The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo II: El Símbolo Imposible

El cristal negro se abrió como un ojo.

Ocurrió en el instante exacto en que, a trescientas leguas de allí, la figura de luz fría terminaba de dibujarse sobre una puerta de piedra negra. En la sala del consejo de Eltrix nadie lo sabía todavía. Solo vieron cómo el guijarro oscuro del centro de la mesa, que llevaba un cuarto de hora inerte, desprendía un hilo de claridad blanca, tan fino como un cabello, y cómo ese hilo subía hasta el techo y se ensanchaba sobre la bóveda en un círculo de luz. El fenómeno no fue gradual, como las otras manifestaciones que la sala había presenciado en las últimas semanas. Fue súbito, como si el cristal hubiera estado conteniendo el aliento durante todo aquel tiempo y, en el momento exacto en que la puerta del Reino Interior terminaba de abrirse, hubiera decidido, por fin, exhalarlo.

Dentro del círculo se trazó una figura.

Primero apareció una espiral que se abría hacia fuera como el caracol de una concha. Después, un astil delgado atravesado por muescas desiguales. Por último, un arco cerrado, curvo, semejante a un párpado a medio abrir. Las tres líneas se encendieron una tras otra y quedaron suspendidas sobre las cabezas de los presentes, quietas, sin sombra, con la nitidez de algo que no necesita la luz de nadie para ser visto. La espiral era la más amplia, y ocupaba el centro de la composición con una espacialidad que sugería profundidad, como si la luz no estuviera dibujada sobre una superficie plana sino esculpida en tres dimensiones. El astil la atravesaba de abajo arriba, con sus muescas dispuestas en un orden que Talaida, al verlo, reconoció de inmediato como idéntico al de los fragmentos de la llave que habían reunido en Draxcan semanas atrás. Y el arco, curvo y sereno, cerraba la figura por la parte superior, con una suavidad que contrastaba con la tensión de los otros dos elementos.

—Santos dioses —murmuró Pyrene, y se llevó la mano al pecho, a una gema que seguía apagada.

Nadie más habló. Caleus se había puesto de pie sin darse cuenta. Tolven Calyth, a su espalda, sostenía todavía los zapatos con los que había bajado la escalera. Orvain apretaba el cilindro de cobre contra el vientre y miraba el techo con la boca entreabierta. Serelith dio dos pasos hacia atrás, tropezó con una silla y no pareció notarlo. Haldrec, que dormía en su banco, abrió los ojos sin que nadie lo llamara y contempló la figura con una expresión que no era de sorpresa ni de temor, sino de reconocimiento, como quien ve por fin algo que lleva toda una vida esperando sin saber exactamente qué era.

Kael, tendido en el banco de piedra con la cabeza en el regazo de Lyssara, abrió los ojos.

—Lo veo —susurró—. Ya lo veía.

—¿Qué? —Lyssara se inclinó sobre él—. ¿Cuándo?

—Detrás de los párpados. Desde que empezó. Es lo que... lo que se estaba escribiendo. —Se pasó la lengua por los labios secos—. Está escrito para alguien. No es para mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo solo lo atravieso.

Era la misma frase que había dicho en la noche del Corazón, y Lyssara sintió que la sangre se le enfriaba. Le apartó el pelo de la frente con la mano libre. Estaba húmeda y caliente. Pero algo había cambiado en el pecho de él: bajo la palma de ella, los tres latidos recuperaban poco a poco un compás tolerable, y en el fondo, tímido, casi inaudible, como un pájaro que prueba el aire tras la tormenta, el cuarto volvía a golpear.

—Ha vuelto —dijo.

—Más flojo.

—Pero ha vuelto.

Kael cerró los ojos un instante, y cuando los abrió de nuevo, la lucidez había regresado a ellos, aunque mezclada con una fatiga que Lyssara reconocía de los peores días de la saga anterior: la fatiga de quien ha estado sosteniendo un peso invisible durante demasiado tiempo y ya no recuerda cómo era la vida sin él. Se incorporó lentamente, con la ayuda de Lyssara, y se quedó sentado en el banco con las manos apoyadas en las rodillas, contemplando el símbolo del techo con una atención que no era la del estudioso ni la del temeroso, sino la del testigo que sabe, con una certeza que no necesita explicación, que lo que está viendo guarda una relación directa con su propia existencia.

Talaida ya estaba junto a la mesa, con el cuaderno abierto sobre el borde y el lápiz moviéndose a toda velocidad. Dibujaba sin mirar el papel, con los ojos fijos en el techo, y a cada trazo murmuraba una cifra. Cuando terminó la espiral se detuvo, contó, rehízo una curva, volvió a contar. Serelith se colocó a su lado y sostuvo en alto un diapasón de cristal. No sonó. Lo acercó a un palmo de la mesa, luego a medio palmo, y la horquilla permaneció muda como si estuviera hecha de madera.

—No resuena —dijo con la voz hecha un hilo—. Ni a siete, ni a once. Ni a ningún tono.

—¿Qué significa?

—Que no tiene sonido. —Se pasó la lengua por los labios—. O que lo absorbe. Es como la sala de plomo de los Oryndel. Lo que entra, no sale. He probado con el diapasón mayor, con el menor, con la horquilla de siete notas que usé en Hondaluz. Nada. Es como si el símbolo estuviera fuera del alcance de mis instrumentos. Como si perteneciera a un sistema de medida que no es el nuestro.

—Eso es imposible —dijo Pyrene.

—Es lo que mide el instrumento.

—Los instrumentos pueden equivocarse.

—Los míos, nunca. —Serelith cerró la caja de cristales con un golpe seco—. No sé qué es este símbolo, pero no pertenece a ninguna de las tradiciones mágicas que conozco. Ni a las siete afinidades de Eltrix, ni a las once frecuencias del Reino Interior que hemos estado midiendo. Es algo distinto. Algo para lo que no tenemos nombre.

Caleus no se había movido. Tenía la cabeza alzada, los ojos entrecerrados y una expresión que ninguno le había visto nunca: no era sorpresa ni temor. Era algo más incómodo, el gesto de quien cree reconocer una cara entre una multitud y no logra decir de dónde.

—Esa espiral —dijo despacio.

—¿La conocéis? —preguntó Talaida sin levantar la vista.




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