Por la tarde, la casa fue recuperando su calma poco a poco.
Emilio y Petra se sentaron en el salón, mientras Alfonso hablaba con Alejandro en voz baja.
Patricia entró al cabo de un rato, y se sentó junto a Alejandro.
Emilio levantó los ojos hacia él.
—¿Cómo te sientes ahora?
Alejandro respondió:
—Mejor.
Petra sonrió con cariño.
—Si necesitas algo, dímelo.
—Gracias.
La conversación no se alargó.
Todos sentían que el día ya había agotado suficientes palabras.
Al cabo de un rato, Alfonso se levantó.
—Os dejo descansar.
Luego miró a Alejandro.
—No pienses en ello esta noche.
Alejandro esbozó una sonrisa apagada.
—Lo intentaré.
Su padre se acercó y le dio una palmada en el hombro.
—No lo intentes solamente.
Alejandro lo miró.
—¿Qué?
—Hazlo.
Patricia intervino con una sonrisa pequeña:
—Se lo recordaré.
Alfonso la miró, y sonrió.
—Cuento contigo.
Patricia y Alejandro subieron a su habitación.
El pasillo estaba tranquilo, y la casa sumida en el silencio de la noche.
Alejandro entró, se quitó la chaqueta, y dejó el reloj sobre la mesa.
Se sentó en el borde de la cama.
Patricia dijo:
—¿Quieres hablar?
Él negó con la cabeza.
—Ahora no.
Se acercó a él y se sentó a su lado.
—Entonces no hables.
Él la miró.
—Eres rara.
Ella sonrió.
—Lo sé.
Luego se levantó para cambiarse de ropa.
Al cabo de un rato, Alejandro se tumbó.
Patricia apagó la luz, y se tumbó a su lado.
Él siguió despierto un rato.
Su respiración era pesada.
Luego se fue calmando poco a poco.
Y por la mañana, Patricia se despertó con la luz del sol colándose entre las cortinas.
Se volvió hacia él.
Alejandro estaba despierto.
Dijo:
—¿Desde cuándo?
—Desde hace poco.
—¿Y cómo te encuentras?
Lo pensó un instante.
—Mejor.
Ella sonrió.
—Con eso me basta por ahora.
Se levantó de la cama.
El día pasó despacio.
Alejandro intentó ocuparse con algunos papeles, pero no podía concentrarse mucho tiempo.
Más tarde, Patricia lo encontró en el despacho.
Estaba de pie frente a la ventana.
—¿Alejandro?
Se volvió hacia ella.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
Se sentó en la silla.
—Pregunta.
Ella se sentó frente a él.
—Mi hermana me ha llamado hoy.
—¿Elena?
—Sí.
Sonrió.
—Se ha comprado una casa nueva en Málaga.
Alejandro sonrió.
—Qué bien.
—Y quiere que la visite.
Se quedó callada un momento.
Luego dijo:
—Estaba pensando en ir a verla.
Él la miró.
—Ve.
—¿Sola?
Levantó una ceja.
—¿Quieres que vaya contigo?
Ella sonrió.
—La verdad... sí.
Él siguió mirándola.
—¿Cuándo?
—En los próximos días. No hace falta que nos quedemos mucho tiempo.
Luego añadió:
—Quiero felicitarla por la casa nueva, y pasar un rato con ella.
Se quedó callado un momento.
—Y tú también puedes alejarte de todo lo que ha pasado aquí.
Miró hacia la ventana.
Luego volvió a mirarla.
—Iré contigo.
Ella sonrió.
—¿Así de rápido?
—¿Por qué? ¿Esperabas que dijera que no?
—No lo sé.
—Entonces no lo esperes.
Ella rio.
—Está bien.
Se levantó de su sitio.
—Dile a Elena que vamos.
—Se lo diré.
Se dirigió hacia la puerta.
—Patricia.
Ella se volvió.
—¿Sí?
Él dijo:
—Gracias.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Por haber pensado en esto.
Ella sonrió.
—Puede que yo también necesite unas vacaciones.
Alejandro sonrió.
—Entonces será un viaje compartido.
Ella salió del despacho.
Él se quedó solo un instante.
Luego miró los papeles sobre su escritorio.
No los tocó.
Por primera vez desde que se había dictado la decisión, no sintió la necesidad de volver a ellos.
Había un viaje esperándolo.
Y otra ciudad.
Y una mujer a su lado.
Y no sabía todavía que Málaga abriría entre ellos puertas que aún no habían pensado en tocar.
---
Al día siguiente, la familia se reunió en torno a la mesa del almuerzo.
El ambiente estaba más tranquilo de lo habitual, pero algo de vida empezaba a volver a la casa.
Petra puso los platos delante de todos, mientras Emilio hablaba del tiempo y de la carretera, intentando alejar la conversación de todo lo ocurrido en los últimos días.
Patricia dijo:
—Le he dicho a Elena que llegamos mañana.
Petra levantó la cabeza.
—¿Mañana?
—Sí. Saldremos por la mañana.
Emilio dijo:
—¿A Málaga?
—Sí.
Petra sonrió.
—Será un viaje estupendo para vosotros.
Alejandro miró a Patricia.
—Eso espero.
Alfonso dijo:
—¿Cuánto tiempo os quedaréis allí?
—Todavía no lo sé.
Patricia respondió:
—Puede que unos días.
Emilio dijo:
—Mejor así. Necesitáis descansar un poco.
Alejandro asintió.
—Eso creo.
Petra dijo, mirando a Patricia:
—¿Y la casa es tan bonita como dices?
Ella sonrió.
—Todavía no la he visto.
—Entonces tendrás que mandarme fotos.
Patricia rio.
—Lo haré.
Frank intervino:
—Y si la casa es fea, no se lo digáis hasta que vuelva.
Emilio rio.
—¿Por qué?
—Porque tendrá que quedarse allí por educación con su hermana.
Patricia rio.
Incluso Alejandro sonrió.
Era la primera vez que se reía delante de todos desde la decisión.
Alfonso se dio cuenta, pero no hizo ningún comentario.
Se limitó a levantar un poco su copa.
—Por un buen viaje.
Patricia levantó la suya.
—Por un buen viaje.
Alejandro levantó también la suya.
Editado: 26.09.2026