No fue difícil para nuestro héroe averiguar el nombre de la presidenta del CPAN o Club de policías aficionadas para niñas. Los rumores hablaban de un grupo muy peculiar de cuatro miembros infantiles. Sus identidades eran completamente desconocidas para la mayoría, con excepción de la presidenta Astrid; de la que se decía buscaba arruinar su propia vida. Había que ignorarla según decían, era la mejor ayuda que se le podía hacer.
Astrid, había aparecido en las noticias luego que fuera empujada desde un carro en movimiento. Según los reporteros la trasladaron inconsciente pocos minutos después. Tenía algunas fracturas leves y tuvo que ser internada.
La niña jamás hubiera puesto un pie en el hospital por su propio gusto; al menos es lo que decían los rumores. Desconfiaba de los hospitales y de los médicos en general. Pero había sido trasladada inconsciente en una ambulancia luego del lamentable suceso.
La madre de Astrid fue secuestrada hacía apenas unas semanas antes del incidente, pero oficialmente no se había confirmado como secuestro debido al silencio absoluto de los raptores. Sin embargo, el patrón de comportamiento era muy similar a otros delitos en el país; aunque según la policía no era posible descartar homicidio, asalto u otras explicaciones. El cadáver por supuesto, no había aparecido en ningún momento.
Según la versión que diera Astrid a la policía al día siguiente de su ingreso al hospital; ella logró reconocer en el interior de un auto estacionado a uno que supuso en su imaginación podría ser uno de los presuntos secuestradores. Aunque no estaba muy segura de su identidad, se arrojó como pudo al interior del vehículo que entonces estaba detenido y entró por la fuerza. Los hombres al verse confrontados por la niña y sus gritos arrancaron en el automóvil inmediatamente. Quizá planearon secuestrarla también, o quizá la pensaban abandonar en cualquier parte. Se produjo un forcejeo dentro del vehículo que terminó con la menor rodando en plena vía pública arrojada violentamente desde el auto de los delincuentes.
Afortunadamente, los médicos dictaminaron que solo se había fracturado con grandes posibilidades de recuperación mediante inmovilidad con férula.
En el momento de iniciar Super Perico la búsqueda de Astrid, la niña ya se encontraba completamente restablecida. Sin embargo, era común en Egeria el entonces llamado secuestro por internado hospitalario. Actividad por supuesto ilegal, pero que era tolerada con amplios abusos.
—Renuncia de una vez por todas, niña idiota… a la tonta idea de ser policía aficionada —la que hablaba era Jade, una enfermera del hospital más importante de Egeria.
—Ya sané de mis fracturas. No pueden retenerme, denunciaré el hospital a la policía.
—No lo harás, el que irá a la cárcel será tu padre por contagiarte de la enfermedad del bermellón óseo. El mismo se ofreció de voluntario como chivo expiatorio. Debes entender que todos queremos tu bien.
Jade repetía con algo de fastidio, una explicación que ya había dado muchas veces:
—No tienes idea de lo aburridos que estamos de escuchar a padres de familia suplicando por sus hijos.
«Nos piden todo el tiempo que los ayudemos a quitarles a sus bebés la estúpida idea de participar en las brutales costumbres de Haram. Tu padre nos suplicó por una terapia para quitarte la idea de ingresar a la Cooperativa de policías aficionados. ¡Te vas a matar mi niña!»
El plan de enfermarla no funcionó, quizá porque su amiga Chloe conocía del truco y se lo explicó algún tiempo antes de la fundación del CPAN. Pero igual sucedió lo mismo que su padre intentaba evitar: un accidente lamentable. Aunque por ahora sin consecuencias permanentes.
—El plan se arruinó —le encaró Astrid.
—El plan si funcionará porque no te vamos a dejar salir de aquí hasta que renuncies a ser policía aficionada. Así funciona la terapia. Niña, no vas a ser tan tonta para arruinar tu vida por ingresar a tan estúpido grupo de orangutanes. ¡Ríndete, es por tu propio bien! —Jade hablaba temerariamente como enfermera muy segura de su absoluta impunidad.
—Les juro que voy a enviar a la cárcel al doctor Sancho.
—¡Lo tomarán a chiste! El doctor es el hombre que más admiro en este país —decía verdad. Al hablar del famoso profesional le brillaban los ojos con ese entusiasmo propio de los admiradores sinceros.
La niña intentó recordar una respuesta que escuchó de Chloe, pero permaneció en silencio porque la había olvidado. Hubiera rebatido muchas cosas: como que Haram tenía uno de los índices más bajos de confianza hospitalaria. Además, la gente se negaba a ir al hospital pese a que existían recursos suficientes. Pero fue incapaz de argumentar, estaba tan alterada que la memoria le falló completamente.
¿Quién es ese doctor Sancho? El ministro de salud de Haram; quien había sido recompensado con un ministerio vitalicio por inventar la terapia del bermellón óseo para contrarrestar a los policías aficionados.
—La constitución prohíbe los ministerios vitalicios —se quejó Astrid con la enfermera.
—¡Y también prohíbe que te impidamos la salida! ¡Y también prohíbe que te arrojen de un carro en movimiento! Pero la próxima vez te matarán, y a nadie le va a importar.
En cuanto a la terapia, su funcionamiento era bastante simple de entender. Te enfermabas de los huesos por una enfermedad inducida artificialmente, luego ibas al hospital. Allí te impedían la salida hasta que de alguna forma renunciaras a los policías aficionados. Tan simple como eso…
El doctor Sancho desarrolló una enfermedad que podía inducirse fácilmente con pequeñas descargas eléctricas generadas por celular. Los teléfonos móviles en Haram se vendían con programas capaces de calcular con señales eléctricas signos vitales, pero eran criptográficamente vulnerables y se saboteaban fácilmente. De forma que provocar enfermedades como la del bermellón óseo, estaría al alcance de cualquiera con un mínimo de entrenamiento y recursos.