El agua que quema + ia

Capítulo 1: Martín

—Braulio, hijo, despierta.

Braulio gruñó y se hundió más en la almohada. Su madre tenía un don para convertir las vacaciones en una extensión de sus obligaciones.

—¿Qué hora es? —murmuró.

—No se habla por lo bajo ni se balbucea. Tienes dieciocho años, ya deberías actuar como un adulto.

—Pero me entendiste.

Braulio levantó la cabeza y le sonrió. Renata no le devolvió la sonrisa. Seguía recogiendo ropa del suelo como si su hijo no estuviera medio desnudo en la cama.

—Tenemos servicio, mamá. ¿Sabías que para eso se les paga a otros?

Renata lo ignoró. Una camisa más al canasto.

—Tu padre se fue a la ciudad con Sofía. Faltaban cosas de la lista.

—La lista que revisaste tres veces.

Silencio. Braulio giró en la cama, quedando boca arriba. La sábana le cubría hasta la mitad del pecho. Renata lo miró de reojo y siguió con lo suyo.

—En casa de mis amigos, las madres no entran a los cuartos cuando ellos están semidesnudos. Se llama privacidad.

Renata se detuvo. Lo miró con esa mezcla de amor y control que Braulio conocía demasiado bien.

—En casa de tus amigos, las madres le delegan todo al servicio. ¿Cuándo he sido yo una madre ausente?

—¿Y por qué no haces lo mismo? Papá te da todo. Relájate. Disfruta. La ciudad siempre tiene una tienda nueva o un tratamiento de belleza donde perder horas.

—¡Braulio, te estás buscando una bofetada!

—¡No quiero que te enojes, quiero que te vayas! Necesito estar solo para levantarme. ¿Qué parte no entiendes?

—¿Solo? Soy tu madre, no seas ridículo.

Braulio puso los ojos en blanco. Sabía que no debía decirlo, pero no le dejaba otra opción.

—Llevas más de veinte años casada con Manuel. ¿Nunca te habló de lo que nos pasa a los hombres por la mañana? ¡Estoy empalmado, mamá! ¡Dame espacio!

Renata se quedó quieta. Abrazó el canasto contra su pecho.

—Hace dieciocho años yo te limpiaba el trasero y hoy te da pena que te vea. Eso es hacer un buen trabajo. —Sonrió, pero sus ojos brillaban—. Pronto serás un hombre. Me dirás: mamá, ella es mi novia. ¿A quién voy a cuidar cuando te vayas?

No esperó respuesta. Salió de la habitación y cerró la puerta.

Braulio soltó el aire. Ya no había nada que ocultar.

Se levantó. Se paró frente al ventanal. La playa estaba ahí, al otro lado del vidrio. Las olas, la arena, la gente. Todo lo que evitaba. Todo lo que su madre adoraba.

Se duchó, se vistió y bajó las escaleras. El olor a café lo recibió en la cocina, pero no había nadie. Por la puerta principal, entreabierta, se colaba una voz desconocida.

Braulio se acercó. Renata estaba ahí, hablando con alguien. Un chico. Más o menos de su edad. Pelo castaño claro, piel morena, una sonrisa que parecía no encajar en ese lugar.

—Braulio, ven —dijo Renata con esa alegría forzada que usaba cuando quería controlar algo—. Este es Martín. El hijo de los vecinos nuevos. Tienen la misma edad.

Braulio miró al chico. El chico lo miró a él.

—Hola, desconocido —dijo Braulio.

—Lo mismo digo.

—No, que me digas tu nombre.

—Martín. Me llamo Martín.

—Braulio.

—Lo sé. Tu madre me habló de ti.

—¿Y qué te dijo?

—Que no tienes amigos. Que estás solo. Y que quizás necesitabas uno.

Braulio se quedó helado. Nadie le había hablado así nunca.

Renata, incómoda, intentó intervenir, pero Braulio la ignoró. Se acercó a Martín.

—¿Y tú? ¿Necesitas uno?

Martín no respondió. Solo sonrió. Y esa sonrisa fue el inicio de todo.

—¿Libros o películas? —preguntó Braulio.

—Videojuegos.

Braulio golpeó la encimera. Confirmación.

—Estás dentro. Sígueme.

Renata los vio subir las escaleras. Suspiró. Se pasó el dorso de la mano por la frente. No sabía cómo iba a salir su plan, pero al menos parecía que había funcionado.

En el cuarto, Braulio se dejó caer en la cama. Martín recorrió el lugar. Tocó los libros, la TV apagada, los juegos.

—¿Eres deportista o tu sueño es serlo?

—No. Tengo dos manos y dos pies izquierdos. Por eso tengo tantos virtuales.

—Yo tengo miles de canciones en mi ordenador. ¿Qué dice eso de mí?

—Depende.

—¿De qué?

—De si ya sabes que tu vocación es ser detective.

Martín se detuvo. Giró para verlo.

—Eres demasiado curioso para tu propio bien.

—Y tú demasiado ingenioso para el tuyo.

Ambos rieron.

Toc, toc.

—No tenemos hambre, mamá. Estamos hablando.

—Voy a la casa de Martín. Quiero conocer a sus padres. El tuyo con tu hermana quién sabe cuándo vuelvan y yo estoy aburrida.

Braulio imitó un pulpo con los brazos. Martín rio por lo bajo.

—Bueno, nosotros salimos después.

—¡Qué bueno! Los veo más tarde.

Braulio sonrió. Luego miró a Martín.

—¿Salir? ¿Adónde?

Braulio señaló el ventanal.

—¿No se ve la playa desde tu casa?

Martín se puso incómodo. Braulio lo miró de arriba abajo. Jeans. Nadie va a la playa con jeans.

—Revisa el armario. Creo que somos de la misma talla.

Martín no se movió. Braulio suspiró, se levantó y abrió el armario.

—Elige algo.

Martín dudó. Comparó colores, talles. Braulio lo ayudó.

—Eres blanco, pero no pálido como yo. Este short gris plata me daba aspecto de fantasma, pero a ti te va a ir bien.

Martín lo recibió. Se quedó quieto, con la prenda en las manos.

—¿Ese es el baño?

—Sí. Y si no es suficiente privacidad, la ducha tiene cortina.

—Perdón. No estoy acostumbrado a cambiarme delante de otros.

Braulio no lo cuestionó. Le dio un par de palmadas en el hombro.

—Estaré esperando.

Martín entró al baño. Braulio se paró frente al ventanal. La playa estaba repleta. Muy pronto serían parte de ese ritual.

—Supongo que veremos cómo sale esto —concluyó.




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