“He perdido personas, sueños y una vida que imaginaba, pero sigo amándolos. Y quizá tenga que aprender que seguir viviendo no significa dejarlos atrás.”
— Helen Keller
.
El viernes llegó sin anunciarse.
Para entonces, aquella noche en el campo comenzaba a sentirse lejana.
Habían pasado varios días desde que encontré aquella hoja doblada sobre la hierba y el pañuelo celeste junto a ella. No había vuelto a encontrar nada parecido. Tampoco había descubierto quién los había dejado allí.
La curiosidad, sin embargo, no me había abandonado del todo.
A la mañana siguiente le había preguntado a Flor.
—Oye... ¿por casualidad sabes de quién es este pañuelo?
Ella había fruncido el ceño.
—¿ pañuelo?
—Sí.
—¿Dónde lo encontraste?
Había dudado unos segundos antes de responder.
—Cerca del terreno.
Flor se había quedado pensativa.
—No tengo idea.
—¿Nunca has visto uno parecido?
—No que yo recuerde.
Después había continuado con lo que estaba haciendo, como si el asunto no tuviera mayor importancia.
Y quizá no la tenía.
Quizá alguien simplemente había perdido aquel pañuelo.
Quizá la hoja tampoco tenía relación con nada.
Me había obligado a dejarlo pasar.
Durante el resto de la semana, Green Valley volvió a su rutina.
Yo también.
Me levantaba temprano, llegaba al terreno antes de que el sol terminara de salir y pasaba buena parte del día entre árboles, cestas y tierra.
Seguía siendo lenta.
Aunque ya no tanto.
Mis manos comenzaban a acostumbrarse al trabajo y las primeras ampollas habían dejado de aparecer.
Clara se burlaba de mí cada vez que conseguía llenar una cesta antes que yo.
—Algún día te alcanzaré.
—Ese día celebraré por todo lo alto.
—No te emociones demasiado.
—¿Por qué?
—Porque todavía estás a una cesta y media de distancia.
—Eso no es tanta diferencia.
—Para ti no.
Para mí sí.
Terminábamos riéndonos.
Las cosas se habían vuelto sencillas.
Y agradecía eso.
No necesitaba que cada día ocurriera algo extraordinario.
Por primera vez en mucho tiempo, agradecía los días que simplemente pasaban.
Lucas no había vuelto durante toda la semana.
Según lo que comentaban los encargados, había viajado a la ciudad para resolver algunos asuntos relacionados con el terreno.
Yo no pregunté nada.
Ni tenía por qué hacerlo.
El trabajo seguía funcionando con normalidad bajo las indicaciones de los encargados y, aunque algunas veces escuchaba mencionar su nombre, procuraba no prestar demasiada atención.
Era mejor así.
Había llegado a Green Valley para reconstruir mi vida, no para buscar complicaciones.
Al menos eso me repetía.
El viernes por la tarde, mientras terminábamos la última jornada de la semana, Flor apareció a mi lado con una expresión demasiado entusiasmada.
—Tengo un plan.
La miré con desconfianza.
—Eso nunca empieza bien.
—No seas negativa.
—Te conozco.
—Llevamos poco tiempo conociéndonos.
—Me basta.
Flor soltó una carcajada.
—Mañana es el cumpleaños de uno de los niños de la comunidad.
—¿Y?
—Vamos a hacer una pequeña actividad con ellos.
—Ah.
Volví a concentrarme en mi cesta.
Flor no se movió.
—¿Y?
La miré.
—¿Y qué?
—Vas a venir.
—No.
—Sí.
—Flor.
—Elena.
—No conozco a esos niños.
—Precisamente por eso.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Claro que sí.
Se cruzó de brazos.
—Llevas toda la semana trabajando.
—Ese es mi trabajo.
—Y mañana no trabajas.
—Tengo otras cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
Abrí la boca.
Me quedé callada.
Flor sonrió triunfante.
—Exactamente.
—Podría descansar.
—Puedes descansar después.
—No sé...
—Elena.
Su tono cambió.
Ya no estaba bromeando.
—Te vendrá bien.
La miré unos segundos.
Había algo en la forma en que lo dijo que me hizo dejar de buscar excusas.
—¿A qué hora?
Su sonrisa apareció inmediatamente.
—Sabía que aceptarías.
—Todavía no he dicho que sí.
—Acabas de preguntar la hora.
Resoplé.
—Eres insoportable.
—Y tú necesitas amigas.
Aquella última frase me tomó por sorpresa.
Flor pareció darse cuenta.
Su expresión se suavizó.
—Solo digo...
No tienes que pasar todos tus días encerrada en casa cuando terminas de trabajar.
No respondí.
Quizá tenía razón.
—Está bien.
Sonrió.
—¿De verdad?
—Sí.
—Perfecto.
Me dio un pequeño golpe en el hombro.
—Entonces mañana vienes conmigo.
—Pero si resulta ser horrible, será tu culpa.
—Acepto la responsabilidad.
Sonreí.
Y, por alguna razón, aquella pequeña invitación hizo que el viernes terminara un poco mejor de lo que había comenzado.
Cuando llegué a casa, el sol comenzaba a descender detrás de las montañas y una luz dorada se colaba por las ventanas. Dejé mis cosas junto a la entrada y, antes de subir a mi habitación, escuché la voz de Victoria desde la sala.
—¿Victoria?
—Aquí.
Seguí el sonido y la encontré sentada junto a la ventana, con una taza de té entre las manos y la computadora portátil abierta sobre la mesa. Al verme, levantó la mirada y una sonrisa apareció en su rostro.
—Llegaste justo a tiempo.
Me detuve frente a ella.
—¿Para qué?
Victoria señaló la computadora con un pequeño gesto.
—Tengo una sorpresa.
Fruncí el ceño.
—Eso tampoco suele terminar bien.
Victoria soltó una carcajada y dejó la taza sobre la mesa.
—Últimamente estás muy desconfiada.
—He aprendido.