Qué es eso de que quieres volverte a Santander? —me pregunta mientras me coge del brazo para que me gire y lo mire.
—Ni se te ocurra tocarme —le contesto borde mientras suelto mi abrazo de su agarre.