La mañana llegó despacio a la casa.
Una luz suave se filtró entre las cortinas de la habitación de Patricia y se extendió sobre las sábanas.
Patricia fue la primera en despertar.
Abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Después sintió el calor del cuerpo de Alejandro a su lado y recordó.
La noche.
Sus besos.
La forma en que él la había mirado.
La manera en que, por unas horas, habían dejado de pensar en el contrato, en las reglas y en todo aquello que se suponía que debían recordar.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Se volvió hacia él.
Alejandro estaba despierto.
Pero no sonreía.
Estaba mirando el techo, inmóvil, con una expresión que ella no había visto antes.
Patricia frunció ligeramente el ceño.
—Buenos días.
Él giró la cabeza hacia ella.
—Buenos días.
Su voz era baja.
Ella sonrió.
—¿Has dormido bien?
Alejandro tardó un momento en responder.
—Sí.
Patricia se acercó un poco más.
—No parece.
Él la miró.
Quiso sonreír.
De verdad quiso hacerlo.
Pero no pudo.
Patricia apoyó una mano sobre su pecho.
—¿Qué pasa?
Alejandro bajó la mirada hacia su mano.
Durante unos segundos no dijo nada.
Porque no sabía cómo explicarlo.
La noche anterior había sido hermosa.
Había sido feliz.
Y precisamente eso era lo que ahora le dolía.
Había despertado junto a Patricia con una sensación que no había sentido desde hacía demasiado tiempo: paz.
Y esa paz le había dado miedo.
Porque mientras la miraba dormir, había pensado en otra mujer.
En Alexandra.
En su esposa.
En la mujer a la que había prometido una vida que terminó demasiado pronto.
Había pensado en la primera vez que la había besado.
En el día de su boda.
En su voz.
En sus manos.
Y entonces había aparecido una pregunta que le había atravesado el pecho:
¿Cómo podía sentirse tan bien estando con otra mujer?
Patricia retiró lentamente la mano.
—Es por lo de anoche.
No era una pregunta.
Alejandro cerró los ojos un instante.
—No me arrepiento.
Ella lo observó.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Él se incorporó y se sentó en el borde de la cama.
Se pasó una mano por el rostro.
—No lo sé.
Patricia se sentó detrás de él.
—Sí lo sabes.
Él permaneció callado.
Ella esperó.
Finalmente, Alejandro dijo:
—Anoche fui feliz.
Patricia sonrió ligeramente.
—Yo también.
Él negó con la cabeza.
—Ese es el problema.
La sonrisa de Patricia desapareció poco a poco.
—¿Por qué?
Alejandro se volvió hacia ella.
Sus ojos estaban llenos de una tristeza que ella no esperaba encontrar aquella mañana.
—Porque no debería haberlo sido.
Patricia lo miró en silencio.
—¿Por Alexandra?
Él bajó la mirada.
No necesitaba responder.
Patricia comprendió.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego se acercó y se sentó a su lado.
—Alejandro...
—Siento que la estoy traicionando.
—No la estás traicionando.
—Eso es lo que me digo.
—Entonces créetelo.
Él soltó una pequeña risa sin humor.
—Ojalá fuera tan fácil.
Patricia lo miró.
Ella había despertado aquella mañana con el corazón ligero.
Había pensado que, por fin, podían permitirse ser felices.
Pero ahora comprendía que mientras ella había despertado con una sonrisa, él había despertado con una culpa que llevaba años esperando cualquier motivo para regresar.
Le tomó la mano.
—¿Quieres que te diga algo?
Él levantó los ojos.
—Sí.
—No tienes que elegir entre recordarla y quererme.
Alejandro permaneció inmóvil.
—Puedes hacer las dos cosas.
—No sé si puedo.
—Entonces aprende.
Él la miró durante unos segundos.
—Tú haces que todo parezca sencillo.
Ella sonrió débilmente.
—No. Solo intento que no lo hagas más difícil de lo que ya es.
Alejandro entrelazó sus dedos con los de ella.
—Tengo miedo de hacerte daño.
—Y yo tengo miedo de que te alejes de mí por algo que ocurrió antes de que yo entrara en tu vida.
Él bajó la cabeza.
—No quiero alejarme.
Patricia sintió que el pecho se le aflojaba.
—Entonces no lo hagas.
Él levantó la mirada.
Ella se inclinó y besó suavemente su mejilla.
—Buenos días, Alejandro.
Por primera vez aquella mañana, él sonrió un poco.
—Buenos días, Patricia.
Ella se levantó de la cama.
—Voy a preparar café.
Él la observó mientras caminaba hacia la puerta.
Antes de salir, Patricia se volvió.
—Y, por cierto...
—¿Sí?
—Yo no me arrepiento de anoche.
Alejandro la miró.
—Lo sé.
—Quería que lo supieras.
Y salió.
Alejandro permaneció sentado en la cama.
Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo.
Después se llevó una mano al rostro.
No se arrepentía.
Eso seguía siendo verdad.
Pero mientras pensaba en Patricia, también apareció de nuevo el recuerdo de Alexandra.
Dos mujeres.
Dos momentos de su vida.
Y un corazón que todavía no sabía cómo vivir con ambos.
Abajo, Patricia puso la cafetera en marcha.
Mientras esperaba, se miró distraídamente en el reflejo de la ventana.
Y sonrió.
No sabía qué sería de ellos.
No sabía cuánto duraría aquel matrimonio.
Ni siquiera sabía si algún día Alejandro dejaría de sentir culpa.
Pero aquella mañana había algo que sí sabía.
Por primera vez desde que se había casado con él, no quería preguntarse cuánto faltaba para que todo terminara.
Quería saber cuánto tiempo les quedaba para seguir juntos.
Editado: 26.09.2026