Patricia se despertó con el ruido de Alejandro en la cocina.
No era un sonido fuerte, pero bastó para hacerle saber que el día ya había empezado antes de que ella abriera del todo los ojos. Se quedó unos instantes mirando el techo, y luego se levantó, se puso la bata, y fue hacia la cocina.
Alejandro estaba de pie frente a la encimera, preparando el desayuno con calma. Levantó los ojos cuando ella entró.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se detuvo un momento en la puerta, y miró lo que él estaba preparando.
—Te me has adelantado.
—Solo esta vez.
Se acercó a la mesa y apartó la silla.
—¿Hay alguna regla que diga que tengo que despertarme antes que tú?
—No. Solo estaba comprobando si era capaz de ser el primero en levantarse en esta casa.
Ella sonrió.
—¿Y el resultado del experimento?
—Todavía no lo he decidido.
Se sentó, y él puso delante de ella la taza de café.
—Gracias.
Se sentó frente a ella, y empezaron a desayunar sin ese silencio pesado que podría acompañar una mañana como aquella. Hablaron de la hora, del tráfico, de lo que le esperaba a cada uno ese día, y en su conversación había algo sencillo y cómodo, como si no intentaran demostrar nada, ni necesitaran llenar cada segundo con palabras.
Cuando Patricia terminó el café, miró el reloj.
—Tengo que irme.
Alejandro cogió las llaves.
—Te llevo.
Ella lo miró.
—No hace falta.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque voy casi en la misma dirección.
Ella levantó una ceja.
—Es la primera vez que oigo que un despacho de abogados queda de camino a la universidad.
Él sonrió levemente.
—He dicho casi.
Ella rio mientras se levantaba.
—Está bien, abogado. Veamos a dónde nos lleva ese «casi».
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El camino a la universidad empezó tranquilo. Hablaron del trabajo, de una reunión que esperaba a Alejandro en el despacho, y de algunos asuntos que tenía que terminar antes de que acabara el día.
Y antes de que Patricia bajara del coche, se volvió hacia él.
—Vuelvo por la tarde.
—Lo sé.
—Solo te lo decía.
—Y yo te decía que lo sé.
Ella lo miró un instante, y sonrió.
—A veces eres difícil.
—Y tú hablas mucho por las mañanas.
Abrió la puerta.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Hazlo.
Bajó y cerró la puerta, y luego se inclinó un poco hacia la ventanilla abierta.
—Que tengas un buen día.
—Tú también.
Patricia se dirigió hacia el edificio de la universidad, mientras Alejandro se quedó un instante siguiéndola con la mirada antes de arrancar.
No había nada extraordinario en ello.
Y precisamente eso fue lo que hizo que la mañana se sintiera distinta.
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La primera parte del día de Patricia transcurrió entre aulas, alumnos y los papeles que se acumulaban en su mesa. En una de las clases, se detuvo largo rato ante el trabajo de un alumno antes de señalar un punto pequeño en el dibujo.
—Aquí.
El alumno levantó la cabeza.
—¿Aquí exactamente?
—Sí. No intentes que la obra quede más bonita de lo que es. Déjale algo de sus defectos.
El alumno miró el papel, y luego a ella.
—Pero estaba intentando arreglarlo.
—A veces arreglarlo es lo que lo estropea.
Se alejó de él, y le dejó el papel.
Cuando terminó su siguiente clase, salió al pasillo con algunos archivos en la mano, y oyó una voz que conocía bien.
—¡Patricia!
Se volvió.
Su amiga se acercaba deprisa, con un vaso de café en la mano y una carpeta abierta.
—Te estaba buscando.
—¿Por qué?
—Para contarte algo muy importante.
Patricia miró la carpeta.
—¿Ha muerto alguien?
—No.
—Entonces no es tan importante.
—Sí que lo es.
Patricia rio.
—¿Qué pasa?
Su amiga estaba a punto de responder, pero se detuvo de golpe. Sus ojos bajaron a la mano de Patricia.
Y volvieron a subir a su cara.
—Un momento.
Patricia miró su mano, como si no entendiera.
—¿Qué?
Su amiga señaló el anillo.
—¿De dónde ha salido esto?
Se hizo un breve silencio.
Luego Patricia dijo, sin más:
—Me he casado.
La otra se quedó mirándola fijamente.
—¿Qué?
—Me he casado.
—¿Tú?
Patricia rio.
—No, se ha casado el anillo.
Su amiga dejó el vaso de café en la superficie más cercana.
—¡Patricia, te lo estoy preguntando en serio!
—Y yo te estoy respondiendo en serio.
Se acercó más a ella, como si necesitara comprobar que la mujer que tenía delante era de verdad su amiga de tantos años.
—¿Cuándo?
—Hace poco.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Ahora.
—¿Ahora?
—¿No has visto el anillo?
—¡Lo he visto de casualidad!
—Entonces te lo he dicho de casualidad.
Su amiga se llevó la mano a la frente.
—No te creo.
—Créeme.
—Está bien. ¿Con quién?
Patricia sonrió.
—Alejandro.
La expresión de su amiga cambió.
—¿Alejandro qué?
—Alejandro Valmoreda.
Abrió los ojos como platos.
—¿El abogado?
—Sí.
—¿El abogado Valmoreda que salió en las noticias?
—Sí.
Se quedó mirándola unos segundos más.
—Estás de broma.
—¿Por qué haría eso?
—Porque eres tú.
—¿Y qué significa «porque eres tú»?
—Que eres la última persona de la que esperaría que se casara así.
—¿Y de qué manera esperabas que lo hiciera?
Su amiga rio.
—No lo sé. Puede que me mandaras un mensaje cortísimo que dijera: «He tomado una decisión práctica. Me he casado. No te preocupes.»
Patricia rio.
—Casi exacto.
—¡Lo sabía!
Luego se quedó callada un momento, y la miró con una sonrisa distinta.
—Pero me alegro por ti.
La risa de Patricia se calmó un poco.
—¿De verdad?
—Claro. Has pasado muchos años viviendo sola, cuidando de todo el mundo, y actuando como si no necesitaras a nadie.
Editado: 26.09.2026