El agua que quema + ia

Capítulo 3: ¿Importa?

En la mañana siguiente, Braulio despertó con el sonido del despertador de Renata. No entendía por qué su madre programaba una alarma en vacaciones. Pero ya no le sorprendía. Dieciocho años con ella y todavía había cosas que se le escapaban. Como él mismo empezaba a escaparse de ella.

La noche anterior, Renata lo había esperado para interrogarlo. Quería saber por qué Martín se había ido. Braulio le dijo que no sabía, que no lo había escuchado bien. Renata le recordó cuando era niño, cuando se lastimó la cabeza por no hacer caso. Braulio puso los ojos en blanco y se fue a dormir.

Esa mañana, el despertador se detuvo. Braulio miró por el ventanal. La playa estaba vacía. Y entonces lo vio. Alguien estaba sentado bajo la sombrilla. Una playera blanca. Una bolsa blanca al lado. La figura le resultó familiar.

Braulio se vistió rápido. Bajó las escaleras. Pero su madre lo interceptó.

—¿Estás despierto tan temprano?

—Voy a salir.

—La gente no puede ir a la playa hasta las siete y treinta. Es la norma.

—¿Y a mí qué me importa la norma?

—¡Braulio!

Renata frunció el ceño. Iba a seguir, pero Manuel intervino desde la habitación.

—Déjalo que vaya. ¿Has visto algún inspector por aquí? Yo solo vi manos esperando dinero.

Renata se calló. Braulio sonrió y salió.

Bajó las escaleras del porche. La arena estaba fría. Sus manos se cerraron y se abrieron. No entendía por qué le daba tanta importancia a ese reencuentro.

Llegó a la sombrilla. Estaba vacía. Solo quedaba la bolsa blanca sobre la toalla. Miró hacia la casa de Martín. Nada. Quietud absoluta.

Se arrodilló y tomó la bolsa. La apretó. Reconoció la tela. Su short. La atadura era cuidadosa. Alguien lo había cerrado con precisión. Pero no lo abrió. Lo dejó tal cual.

Si su short había vuelto, era porque Martín lo había dejado ahí. Pero ¿por qué no llamó a la puerta? ¿Por qué lo dejó con el riesgo de que alguien más se lo llevara?

Braulio miró hacia el ventanal de Martín. Un brazo tiró de la cortina. Blanco. Pálido. No lo suficiente. Luego sintió una mirada en su nuca. Se giró. Renata estaba en el ventanal de su casa, de brazos cruzados, observándolo.

Braulio levantó la bolsa para que ella la viera. Era su respuesta. Un paso antes del interrogatorio.

Esa tarde, Braulio se ofreció a acompañar a su padre a la ciudad. Renata no estaba contenta, pero Manuel aceptó. En el auto, Braulio miraba por la ventana. Manuel lo observaba de reojo.

—Cualquiera diría que los problemas de la adultez te están consumiendo sin siquiera tenerlos.

Braulio sonrió sin ganas.

—¿Alguna vez te preguntaste por qué perseguimos, empujamos, conseguimos, si igual vamos a morir?

Manuel no se alarmó.

—Esa es la puerta, hijo. Todos decidimos si cruzamos aceptando la vida como un regalo o si nos quedamos viendo cómo otros viven lo que nosotros entendimos como una broma cruel.

—¿Y tú qué elegiste?

—No sé si hubo una revelación. Lo más cercano es que ustedes merecen la mejor versión de mí. Por eso me levanto todos los días.

Braulio se quedó callado.

—Tu madre no es mala persona —continuó Manuel—. Es otra categoría. Cree que puede predecir la trayectoria de cada pieza que lanza al aire. Un poco aburrido, según mi opinión.

—¿Siempre fue así?

—Las personas no cambian cuando son padres. Algunos son consumidos por sus miedos, pero siempre estuvieron ahí. El amor lo potencia todo, solo que a veces no lo hace bien.

—¿Y por qué la elegiste?

—Porque decidí que era una balanza. Todos somos buenos en algo, nadie en todo. Tu madre es el motor que evita que nos estanquemos. No sabe cuándo detenerse, pero sus cualidades son irremplazables.

Braulio ya no pudo más. La mano se aferró al asiento. La cabeza cayó. El llanto lo invadió. Manuel orilló y lo abrazó.

—¿Qué pasa, hijo? ¿Por qué lloras?

—Perdón, papá. Perdón.

—Está bien. No importa qué sea. Yo siempre voy a estar.

Braulio se abrazó a él. Lloró hasta que ya no pudo más. Manuel le secó las lágrimas. No arrancó hasta que Braulio se lo pidió.

Volvieron a casa entre risas. Cargaron las bolsas. Renata tenía cara de pocos amigos. Sofía saltó al cuello de Manuel. Él la abrazó. Renata no cambió su expresión.

—¿De verdad necesitamos tantas cosas? —preguntó Renata desde la puerta.

—Creo que ya tenemos todo —dijo Manuel.

Braulio guardó los víveres. Manuel se llevó a Sofía. Renata se quedó en la cocina, observando.

—Si vas a mirar, mínimo alcanzame las cosas —dijo Braulio.

Renata aceptó. Le pasó todo. Sin cambiar su expresión. Braulio sabía lo que eso significaba.

—Vino Martín.

Braulio se agachó a recoger algo que se le había caído.

—¿Sí? ¿Qué quería?

—Saber si viste tu short. Dijo que iba a devolverlo, pero que no iban a estar después de las nueve. Que se iban a visitar a una tía.

—¿Después de las nueve? Pero si tenía tiempo de sobra. —Braulio chasqueó los dedos—. Él no debe saber que pones alarma para despertarnos temprano.

—¡Braulio!

—Espera. Dijiste que él dijo que iban a estar fuera todo el día, pero también dijiste que vino. Son las seis y cuarto. ¿A qué hora vino? ¿Martín dijo que iban a estar ahí todo el día o que eso era una posibilidad?

Braulio bajó la mirada. Una sospecha crecía.

—¿Será que vino de verdad o es una forma de ver mi reacción? ¿De averiguar por qué se fue y me dejó solo? Supongo que tampoco se lo dijo a su madre. Te quedaste sin puertas que golpear. —Rio—. No dejas de sorprenderme, mamá. Todo tienes que saberlo.

Cerró la última puerta y salió de la cocina. Renata intentó retenerlo. No lo logró.

En la sala, Manuel y Sofía miraban televisión. No lo notaron. Braulio subió a su cuarto.

Se desplomó en la cama. Cerró la cortina. Se acostó boca arriba. Miró el techo. Los libros. Los videojuegos. Nada lo distraía. Giró de lado y se quedó dormido.




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