La mañana llevaba más de hora y media instalada, y Martín lo sabía perfectamente. Aun así, no quería abandonar la cama. Ya había comprobado que todo seguía en su sitio; su mente, en cambio, seguía atrapada en un detalle que notó la primera vez que visitó la casa de Braulio y recorrió el interior.
Había creído que solo las fachadas eran idénticas, pero el interior también lo es, pensó.
Martín sonrió. No sabía que había otra diferencia. Al contrario que él, Braulio dormía de espaldas a la puerta y de cara al ventanal.
Solo cambia lo que está dentro.
Quizá por eso no había podido evitar mirar y tocar las cosas de Braulio cuando tuvo acceso a su cuarto. No había nada que le diera mayor certeza sobre la persona que intentaba conocer.
Los vendedores podrían usar el eslogan: El estándar del estándar, y nadie que compre aquí se sentiría engañado.
Volvió a reír al caer en cuenta de que, como esas casas que ocupaban ambos, todas las demás al borde de la playa serían iguales. Mismas medidas, mismos materiales, mismo propósito.
Mientras yo lo pienso, la gente que necesita seguridad hace filas para comprar esta ilusión.
Entonces oyó un murmullo en la planta baja. Las voces subían, pero no había amenaza en ellas, solo una alegría compartida. Una era la de su madre. La otra le exigió atención y aun así no logró identificarla.
¿Renata?
Martín salió de la cama y entreabrió la puerta. Era Renata. Pero ¿qué hacía allí? Abrió un poco más, sin hacer ruido, y salió al pasillo hasta el borde de la escalera. Desde allí podía oírlo todo sin ser visto.
En la sala, Renata dejó sobre la mesa baja de cristal, frente al sofá, el plato de brownies que había traído como cortesía.
—Son de vainilla y tienen relleno de chocolate. Mmm... —se llevó los dedos a la boca como si fuera a lanzar un beso al aire—. Una delicia. Créeme.
Mirian asintió con una sonrisa.
—¡Ay, gracias, qué rico! —aceptó—. ¿Quieres que tomemos algo para acompañarlos? ¿Algo fresco, quizás?
Renata dudó un momento, intentando devolver la sonrisa.
—¿Un té sería mucho pedir? Es temprano. No sé, podría ser como un mini desayuno improvisado entre amigas.
Mirian frunció apenas el ceño, y Renata creyó interpretarlo de inmediato.
—Si no tienes las tazas con sus platos, yo las tengo en casa. Puedo ir a buscarlas. No es problema.
Mirian se puso de pie, se alisó la parte trasera del vestido floreado de verano y señaló el umbral de la sala con la mano abierta, la palma hacia arriba.
—¿Me acompañas a la cocina? —pidió.
Martín seguía escuchando. No se movió ni sintió necesidad de ocultarse más; sabía que, sin mirar hacia arriba, ninguna podría verlo cuando cruzaran a la cocina. Su única preocupación era no reírse al reconocer el tono de su madre: firme, amable, pero con la paciencia al límite. Un tono que ocultaba sospechas para cualquiera, menos para él.
Minutos después, cuando el té estuvo listo, Renata volvió a la sala, seguida por Mirian con la bandeja: tazas, platos, la cucharilla plateada y un azucarero de porcelana con flores celestes.
Cuando sus piernas se cansaron de esperar una explosión que no llegó, Martín se sentó al inicio de la escalera, la espalda contra la pared. De algún modo, las mujeres habían superado su tirantez y ahora solo compartían risas.
Renata tomó un brownie, imitando a Mirian, que ya probaba el suyo con los ojos cerrados y una mueca de satisfacción genuina.
—Mmm... Tenías razón, están deliciosos. ¿Los hiciste tú? —Mirian vio asentir a su visita—. Qué manos tan dulces —finalizó.
Renata solo asintió. No podía creer que Mirian se cubriera la boca con la mano mientras hablaba y volvía a masticar. Le pareció un gesto de una falta de clase enorme. Tanto la distrajo que Renata mordió demasiado cerca del centro de su brownie. Se cubrió el borde de la boca con la mano cuando el relleno empezó a caer. Mirian, atenta, tomó una servilleta de papel y se la ofreció.
Renata tragó saliva y miró la servilleta de papel. Luego miró a Mirian, que sonreía, esperando que se limpiara. La mano le tembló. Renata la ocultó entre el borde de su pierna y un cojín del sofá.
—¿No tendrás servilletas de tela? —pidió.
Mirian se quedó con la boca entreabierta, sin entender del todo. Luego se levantó y asintió.
—En la cocina —avisó, juntando las manos sobre el vientre—. Ahora te traigo una.
Renata asintió. En cuanto se quedó sola, soltó la servilleta arrugada junto al plato. Se dio cuenta de que, sin querer, la había apretado hasta convertirla en un cúmulo de arrugas. Intentó disimular. Tomó el papel por un borde y lo alisó una y otra vez. Cuando concluyó que no podía devolverle su aspecto normal, la dobló y esperó que Mirian no se diera cuenta.
Mirian volvió a la sala y le entregó una servilleta blanca de tela, con un bordado delicado en las esquinas. Luego tomó asiento. Renata la observó, retiró la mano y se limpió la boca.
Mirian la observó un segundo, inclinando apenas la cabeza, justo para incomodarla.
—Perdón —dijo, volviendo a su postura—. Es que te cubriste la boca tan rápido que pensé que te habías mordido, que era sangre y no chocolate. Tu reacción fue como si hubiera saltado un resorte. Me sorprendió y me asustó un poquito.
Mirian se rio, sin saber que su hijo seguía arriba, haciendo un esfuerzo por no reírse también.
—No, discúlpame tú. Tienes razón, exageré un poco —concedió Renata—. Pero cambiando de tema...
Mirian no respondió. Solo la observó, expectante.
Ahí viene, pensó Martín, riendo para sí.
—No sé tú —empezó Renata, inclinándose para tocar la mano de Mirian y luego volviendo a su sitio—, pero yo duermo temprano. Anoche no sé si me dormí muy temprano o si los chicos volvieron muy tarde. ¿Tú hablaste con tu hijo? ¿Lo viste cuando regresó?
Mirian entrecerró los ojos. Renata se apresuró a allanar el terreno.
—Esta mañana golpeé la puerta de Braulio. “No tengo hambre, sed, frío, calor, mamá. Déjame dormir”. —Renata se aclaró la garganta y se tocó el cuello de la blusa—. Los chicos se ponen difíciles a esta edad. ¿Puedes creer que esa es casi su respuesta por defecto?