Contrario a lo que Braulio pensaba al caer rendido en la madrugada, al despertar no sintió el techo más cerca. Se frotó el ojo derecho con el dorso de la mano y respiró con la pesadez de quien entiende que nada pasó, pero tampoco quedó atrás. La pausa había sido todo lo que aquellos hechos concedieron, y la cabeza ya volvía a su tarea.
—No.
Fue su primera declaración del día. Se concentró en el armario: el cajón de las bermudas a medio abrir, la bolsa blanca sobre la esquina, todavía con la atadura cuidadosa. Resopló, agotado, y se sentó en la cama para darle la espalda. Movió el cuello a ambos lados hasta el límite, tiró los hombros hacia atrás y enderezó la espalda hasta el dolor.
Se levantó a abrir la cortina. El dolor repentino en los ojos le dijo que no había sido buena idea, pero pestañeó hasta tolerarlo. Al mirar afuera, la sombrilla seguía abierta en su lugar de siempre, ondeando con la brisa. Como si nada hubiera pasado.
Apoyó la mano en el vidrio. El exterior se volvió difuso; apartó la mirada y todo recuperó nitidez mientras la mano se volvía confusa. Bajó la cabeza para reír y la sacudió. El sol le iluminó la frente y el tabique de la nariz. Reconfortante, aunque insuficiente. Cerró el puño sin hablar y bajó las escaleras, sin ver la transpiración que había quedado marcada en el vidrio.
En la cocina se sentó a la isla, apoyó los codos y se cubrió los ojos con las palmas. Renata preparaba el desayuno. Lo vio entrar como quien pasa por la peor resaca de su vida e intentó no decir nada. En verdad lo intentó, acatando el consejo de Manuel de darle espacio, pero no pudo: hizo a un lado la sartén, apagó el fuego y se paró a su lado.
—¿Estás bien, hijo?
Braulio dejó escapar el aire, descubrió un ojo y la miró de lado. Renata intentó sonreír; el gesto resultó incómodo para ambos. Él no quiso debate: estiró la mano, tomó la de ella, se llevó las dos a la boca y besó la palma. Sin soltarla, se las acomodó en la mejilla.
—Mamá, por favor, ¿podemos no hablar de eso?
Renata sintió un nudo en el estómago. Dio un paso adelante, lo abrazó, le besó la cabeza y volvió a la cocina a encender el fuego.
Braulio levantó la cabeza sin separar los codos de la isla, distraído en el toque de sus propios dedos. Renata lo notó todo —cada movimiento, la humedad en sus ojos— pero no dijo nada. El contagio la obligó a darle la espalda y limpiarse las lágrimas con disimulo.
—Anoche lo vi en tus ojos, mamá —dijo él, sin quitar la vista de sus manos—. No dijiste nada, pero no pudiste disimular lo que pensabas. No querías que fuera a cenar a su casa.
Renata lo miró. Las lágrimas de Braulio empezaban a caer, pero ella solo dejó unas servilletas encima de la isla y siguió cocinando.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué nunca soy suficiente?
Cansado de esperar respuesta, tomó una servilleta y se secó la cara. Entonces se concentró en el objeto húmedo y empezó a reír, una risa que a ella le pareció salida de la nada.
—De tela —dijo, y se sonó la nariz—. Si así debe ser, que así sea, Renata.
Dejó caer la servilleta en el centro de la isla, se levantó, le sujetó la cabeza con gentileza y la besó en la frente.
—Te amo tanto, mamá.
Salió de la cocina dejando a Renata con la boca abierta. Subió las escaleras, llamó a la puerta entreabierta del cuarto de sus padres y entró al baño, donde Manuel se afeitaba con la puerta abierta.
Toc, toc.
Manuel ladeó la cabeza.
—¿Pasa algo, Braulio?
No respondió. Entró y se paró a su lado. Manuel siguió afeitándose tras una pausa, como si comprendiera que esa compañía no era negociable.
—¿Papá?
—¿Sí?
Manuel lo miró por el espejo. Le sorprendió que Braulio casi alcanzara su metro ochenta. Como si de pronto hubiera ocurrido una pausa indetectable en la conciencia de haberlo visto crecer toda la vida. Braulio calló, mirada caída, sin cálculo ni maldad en su error: solo un niño que necesitaba que alguien lo comprendiera.
—Hijo… ¿sabes cuántas puertas se golpean en la vida sin que del otro lado haya alguien para abrirlas?
Braulio negó.
—A mí no me importan todas las puertas, papá.
Manuel asintió, puso la afeitadora bajo el grifo, la sacudió y siguió.
—¿Y tú cómo sabías que esa puerta no se abrió? —preguntó Braulio.
Manuel rio, corto y seco. La confirmación de que Braulio no tenía idea de cuánto se parecía a su madre.
—Por cómo cerraste la nuestra al volver. Pensé que lo primero de esta mañana sería cambiar la puerta principal. No soy un genio, pero sospecho que eso no lo hace alguien que fue recibido donde esperaba.
—No me di cuenta, ¿tan fuerte la golpeé?
—Seguíamos en la cocina. Tu madre y yo salimos disparados de nuestros asientos. —Volvió a reír—. Tuve que cortarle el paso a Renata.
Manuel apoyó la afeitadora en el borde del lavabo y giró la cabeza para buscarle la mirada, pero Braulio no lo miró.
—Creo que quería hacerte preguntas hasta tener material para un informe policial. Aunque claro, solo es una sospecha. No tenemos antecedentes para tomarlo como verdad absoluta.
Ambos rieron. Luego Braulio recuperó la seriedad.
—Perdón, papá.
—Tranquilo. ¿Quién no ha tenido dieciocho años y ha cerrado una puerta demasiado fuerte? No hagamos un drama.
—No. —Braulio calló, sintiendo la mirada de su padre—. Estuve pensando y no recuerdo la última vez que te dije que te amaba.
—Braulio…
Manuel siguió afeitándose, como si no tuviera importancia. Braulio lo miró atónito. Manuel bajó la mano al borde del mueble.
—Dime una cosa: ¿al lado de quién te paras cuando el mundo pesa demasiado? —Braulio asintió, entendiendo—. No necesito que me lo digas para saberlo. Y si he hecho las cosas bien, tú tampoco deberías necesitar que te lo diga.
Braulio sonrió cuando su padre lo besó en la cabeza. La mano de Manuel resbaló de su espalda cuando se alejó.
—¿Papá? —giró de nuevo—. ¿Cómo lo haces?