Cuando Martín se levantó para separarse, Braulio solo miró cómo se alejaba de espaldas. Le dolían los pies: había recorrido la ciudad entera sin comer ni beber, sin dinero, porque el día de la huida no podía sacar efectivo sin que Renata le preguntara para qué. Una necesidad inexplicable lo había llevado por todos los lugares visitados con Martín hasta terminar en la costa, con la mano apoyada en la piedra y aquella imagen fija: la mano de Martín tan cerca de la suya, sin atreverse a tocar.
Entonces notó que Martín se había detenido y girado hacia él, con una sonrisa divertida esperándolo.
—¿Me vas a acompañar o te quedarás ahí?
Braulio se levantó de inmediato.
—¿Adónde…? —Se detuvo ante los ojos que reprendían la duda—. No, no tengo que planearlo todo —accedió.
—Me gustaría que vieras algo que es importante para mí.
Mirian dobló un papel y lo dejó entre los cojines al verlos entrar. Besó a Braulio en la mejilla y, cuando él dijo "señora Mirian", protestó con una sonrisa: "Dime Mirian a secas, ni que fuera tan vieja". Luego le puso la mano en la mejilla a Martín.
—Vamos a subir un momento a mi cuarto —explicó él.
—Sí, vayan. Yo estoy ocupada con una película muy interesante.
Martín abrió la puerta y encendió la luz. Braulio se quedó en el umbral, dudando.
—¿Sucede algo?
Braulio caminó hasta él. Martín se sintió intimidado por aquellos ojos color almendra tan cerca; giró la cabeza por acto reflejo. Braulio sonrió con sutileza. Martín se abrió paso para cerrar la puerta y Braulio comenzó a explorar el cuarto, tocando lo que había.
—Este debe ser el famoso ordenador con miles de canciones —dijo, presionando un par de teclas—. ¿Y qué era eso que querías que viera?
Martín dibujó tres círculos en el aire con el índice. Braulio no entendió el lenguaje.
—¿Eso es algún talento familiar? —bromeó.
—Esto quería que vieras: mi cuarto.
—Ah, pero es igual al mío.
—Por eso.
—Siempre supe que teníamos problemas de comunicación, pero no imaginé que podía ponerse peor.
—No, ¿no entiendes, Braulio? —Martín se cubrió la cara un momento—. Aquí todo es igual: mismas casas, mismas habitaciones, mismos baños.
—¿Te sientes bien? Podemos llamar a una ambulancia.
Martín suspiró. Braulio ya no pudo contener la risa.
—Hace tiempo que sé lo que estás diciendo —dijo, volviendo la vista a los objetos—. Lo que no sé es cómo conseguí este nivel de confianza. Y es divertido verte tratando de explicarme algo sin ser obvio.
Posó la mano sobre el cajón que Martín había cerrado con violencia. La fuerza del golpe lo había dejado con una rendija, y la tapa plastificada del álbum brillaba dentro reflejando la luz.
Braulio lo miró. Martín le devolvió la mirada, pero la movió al cajón de inmediato. Se le aceleró la respiración. La mirada de Martín saltó a la mano suspendida cerca del cajón y trepó hasta la cara de Braulio. No hubo palabras: solo un asentimiento contenido.
Braulio metió los dedos por la apertura. Cuando la madera cedió, Martín escuchó el movimiento como una puerta de piedra siendo arrastrada. Dentro: bolígrafos, cuadernos, una cámara gris plata y, delante de ella, un álbum de fotografías.
La mano de Braulio levitó sobre la cámara, casi a punto de tomarla, pero retrocedió. Se movió hacia el álbum. Los dedos tocaron la madera áspera en contraste con la suavidad del borde. Lo levantó todavía cerrado. El aire se sintió más pesado, tenso.
Esperó.
La mente le decía que debía darle la posibilidad a Martín de decirle «No lo veas», pero no sucedió. Braulio no entendía cómo algo podía sentirse permiso y prohibición al mismo tiempo.
«Hazlo».
El álbum no se resistió. Buscó una segunda confirmación, pero la mirada de Martín había caído. La rendición no necesitaba monólogos.
Braulio caminó hasta la cama y se sentó cerca de la cabecera, dejando un espacio a un lado. Martín lo ocupó, justo como aquellas dos veces frente al mar.
Braulio abrió el álbum. El dedo de Martín tocó la primera foto de inmediato, impidiendo que pudiera pasarse.
—Él es mi hermano, Andrés.
La imagen lo mostraba tomando el micrófono en un escenario, con gente bailando debajo.
—La cámara que viste ahí me la regaló él. —Martín señaló el cajón y luego la mesa con el ordenador—. Eso también, y la impresora. Dijo que no creía que hubiera nadie mejor que yo para ser su fotógrafo oficial.
Braulio sonrió. Una nueva fotografía apareció, también de Andrés.
—Siempre quiso ser cantante y empezaba a funcionar. La gente comenzó a contratarlo para animar eventos. —Martín rio brevemente—. Creo que Andrés es como tu madre, solo que él no te arrastraba para que entendieras que no había más opciones; lo hacía para mostrarte que todas estaban disponibles. De esas personas en las que sus sueños tienen tanta fuerza que nada puede detenerlos.
Otra foto. Otra más. Y entonces llegó la mitad del álbum.
En la fotografía, Martín estaba sentado a la mesa en una cocina humilde, sosteniendo entre las manos la caja abierta de la cámara. La sonrisa era plena y la mirada, inhibida por la emoción, se dirigía a la izquierda. Ni el lente ni el sensor tuvieron acceso a esos ojos.
—Esa es la primera fotografía. Me la tomó mi hermano el día que me hizo ese regalo. Quería que siempre recordara lo que era importarle a alguien, porque eso era lo que yo sería siempre para él. Alguien que importaba.
Braulio no dijo la pregunta que lo arrinconaba: «¿Si esta es la primera fotografía, por qué está en la mitad?».
Las imágenes siguieron sucediéndose con sus historias. En algún punto, Braulio sintió que la manera en que eran contadas importaba incluso más que lo contado. Casi como si estuviera conociendo a alguien nuevo. Alguien que podía habitar la oscuridad, pero que también sabía cuándo alejarla.
Al final, frente a él, Braulio tenía un bolsillo transparente vacío. Posó la mano encima y luego la retiró para cerrar el álbum.