The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo III: Las Voces de Eltrix

El mensajero de Caleus llegó a la casa Oryndel antes de que el sol terminara de ocupar la ventana alta.

No fue un guardián ni un criado. Fue Tolven Calyth, que había cruzado media colina con los zapatos en la mano y el pelo revuelto, y que se detuvo en el umbral jadeando, con el rostro de un joven al que le han dado demasiada responsabilidad en una sola noche. Llevaba la camisa mal metida en el pantalón y una mancha de tinta en la manga, y sus ojos, habitualmente serenos, tenían esa fijeza particular de quien ha estado corriendo mientras su mente trabajaba a una velocidad que su cuerpo apenas lograba seguir.

—El Gran Sabio convoca al consejo ahora mismo —dijo—. No al mediodía. Ahora. Y pide que vayáis todos los que habéis visto el signo.

—Hemos encontrado algo —empezó Talaida.

—Lo sé. Me lo dirá cuando lleguéis. Pero no es solo eso. —Tolven tragó aire—. Hay un jinete en la puerta oriental. Es de los Muros, de los de Ilmarek. Dice que la mitad de las aldeas del paso han visto apagarse las estrellas. Y hay otro de Hondaluz que ha llegado casi sin caballo. Tavik Zerkan lo envía. Dice que en las minas, a la hora en que las gemas se apagaron, se oyó un ruido bajo tierra, como una puerta de piedra al cerrarse. O al abrirse.

Nadie respondió. Orvain se quedó mirando el cilindro de cobre sobre el paño de lana. Después lo cogió con las dos manos y lo apretó contra el pecho, como si temiera que alguien se lo quitase por el camino. Sus dedos, manchados de tinta de años de trabajo, se cerraron sobre el metal con una firmeza que contrastaba con la palidez de su rostro. En aquel gesto había algo más que protección: había una decisión tomada en silencio, la de quien comprende que el objeto que ha custodiado durante toda una vida ya no puede seguir perteneciéndole en secreto.

—Voy contigo —dijo Nyssa.

—No. Tú te quedas aquí con los cuadernos.

—Tío...

—Te los dejo a ti. —La miró de frente—. Quiero que copies cada página del cuadernillo pequeño, la que dice «ya estaba en la piedra». Tres copias. Una la guardas tú. Otra va a la casa de huéspedes con la señora Rosmar. La tercera la escondes donde ni yo sepa buscarla.

—¿Por qué?

—Porque esta mañana he dejado de creer que lo que guardamos esté a salvo en un solo sitio.

Nyssa asintió, con los labios apretados. En sus ojos, Kael reconoció la misma mezcla de orgullo y temor que había visto en Talaida tantas veces, a lo largo de los últimos meses: la expresión de quien ha recibido una responsabilidad que no buscó, y que acepta, sin embargo, porque comprende que rechazarla sería peor que asumirla. Kael se puso en pie con cuidado y notó que las piernas lo sostenían. El cuarto latido había recuperado casi todo su compás, aunque seguía teniendo algo de ajeno, de retardado, como un eco de una voz que habla desde otra habitación. Lyssara le ofreció el brazo. Él lo rechazó con una media sonrisa y salió caminando solo hasta la calle.

Le duró treinta pasos.

La sala del consejo estaba llena.

Nunca se había visto tanta gente en ella a aquella hora. Además de los consejeros habituales se habían sentado en las gradas laterales los jefes de las academias, los sacerdotes de los templos de fuego y de agua, dos ancianos de las ciudades altas con túnicas de ceremonia que olían a incienso viejo, y media docena de mercaderes de gemas que se habían presentado sin invitación. Los mercaderes, hombres de manos callosas y miradas calculadoras, habían llegado con la premura de quienes han olido una oportunidad de negocio en medio de una crisis, y su presencia, aunque tolerada por Caleus, añadía a la sala una tensión distinta a la de los días anteriores: no la tensión del miedo, sino la de la codicia contenida. Caleus no los había echado. Estaba de pie junto al cristal negro, con la túnica gris abrochada hasta el cuello y los ojos rojos de quien lleva dos noches sin dormir. Haldrec, en su banco, parecía una figura de cera.

Cuando entró la delegación se hizo un silencio incómodo. Orvain avanzó hasta la mesa y depositó el cilindro junto al cristal. Talaida desplegó sus dibujos. Kael se sentó en el extremo de una grada, con Lyssara a un lado y Paul Elmer al otro. Paul había llegado sin aliento unos minutos antes, tras ser sacado de la cama por un guardián que no sabía explicar por qué. Llevaba la casaca abotonada al revés.

—Gracias por venir —dijo Caleus—. Seré breve, porque lo que tengo que decir no admite adornos.

Alzó una mano y fue contando con los dedos. En la sala, el silencio era absoluto: ni un roce de tela, ni un carraspeo, ni el crujido de las sillas al acomodarse. Todos los presentes, desde los consejeros más veteranos hasta los mercaderes recién llegados, tenían los ojos fijos en el Gran Sabio, y en sus rostros se leía la misma pregunta que ninguno se atrevía a formular en voz alta.

—Hace dos horas, todas las gemas de Eltrix se apagaron durante un cuarto de hora. No se debilitaron. Se apagaron. Segundo: durante ese tiempo, el guijarro que hasta hace dos días era el cristal de los fundadores proyectó sobre este techo un signo que ninguno de nosotros había visto jamás. Tercero: el joven Kraxter, que estaba en su cama, sintió que una puerta se abría. Una puerta que él no vio, en un lugar que no conoce, y que Haldrec identificó, antes de que nadie le preguntara, como «la más antigua».

—¿Y cuál es el cuarto? —preguntó Ulvan, desde su silla junto a la ventana.

—Que no sé qué hacer.

Un murmullo recorrió la sala. Caleus lo dejó correr. Sabía, por experiencia de dos siglos y medio de gobierno, que las decisiones más difíciles no se toman cuando el silencio es total, sino cuando se ha permitido que las voces se expresen y el aire se vacíe de tensiones antes de abordar lo esencial.

—Sé que no es lo que se espera de un Gran Sabio. Sé también que cuando la señora Veltrax midió el signo, su diapasón no respondió. Que la señora Rosmar ha descubierto que ese mismo signo estaba oculto bajo los nombres raspados de los Originales. Y que Hael, en su cuaderno más pequeño, escribió: «No lo dibujo; lo copio. Estaba ya en la piedra cuando llegamos.» —Hizo una pausa—. Eso significa que lo que se está abriendo no lo construyeron los Once. Lo encontraron.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.