Super Perico y Un amo digno de su sirviente

Noveno movimiento: Filosofía (9/32)

A la semana siguiente, nuestro héroe y dos oficiales de la comisaría fueron a arrestar al delincuente apodado el Amigo, a su morada en las cercanías de Egeria. La residencia era claramente visible desde el centro de la ciudad. Estaba ubicada en una ladera, paradero inconfundible como el más grande a la vista. Super Perico hubiera preferido llegar por su propia cuenta, pero el sargento Joel insistió en llevarlo a bordo de un carro oficial de la policía. Así lo había solicitado el mismo delincuente. Según lo acordado, se les esperaría para un delicioso almuerzo.

Al ingresar en la propiedad, a un cuarto de legua de cualquier casa de habitación, tuvieron que aceptar una escolta adicional de cuatro vehículos. Sus nuevos acompañantes estaban al servicio de la Hacienda Amadi, nombre con que el propietario había bautizado su lujosa y amplia construcción.

En el interior del transporte oficial, Joel y Super Perico repasaban su acuerdo una vez más.

—Nosotros no vamos a ayudarte en nada. El arresto es cuenta tuya. Se lo prometimos al Amigo como condición para que aceptara recibirnos con su amabilidad habitual. —Luego de un respiro, preguntó fuerte y claro: —¿Entiendes claramente que ni mi compañero Simón ni yo te vamos a ayudar?

—Lo entiendo, pero necesito que alguien me explique como realizar un arresto. Todavía no me siento seguro sobre lo que hay que hacer.

—No te vamos a explicar nada. Debiste averiguarlo antes de venir aquí.

—¿Por qué no me ayudan? —No entendía el ave, como un policía podía razonar de tal manera.

—Un arresto es asunto muy peligroso, pero tu insistes en que sí puedes. Para hacerlo imposible, ni más ni menos decides arrestar al Amigo como tu primer caso. Pues te traemos aquí para ver la función.

—¡Yo sí puedo! tengo superpoderes. Solo necesito que alguien me explique.

—Pues no seré yo.

—Ni yo tampoco —advirtió Simón, que estaba en concierto con el sargento para no intervenir en ayuda del perico.

El hogar del delincuente era todo un residencial. Las casas parecían pequeños edificios, pero bien elegantes. La construcción más fea y de peor apariencia resultó ser una pequeña refinería ilegal de combustible y asfalto. La edificación arruinaba el hermoso espectáculo que impresionaba a todos los visitantes sin importar su moral ni bando.

¿Un estadio personal de futbol? No era una simple cancha, sino un estadio pequeño como para un colegio completo. Sus señas indicaban que era utilizado rutinariamente.

Surgió un problema con los guardias de seguridad porque los oficiales venían armados y esto contradecía los reglamentos internos para las visitas. Con una llamada a los superiores se aclaró que el Amigo había autorizado el uso de armas durante el almuerzo.

Los hicieron pasar a una extraña sala. Parecía una especie de congreso político como para unas veinte personas. La decoración indicaba que los usuarios del salón en vez de tomar decisiones se dedicaban al placer de comer. Acaso cambiarían el amueblado acorde con el uso.

Encontraron a unas cinco personas sentadas y otras tantas de pie. Los hombres de pie probablemente actuarían como guardias de seguridad para el encuentro. Por los platos servidos faltarían unos tres comensales, además, quizá algún guardián y alguno que otro mesero.

El Amigo no se hizo esperar demasiado, y pasó a saludar a todos los invitados efusivamente. Era claro que trataba de romper el hielo, lo que para sorpresa de Super Perico lo consiguió en cuestión de segundos.

—¡Mi querido Super Perico!, que placer verte. ¿Quieres ser mi amigo, verdad?

Casi instantáneamente y contra su voluntad el ave no pudo evitar sonreír a tan amable delincuente. Pese a sus intenciones de mantener una actitud completamente seria y formal.

—Encantado de conocerlo. —¿Estaría mal estar encantado de conocer a un delincuente? Sospechaba que había cometido un error, así que espetó está pregunta: —¿Se puede ser amigo de la persona a la que vas a arrestar?

—Sí, pero con la condición que esa persona te demuestre su inocencia. —Todos en el salón observaron intranquilos al Amigo y esperaban su reacción. La mayoría estaba dispuesta a obedecer casi cualquier orden.

Mas el bandido actuó como si hubiera escuchado una simple broma entre compañeros, luego continuó:

—He organizado este banquete en tu honor. Además, de muchas sorpresas que ya verás por ti mismo. Contraté a un grupo de expertos biólogos y chefs, para que crearan un plato sumamente especial para nuestro querido Super Perico. Les pedí un platillo que halague completamente tus sentidos. Insistí que no me interesa lo que llaman comida saludable. Mi deseo es dejarte encantado por su sabor exquisito. ¿Supongo que no te molestará que haya dado mayor importancia a lo exquisito que a la salud?

—No me molesta probar algo delicioso.

—Pues hubiera quedado más delicioso si permitieras el uso de bebidas alcohólicas y otros placeres. Pero el sargento Joel me advirtió que estás en servicio y no me lo vas a permitir. ¡Una verdadera lástima!, así sería más fácil convencerte de mi inocencia.

—La cerveza es muy convincente —asintieron tanto Joel como Simón con una sonrisa siniestra.

—No entiendo como una persona tan flaca como usted, puede comer un banquete tan abundante —consultó Super Perico.

El Amigo era un hombre de unos cuarenta años excesivamente flaco. Un deportista ectomorfo especializado en el futbol; aunque por su altura se decía que le hubiera ido mejor en el baloncesto. Piel pálida y escasa cabellera con señales de calvicie. Una persona amistosa indiscutiblemente, pese a una inmoralidad harto conocida que sabía esconder cuando quería con habilidad de actor profesional.

—No creas que como banquetes todos los días. —Sonrió para sí mismo con amabilidad.— Estas delicias las he preparado especialmente para mi amigo Super Perico. Además, no es mentira que hago mucho ejercicio que complemento con tres partidos de futbol semanales. ¿Cierto o no mis leales camaradas?



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En el texto hay: superpoderes, catolico, humor comedia

Editado: 02.10.2026

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