«Sobrevivir también era una forma de valentía. Era aprender a respirar con el corazón hecho pedazos, levantarse cuando el alma pedía quedarse en el suelo y descubrir que, incluso después de perderlo todo, una parte de ella seguía luchando por vivir».
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Victoria no me pidió que me calmara. Tampoco me dijo que todo iba a estar bien, como si aquellas cuatro palabras pudieran reparar los pedazos de una vida que volvía a estar rota. Se limitó a acariciarme el cabello mientras yo lloraba, como si fuera una niña en brazos de su madre. Su abrazo era cálido. Debía admitir que Victoria se había convertido en una figura materna para mí.
Había convertido la costumbre de seguir adelante en una especie de obligación, como si detenerme a llorar significara que estaba perdiendo una batalla que los demás esperaban que ganara.
—Lo siento —murmuré contra el hombro de Victoria.
Ella dejó de acariciarme el cabello durante un instante.
—¿Por qué?
—Por haberte gritado. No tenías la culpa de nada.
Victoria me apartó un mechón de la cara.
—No, no tenía la culpa, Elena. Pero tampoco creo que me hayas gritado porque quisieras hacerme daño. Te conozco; sabía que algo había pasado. Y, la verdad, no imagino todo lo que has tenido que cargar sobre tus hombros para llegar a este punto…
—Eso no lo justifica.
—No, no lo hace… pero lo entiendo.
—No quería hablar con nadie.
—Lo sé.
—Y todos seguían preguntándome si estaba bien. Tú, Meredith, Flor… Todo el mundo quiere saber cómo estoy, y muchas veces ni siquiera sé qué responder. A veces siento que, si digo la verdad, voy a pasarme el resto de mi vida llorando. Y, si digo que estoy bien, tengo que seguir comportándome como si fuera cierto.
Victoria guardó silencio mientras yo intentaba ordenar las ideas que se atropellaban en mi cabeza.
—No tienes que darme una respuesta cada vez que te preguntó cómo estás —dijo finalmente—. Y tampoco tienes que explicarle a todo el mundo lo que ocurre dentro de ti. Hay días en los que podrás hablar y otros en los que preferirás quedarte callada. Eso no significa que estés haciendo algo mal.
—Pero no puedo seguir así.
—¿Así cómo?
Abrí la boca, aunque no encontré una respuesta inmediata.
No podía seguir llorando ni despertándome con aquella sensación de vacío. Tampoco quería sentírme culpable por reír o experimentar aquella punzada insoportable cada vez que veía a una familia reunida. No podía continuar viviendo con la impresión de que todos habían encontrado la manera de regresar a sus vidas mientras yo seguía buscando la mía entre las cosas que había perdido.
Eran demasiadas respuestas y, al mismo tiempo, ninguna parecía suficiente.
—No lo sé —admití, volviendo a llorar—. No sé cómo hacer esto.
Victoria me abrazó de nuevo.
—Entonces no vamos a exigirnos que lo sepamos esta noche.
Aquella frase, tan sencilla, consiguió que volviera a cerrar los ojos.
«No vamos a exigirnos…». Era como si mi carga también fuera suya. Aunque, en parte, venía de algo que compartíamos, sentía que el peso que yo llevaba se remontaba a muchos años atrás, incluso a antes de conocer a Samuel.
No me ofrecía una solución inmediata; más bien, me ofrecía compartir mi carga, hacerla suya también. Y, sobre todo, me permitía reconocer que estaba rota sin sentir que debía disculparme por ello.
Victoria me ayudó a levantarme del suelo del baño. Me temblaban las piernas y tenía la ropa húmeda por el agua de la ducha, así que me acompañó hasta mi habitación y buscó una toalla limpia mientras yo me cambiaba. Después me preparó una taza de algo caliente que apenas probé, y se quedó sentada a los pies de la cama mientras yo intentaba recuperar la compostura por todo lo ocurrido.
La vergüenza comenzó a aparecer cuando el llanto disminuyó. Era una sensación conocida: una especie de arrepentimiento que aparecía después de permitir que las emociones se apoderaran de mí. Quería borrar lo sucedido, fingir que no había corrido escaleras arriba ni me había encerrado en el baño. Quería que Victoria olvidara las cosas que había dicho y que no volviera a mirarme con aquella ternura que me hacía sentír tan expuesta.
—No tienes que quedarte aquí conmigo —le dije después de un rato—. Debes de tener muchas cosas que hacer.
Victoria observó la taza entre mis manos.
—Tengo cosas que hacer todos los días, Elena.
—Precisamente.
—Y también tengo la capacidad de decidir qué cosas pueden esperar.
—No quiero convertirme en una preocupación para ti.
Algo cambió en su expresión. No fue enfado, sino una tristeza serena, como si acabara de escuchar una frase que le habría gustado que yo no tuviera que pronunciar nunca.
—Mi pequeña, preocuparse por alguien no siempre es una carga. A veces, simplemente, es una forma de quererlo. Y yo te quiero mucho, mi niña…
Aparté los ojos.
No estaba acostumbrada a que alguien hablara de mí de aquella manera. En mi vida anterior había aprendido a medir lo que pedía, a calcular cuánto espacio ocupaba y a procurar que mis problemás no fueran demasiado grandes para las personas que tenía cerca. Después de perder a Samuel, aquella costumbre se había intensificado. Me resultaba más fácil decir que estaba cansada que admitir que lo extrañaba; más sencillo asegurar que necesitaba dormir que reconocer que algunas noches me aterraba cerrar los ojos y enfrentarme a los recuerdos que había intentado evitar durante el día.
Y cuando llegué a Green Valley, decidí que mi propósito sería empezar de nuevo sin molestar a nadie con las partes de mí que todavía no sabía cómo reparar.
Pero Victoria parecía empeñada en demostrarme que no tenía que ganarme el derecho a permanecer bajo su techo siendo una mujer que nunca necesitaba ayuda.
—¿Y si esto no se me pasa? —pregunté en voz baja.
—¿Y si mañana me siento igual? ¿Y si dentro de una semana vuelvo a tener un día cómo hoy…? ¿Y si pasan los meses y sigo sin saber cómo continuar?