La oscuridad respiraba.
Senna lo comprendió cuando el aire frío que salía de la abertura se detuvo un instante, como un animal que contiene el aliento, y luego volvió hacia dentro. Las lámparas de aceite de la plaza se inclinaron todas a la vez, sus llamas estiradas hacia la puerta. Las capas de la multitud se tensaron contra los cuerpos. Un niño tropezó y fue sostenido por manos que no conocía. Aquel aire no huía de la ciudad ni la invadía. La estaba midiendo. Era una sensación imposible de describir con precisión, y sin embargo Senna la reconoció de inmediato, porque la había experimentado una vez antes, hacía semanas, cuando el primer grupo de extranjeros había cruzado el umbral desde Draxcan y la ciudad entera había contenido la respiración colectiva, esperando a ver qué intenciones traían. Aquella vez, la ciudad había sido la que medía. Ahora, era la ciudad la que estaba siendo medida.
Daven se había agarrado al borde de su capa con los dos puños. Ya no tenía el pan. Lo había dejado caer y nadie lo había recogido.
—No mires dentro —le dijo Senna, sin apartar los ojos de la rendija.
—Ya lo he mirado.
—Pues no sigas.
—No se ve nada —dijo el niño, con una lógica serena que le heló la sangre—. Por eso no se puede dejar de mirar.
Tenía razón, y eso era lo peor. En las calles del Reino Interior, durante siglos, había habido sombras de todas las clases: la del callejón sin lámpara, la del templo en día de duelo, la de la noche sin luna en el barrio de los tintoreros. Sombras con borde, con espesor, con un fondo que el ojo acababa por adivinar. Esta no tenía nada de eso. Era un hueco sin interior. Las lámparas la iluminaban hasta el umbral y allí la luz moría, no como se apaga una llama, sino como se pierde una moneda en un pozo: sin ruido, sin eco, sin que nadie vea dónde cae. Senna había crecido en aquella ciudad, conocía cada rincón de sus calles, cada curva de sus escalinatas, cada sombra de sus mercados, y jamás había visto algo que se pareciera a aquello: una oscuridad que no era la ausencia de luz, sino una presencia con peso propio, con textura, con una especie de paciencia mineral que parecía llevar siglos esperando el momento de manifestarse.
Hubo un ruido de botas por las escalinatas del sur. Una columna de soldados desembocó en la plaza a paso de carrera, con las lanzas en vertical y las capas grises agitadas por el viento. Al frente de ellos, con la coraza mal abrochada y el pelo cano pegado a las sienes por el sudor, venía Kestoran.
Era el hombre que había negociado con los eruditos de Draxcan los protocolos de seguridad de la grieta, un militar de cincuenta años, enjuto y de pocas palabras, que llevaba dos semanas sin dormir más de tres horas. Se detuvo a veinte pasos de la puerta. Su mirada recorrió la muralla de piedra negra, las hojas entreabiertas, la multitud inmóvil. Después la bajó hacia Senna. En su rostro, la disciplina militar libraba una batalla visible contra algo que se parecía al asombro, y en sus ojos, acostumbrados a evaluar amenazas convencionales, se leía la misma perplejidad que Senna había sentido al comprender que lo que tenía delante no correspondía a ninguna categoría conocida.
—¿Cuánto lleva así?
—Desde hace un cuarto de hora. —La voz le salió más firme de lo que esperaba—. Empezó con una grieta de luz. Las hojas se separaron solas. Nadie la ha tocado.
—Nadie la ha podido tocar. Es cinco veces mi altura. —Se volvió hacia sus hombres—. Que despejen la plaza. Sin empujones. Por barrios, empezando por los más cercanos. Los ancianos y los niños primero. Si alguien se niega, que lo saquen en brazos.
—Capitán —dijo un soldado joven, con la voz quebrada—. No quieren irse.
Kestoran miró a la multitud. Era verdad. Más de mil personas permanecían quietas ante la muralla, con los rostros alzados hacia la abertura y los labios apretados. No había pánico. Había algo peor: una especie de obediencia sin dueño. Una anciana se había arrodillado sobre los adoquines y movía los labios sin sonido. Un tintorero de manos azules sostenía a su hija por los hombros y miraba la oscuridad con una expresión de reconocimiento doloroso, como quien ve llegar un carro que lleva años esperando.
—Entonces los cercaremos —dijo, resignado—. Dos filas de lanceros. Un paso por delante de ellos. Si no pueden retroceder, que al menos no avancen.
Mientras los soldados se desplegaban, una mujer menuda abrió paso entre la gente con los codos. Tenía el cabello gris recogido en un moño torcido y las manos manchadas de tinta hasta las muñecas. Vessa, la Guardiana de la Memoria más vieja de la ciudad, llevaba meses colaborando con los eruditos de Draxcan y se había acostumbrado a ser la única persona que, en las reuniones, hablaba para corregir los hechos. Llegó junto a Kestoran con la respiración entrecortada y una tablilla de cera bajo el brazo.
—Esta puerta no figura en ningún mapa —dijo sin saludar—. Ni en los anales ni en los registros de obras. La he buscado esta noche en tres archivos y solo he encontrado una línea. Una sola.
—¿Qué dice?
—«No se mira.» —Vessa tragó saliva—. Nada más. Sin fecha, sin autor. Está escrita al margen de un plano de la muralla norte, en tinta tan vieja que casi no se distingue. Mi abuela me lo decía de niña, cuando me acercaba al barrio de las tenerías. «No mires la muralla negra, Vessa.» Yo creía que era por los olores.
—Y esto —murmuró Kestoran, señalando la rendija— ¿es lo que no había que mirar?
—No lo sé. Pero nuestros antepasados lo sabían. Y se lo callaron durante siglos. —Vessa bajó la tablilla y la sostuvo contra el pecho, con un gesto que Senna reconoció de sus propias manos: era el gesto de quien se aferra a un objeto conocido para no perder el equilibrio ante algo que excede toda comprensión.
Un temblor recorrió la piedra del suelo. La puerta emitió un gemido grave, un lamento de metal contra roca, y las dos hojas se estremecieron una última vez antes de quedar inmóviles. Se habían abierto cuatro palmos más. Ahora, entre ellas, cabía un hombre de pie. En el interior, el vacío parecía más ancho, más hondo, como si lo que había dentro hubiera tomado aire.