Acuerdo En El Margen

«Llegada»

**Llegada**

El camino de Madrid a Málaga fue más largo de lo que Patricia había imaginado.

En las primeras horas del viaje, la carretera todavía conservaba algo del frío de la mañana. El cielo estaba pálido, y la ciudad se iba retirando despacio por el espejo retrovisor, mientras se extendían ante ellos carreteras largas que parecían no tener fin.

Alejandro conducía en silencio.

Y de vez en cuando, Patricia levantaba los ojos de la ventanilla y lo miraba.

No había dicho gran cosa desde que habían salido.

Puede que fuera por el cansancio del viaje.

O puede que los últimos días pesaran demasiado como para caber en una conversación cualquiera.

Al cabo de muchas horas, el paisaje empezó a cambiar.

La tierra ya no era llana como al principio.

Aparecieron las colinas, luego montañas a lo lejos, y la luz empezó a cambiar poco a poco.

Málaga se acercaba.

Y cuando aparecieron los primeros destellos del mar, Patricia sintió algo parecido al alivio.

El mar no se veía del todo claro desde donde estaban, pero estaba ahí, brillando entre las distancias, azul y amplio bajo el sol.

Sonrió sin darse cuenta.

Alejandro notó su sonrisa.

—¿Qué?

Ella señaló hacia fuera.

—El mar.

Él miró un instante, y volvió a la carretera.

—Sabía que sería lo primero que notarías.

—Porque es lo primero que me hace sentir que de verdad hemos llegado.

Él sonrió.

Y en su sonrisa había algo de cansancio.

A medida que se acercaban a la ciudad, Málaga empezó a mostrarse a su manera: una ciudad que no pertenecía solo al mar, ni solo a la montaña.

Se extendía entre ambos.

Detrás se alzaban las montañas, y al otro lado se abría el Mediterráneo con su extensión azul, mientras los pinos y las palmeras aparecían salpicados entre los edificios y las carreteras.

Y el propio aire tenía un sabor distinto.

Más cálido.

Más salado.

Como si el mar se hubiera adelantado a recibirlos.

Para Patricia, Málaga no era solo una ciudad nueva.

Era algo parecido a un respiro.

Un lugar que no sabía nada del juzgado, ni de la prensa, ni de las preguntas que llevaban días persiguiendo a su marido.

Un lugar donde podía empezar otra mañana sin verse obligada a recordar lo que había pasado la anterior.

Alejandro salió de la carretera principal, y los edificios empezaron a escasear poco a poco.

Fueron apareciendo espacios verdes, árboles dispersos, y casas alejadas unas de otras.

Patricia dijo:

—¿Seguimos en Málaga?

—Casi.

—Parece un lugar completamente distinto.

—Elena eligió un sitio alejado del ruido.

La zona era más tranquila.

Un camino estrecho bordeado de árboles, casas de paredes blancas, algunos pequeños terrenos de cultivo, y a lo lejos las montañas llenaban el horizonte.

Y a veces, cuando el camino se abría entre los árboles, el mar aparecía un instante y volvía a desaparecer.

Por fin, el coche se detuvo frente a una casa rodeada de un jardín amplio.

Patricia levantó los ojos hacia ella.

La casa era blanca, de ventanas amplias, rodeada de árboles verdes, con un jardín que se extendía delante hasta un muro bajo, tras el cual se abría un espacio abierto de naturaleza.

Dijo en voz baja:

—Dios mío...

Alejandro apagó el motor.

—¿Te gusta?

Ella sonrió.

—Mucho.

Antes de que bajaran, se abrió la puerta.

Apareció Elena.

Era más joven que Patricia, pero conservaba con claridad algunos de sus rasgos: casi los mismos ojos, aunque Elena era más viva en sus gestos.

En cuanto vio a su hermana, bajó los escalones deprisa.

Patricia salió del coche.

Y Elena no le dio ocasión de decir nada.

La abrazó con fuerza.

—¡Por fin!

Patricia rio mientras la abrazaba.

—Te he echado de menos.

—Y yo más.

Elena se apartó un poco, y le cogió la cara entre las manos.

—Déjame verte.

—¿Por qué?

—Porque has desaparecido de mi vida.

—No he desaparecido.

—Para mí, eso es desaparecer.

Patricia rio.

Y volvió a abrazarla.

En ese momento, salió un hombre de la casa.

Era alto, de rasgos tranquilos, con una camisa blanca y las mangas remangadas hasta medio antebrazo.

Sonrió al verlos.

Elena dijo:

—Patricia, este es Mateo.

Se acercó a ella.

—Bienvenida.

Le estrechó la mano con calidez.

—Me alegra que hayas venido.

Ella sonrió.

—Y a mí me alegra conocer por fin al hombre que me robó a mi hermana.

Elena rio.

—No la escuches.

Dijo Mateo:

—Creo que voy a tener que defenderme desde el primer momento.

Patricia rio.

Luego se volvió hacia Alejandro.

Ya había sacado las maletas del coche.

Mateo se acercó a él.

—Alejandro.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

—Encantado.

—Igualmente.

Mateo miró el coche.

—¿Ha sido un viaje largo?

Alejandro dijo:

—Más de lo debido.

Elena dijo:

—Por eso no voy a dejaros ni un minuto más aquí de pie.

Cogió a su hermana del brazo.

—Entra.

Patricia entró con ella.

Y lo primero que sintió dentro de la casa fue calidez.

No la calidez de la chimenea, ni la del sol que entraba por las ventanas.

Sino ese otro tipo de calidez que crea una casa habitada por una vida de verdad.

Había fotos en las paredes.

Libros sobre las estanterías.

Plantas verdes en los rincones.

Cortinas blancas que se movían con el aire que entraba por las ventanas abiertas.

Y desde algún lugar de la casa llegaba olor a café recién hecho.

Patricia se detuvo en medio del salón.

Miró a su alrededor.

—Es precioso.

Elena dijo:

—Espera a ver el jardín de atrás.

La arrastró con ella.

El jardín era más bonito de lo que esperaba.




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