Acuerdo En El Margen

« Flashback »

Cuatro semanas antes.

Alejandro llegó a su oficina después de tomarse el café con Patricia.

La mañana ya había cogido su ritmo habitual: el ir y venir de los empleados por los pasillos, el sonido entrecortado de los teléfonos, y las puertas de los despachos que se abrían y se cerraban con la llegada de sus dueños.

Saludó a la recepcionista con un gesto rápido.

—Buenos días, señor Alejandro.

—Buenos días.

Siguió su camino hacia el ascensor, y subió hasta el piso donde estaba su despacho.

En cuanto entró, dejó las llaves sobre la mesa, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla.

El olor del café aún le quedaba un poco en el aliento.

Se sentó, encendió el ordenador, y empezó su día como siempre.

Un expediente esperando revisión.

Un documento por firmar.

Un correo que aún no había leído.

Nada que hiciera pensar en preocupación.

Hasta que apareció el nombre de su padre en la pantalla del teléfono.

Alejandro se detuvo un instante.

Luego contestó.

—Buenos días.

La voz de su padre llegó sin rodeos:

—¿Qué has hecho?

Alejandro frunció el ceño.

—Buenos días a ti también.

—No me vengas con bromas, Alejandro. Me han dicho que has demandado al periódico.

Se recostó en su silla.

—Sí.

—¿Y por qué no me consultaste primero?

—Porque no necesitaba permiso.

—No he dicho permiso. He dicho consultarme.

Alejandro pasó los dedos por el borde de la mesa.

—Papá, se pasaron de la raya.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—El problema es que tú no sabes cuándo parar.

Alejandro se quedó callado un momento.

—Fueron ellos quienes me provocaron.

—Y eso es exactamente lo que me preocupa.

Miró la pantalla frente a él, donde seguía abierto uno de los expedientes.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que los ignore?

—Quiero que pienses antes de hacer lo que te dicta la rabia.

—Yo no actúo por rabia.

—Has puesto una demanda.

—Porque se pasaron de la raya.

—Y con eso has hecho tu historia más grande.

Alejandro apretó la mandíbula.

—No tienen derecho a hablar de mi vida privada, y lo peor es que ya empiezan a insinuar que no soy apto para ejercer mi profesión. Sin una sola prueba.

—¿Y por eso pusiste la demanda?

—Sí.

—¿Y qué harás si los periódicos siguen?

No dudó.

—Si hace falta, demandaré a cada periódico que hable de mi capacidad.

Se hizo un breve silencio.

Luego llegó la voz de su padre:

—Alejandro...

Lo interrumpió:

—No voy a dejar que decidan si soy apto para ejercer la abogacía basándose en una visita al psiquiatra.

—No te lo discuto.

—¿Entonces?

—Quiero que seas más listo que ellos.

Alejandro bajó la mirada.

—Yo no busco una guerra.

—Pero has empezado una.

Levantó la cabeza.

—Yo solo estoy usando la vía legal.

—¿Y qué es lo que quieres al final?

Alejandro se detuvo antes de responder.

—Que me dejen en paz.

—¿Y crees que poniendo demandas conseguirás eso?

No respondió de inmediato.

Luego dijo:

—Si hace falta, sí.

Se quedó callado un momento.

—Lo importante es no perder mi trabajo.

Su padre no contestó enseguida.

Y cuando por fin habló, su voz sonó más calmada:

—Eso es lo único en lo que deberías pensar ahora.

La llamada terminó.

Alejandro se quedó unos instantes con el teléfono en la mano, y luego lo dejó despacio sobre la mesa.

Miró el expediente frente a él.

Intentó volver a su trabajo.

Leyó la primera línea.

Luego la segunda.

Sus ojos se detuvieron.

Volvió a leer.

Nada le entraba en la cabeza.

Cerró el expediente, respiró hondo, y volvió a abrirlo.

Tenía que trabajar.

Y tenía que, más que nunca, no dejar que le afectaran en su vida.

Pero la prensa no le dio ese margen.

---

En los días siguientes, ya no abría un periódico sin encontrar su nombre en él.

Al principio, las noticias seguían girando en torno a la primera demanda.

Luego los titulares empezaron a tomar otro rumbo.

«El famoso abogado demanda a un periódico por su vida privada.»

Después:

«¿Afecta su estado psicológico a su capacidad para ejercer la abogacía?»

Intentaba ignorarlos.

Pero ignorarlos no impedía que le llegaran.

Los encontraba en su teléfono, en la pantalla del ordenador, y a veces en las conversaciones de los empleados cuando creían que no los oía.

Entonces apareció el titular que superó a todos los anteriores:

«Famoso abogado demanda a un periódico tras ponerse en duda su aptitud para ejercer la profesión a raíz de sus visitas a un psiquiatra.»

Alejandro se detuvo frente a la pantalla.

Esta vez no leyó rápido.

Leyó el titular palabra por palabra.

Luego abrió el artículo.

No encontró nada nuevo en él.

Y eso fue lo que más lo enfureció.

El periódico no había descubierto nada.

No tenía ninguna prueba nueva.

Había cogido lo que ya había publicado el primer periódico, y lo había reformulado de otra manera.

Pero el daño ya estaba hecho.

Ya no se hablaba solo de su vida privada.

Ahora se hablaba de su aptitud profesional.

Cerró el artículo.

Cogió el teléfono.

Llamó a su abogado.

—Quiero que actuemos.

—¿Por el nuevo periódico?

—Sí.

—Alejandro, no ha dicho más de lo que ya se había dicho.

—Pero ha puesto en duda mi aptitud.

—Podemos responder por la vía legal.

—No quiero una respuesta.

Se quedó callado un momento.

—Quiero una demanda.

Del otro lado llegó el silencio.

Luego el abogado dijo:

—De acuerdo. Empezaré con los trámites.

Alejandro colgó el teléfono.

Se quedó un instante mirando fijamente la pantalla negra.




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