Aeternum

CAPITULO 14?

Narra Elena

El camino de regreso parecía mucho más sencillo cuando lo había recorrido por la mañana.

Quizá porque entonces iba siguiendo a otras personas.

Ahora estaba sola.

El ruido del campo había quedado atrás hacía varios minutos, pero el cansancio seguía instalado en mis hombros y mis manos todavía me molestaban después de haber pasado todo el día recogiendo fruta. Había escuchado instrucciones, intentado no quedarme atrás y aprendido, a fuerza de equivocaciones, qué fruta podía tocar y cuál debía dejar en su lugar.

No había sido fácil.

Tampoco había sido terrible.

Pero definitivamente no era un trabajo al que mi cuerpo estuviera acostumbrado.

Apreté los labios mientras caminaba.

—Mañana será mejor.

Lo dije en voz baja, más para convencerme que porque realmente estuviera segura.

El problema era que tampoco estaba completamente segura de estar yendo por el camino correcto.

Había visto a varias personas dirigirse por allí después de terminar la jornada y supuse que todas las rutas terminarían llevándome al pueblo.

Supuse mal.

Las casas comenzaron a desaparecer poco a poco. El camino se estrechó y, a mi izquierda, una propiedad cercada con madera se extendía entre los árboles.

Me detuve.

Miré hacia atrás.

Luego hacia delante.

No reconocía absolutamente nada.

—Perfecto...

Suspiré.

Había conseguido un trabajo en mi primer día y, unas horas después, había logrado perderme en un pueblo que supuestamente no era tan grande.

Me acomodé el cabello detrás de la oreja y decidí regresar por donde había venido.

Di apenas unos pasos cuando escuché una voz.

—¿Elena?

Me detuve.

Giré lentamente.

Kilian.

El hombre de la tarjeta.

Por un instante nos quedamos mirándonos, ambos con la misma sorpresa.

Él sonrió.

—Vaya. No pensé encontrarte por aquí.

Miré alrededor.

—Yo tampoco.

Sus ojos recorrieron el camino detrás de mí antes de regresar a mi rostro.

—Estás un poquito lejos del pueblo.

—Ya me di cuenta.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—¿Te perdiste?

—No exactamente.

Esperó.

Lo miré.

—Bueno... quizá un poco.

Kilian soltó una risa baja.

—Eso suena bastante parecido a estar perdida.

No pude evitar sonreír.

—Estoy intentando regresar.

—¿De dónde vienes?

Señalé hacia el camino que acababa de dejar.

—Del terreno donde estuve trabajando.

Sus cejas se levantaron.

—¿Trabajando?

—Sí. Hoy fue mi primer día.

Asintió.

—Así que aceptaste.

—Sí.

—¿Y cómo te fue?

Me encogí de hombros.

—Cansado.

—Eso es una buena señal.

Lo miré con incredulidad.

—¿También vas a decirme que el dolor de espalda significa que estoy haciendo las cosas bien?

—No.

Sonrió.

—Pero significa que sobreviviste al primer día.

Aquello me hizo reír.

—Supongo que sí.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. El viento movió las ramas sobre nosotros.

Entonces recordé su nombre.

—Por cierto...

Él arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Kilian.

—¿Sí?

—Nada. Solo estaba tratando de recordar tu nombre.

—Eso me preocupa.

—No debería.

—Es bastante sencillo, en realidad.

—No para mí... no lo había escuchado antes.

Kilian soltó una pequeña risa.

—Entiendo.

Señalé el camino.

—¿Y tú qué haces por aquí?

Miró hacia la propiedad que se encontraba unos metros más adelante.

—Voy a pasar por el terreno de allá. Necesito revisar unas cosas para mi casa.

—Ah.

Asentí.

—Entonces no quiero quitarte tiempo.

Me aparté ligeramente para dejarle el paso.

Kilian no se movió.

—Podría seguir.

—¿Podrías?

—Pero primero dime por dónde piensas regresar.

Señalé el sendero.

—Por ahí.

Kilian miró en la dirección que estaba señalando.

Luego volvió a mirarme.

—Ese camino no lleva al pueblo.

Bajé lentamente la mano.

—¿No?

—No.

—Entonces...

Sonrió.

—Definitivamente estás perdida.

Suspiré.

—Un poco.

—Ven.

Señaló otro sendero.

—Es por aquí.

Comencé a caminar a su lado.

—Solo tienes que cruzar este camino, doblar después de aquella cerca y seguir recto hasta encontrar la carretera principal.

Asentí.

—Entiendo.

Unos metros después, Kilian me miró de reojo.

—¿Entendiste?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

—Porque acabas de mirar tres veces hacia el mismo lugar.

Lo miré.

—Estoy ubicándome.

—Claro.

—Lo estoy haciendo.

—No dije que no.

Negué con la cabeza, divertida.

—Eres bastante insistente.

—Me lo han dicho.

—No me sorprende.

Seguimos caminando.

El silencio entre nosotros no era incómodo. Eso me sorprendió. Kilian no parecía sentir la necesidad de llenar cada segundo con palabras. Simplemente caminaba.

Hasta que habló nuevamente.

—Por cierto...

—¿Sí?

—No sé tu nombre.

Lo miré.

—A estas alturas creo que todo el pueblo lo sabe.

—Ese es el problema. A mí nunca me lo dijiste tú... así que no cuenta.

Lo miré unos segundos.

Tenía razón.

—Elena.

Él sonrió.

—Elena.

Repitió mi nombre como si estuviera comprobando cómo sonaba.

—Bonito nombre.

Bajé la mirada.

—Sí... supongo que fue puesto con amor.

Kilian me observó.

—¿A qué te refieres?

—A nada, en realidad...

—Comprendo.

Continuamos caminando. No sabía por qué, pero de repente sentí que había dicho demasiado. Kilian debió notarlo, porque cambió de tema enseguida.

—¿Y entonces? Además del cansancio y el dolor... ¿qué tal fue tu primer día?

—Pues creo que mañana me dolerán músculos que ni siquiera sabía que existían.




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