La lluvia tropical continuaba azotando el asfalto de la Carretera 21, pero el convoy de las Herodes no aceleró hacia el aeropuerto. En su lugar, el coche frontal rompió la formación y se internó por un desvío secundario: una carretera olvidada que conducía a la estructura inacabada de un viejo complejo hotelero frente al Pacífico. La bruma marina y el polvo de concreto creaban una atmósfera fantasmal, donde los andamios oxidados parecían las costillas de una bestia extinta.
Fue allí donde Número 2 tendió su trampa. No hubo explosiones estrepitosas ni tiroteos desordenados. Con una maniobra de emboscada quirúrgica, inhabilitó los dos vehículos de escolta en el camino de acceso, aislando completamente al SUV blindado de Mizuki Sato. Sin embargo, no fue Mizuki quien bajó del vehículo.
La puerta trasera se abrió con lentitud y de ella descendió Isabelle Moreau, la Herodes responsable de la división financiera y logística de la Organización. Vestía un abrigo blanco impecable que contrastaba con la penumbra de la estructura abandonada. A pesar de estar sola en medio de la nada, no llevaba armas visibles ni mostraba el menor indicio de temor.
Número 2 emergió de entre las columnas de hormigón. Caminaba con esa elegancia aristocrática que lo caracterizaba, sosteniendo su arma con una desenvoltura casi negligente, como si sostuviera una copa en una recepción privada.
—Un desvío bastante poco sofisticado para alguien con su rango, Sra. Moreau —dijo Número 2, deteniéndose a unos diez pasos de ella, al amparo de la cornisa para evitar la lluvia directo—. Supongo que no se dirigían al aeródromo.
Isabelle esbozó una sonrisa helada, acomodándose los guantes de piel sin mirar al asesino.
—Saber cuándo cambiar de escenario es la diferencia entre un jugador y una pieza, Número 2 —respondió ella, su voz resonando en el armazón de concreto con una calma inquietante—. Sabíamos que estarían esperando en el puente principal. Dejar que tu hermano se concentrara en el convoy de señuelo fue un ejercicio muy simple de distracción.
—Ah, la vieja estrategia del espejo —asintió Número 2, paseando con parsimonia alrededor de ella, manteniendo la distancia de seguridad—. Adán 1 siempre ha tenido una inclinación excesiva por los planes directos. Yo, en cambio, aprecio el valor de una conversación franca antes de que la obra baje el telón.
Isabelle lo observó de arriba abajo, deteniendo su mirada en la impecable postura del activo.
—Eres el más vanidoso de los especímenes de Lars —dijo ella, con un tono en el que se mezclaban el desprecio y la fascinación analítica—. Adán 1 busca justicia, una idea ridícula y abstracta. Adán 4 es una herramienta eficiente cuando no sufre sus pequeñas averías emocionales. Pero tú... tú peleas por ego. Crees que tu elegancia te eleva por encima del barro en el que fuiste fabricado.
Número 2 sonrió, una mueca fina y llena de veneno.
—No confunda la estética con la vanidad, Herodes. La elegancia es la única barrera entre nosotros y la vulgaridad de la violencia desmedida que ustedes patrocinan. Ustedes crearon monstruos para que hicieran el trabajo sucio en las sombras, pero olvidaron que un instrumento perfectamente afinado tarde o temprano exige tocar su propia sinfonía.
Isabelle dio un paso hacia él, sin inmutarse por el arma que apuntaba sutilmente hacia su centro de masa.
—¿Y qué sinfonía esperas tocar? —preguntó ella, clavando sus ojos oscuros en los de él—. ¿Crees que matarnos a nosotros cambiará lo que eres? Aunque borres a cada miembro de la Mesa, la Organización no es una lista de nombres; es una estructura mental, una necesidad del mundo. Siempre habrá alguien para tomar el látigo. Tu existencia no tiene un propósito fuera de la jaula que construimos para ti.
Número 2 ladeó la cabeza, contemplándola como un escultor juzgaría un bloque de mármol defectuoso.
—Ahí es donde se equivoca —dijo él, su voz descendiendo a una frecuencia suave, poética y profundamente amarga—. Su error nunca fue encerrarnos. Su error fue enseñarnos a apreciar la belleza de la simetría. Ustedes nos dieron vida para ser sus verdugos, pero nos privaron de la muerte como un derecho natural.
Hizo una pausa breve, escuchando el rugido del mar chocando contra los pilares inferiores de la estructura.
—Por eso, Sra. Moreau, yo no voy a pegarle un tiro en la cabeza en este lugar olvidado. Eso sería una vulgaridad indigna de ambos. Yo le juro, por la arquitectura de mi propia maldición, que la veré caer despacio. Voy a desmantelar cada imperio financiero que usted construyó, número por número, hasta que no le quede nada para comprar aire. Y cuando esté despojada de todo título, cuando su nombre sea solo un eco miserable en las cuentas vacías de la Organización... la buscaré. Y en ese instante, no habrá armas. Solo la gravedad y el silencio. La haré contemplar el abismo que construyó hasta que el mismo abismo se canse de mirarla y decida reclamarla.
Isabelle lo miró en silencio durante varios segundos. Por primera vez en la noche, la sombra de una duda cruzó por sus ojos, no por miedo a la muerte, sino por la aterradora certeza de la convicción en las palabras del activo.
—Eres un loco trágico, Número 2 —susurró ella.
—Soy el reflejo de su propia creación en un espejo roto, Sra. Moreau —respondió él, dando un paso atrás y mezclándose gradualmente con las sombras del hormigón—. Y el espectáculo acaba de comenzar.
Antes de que la escolta oculta de la Herodes pudiera reaccionar desde la oscuridad del edificio, Número 2 ya había desaparecido en la bruma de la tormenta, dejando a Isabelle sola en medio de las ruinas....
La noche continuaba devorando la costa mientras el refugio temporal —una estación de bombeo de agua abandonada a pocos kilómetros del complejo hotelero— los resguardaba de la furia de la tormenta. El olor a humedad, óxido y salitre llenaba el ambiente seco de la estructura.