A la mañana siguiente, el despertador de la habitación contigua no sonó. Braulio no entendió por qué. Afuera, el sol ya lo abrazaba todo.
Toc, toc…
No respondió. No necesitaba confirmación para saber quién estaba al otro lado, pero la frase que siempre la alejaba —ese mantra infalible— eligió no aparecer. La tensión le subió a la garganta. Intentó hablar, pero las palabras chocaron contra un muro entre la intención y el sonido.
—Hijo, soy yo. Sé que estás despierto y que vas a decirme que no necesitas nada para que me vaya, pero no puedo.
Braulio siguió en silencio, perdido en el celeste del cielo a través del ventanal. Las gaviotas ya no hacían círculos; volaban en línea recta.
—Tú jamás le pones seguro a la puerta. Solo necesito girar la perilla, pero no lo haré.
—No quiero pelear, mamá. Te lo dije ayer y nada ha cambiado. Solo quiero estar solo.
Ella se cubrió la boca con la mano, conteniendo las lágrimas.
—¿Qué sentido tiene? —dijo él, sin moverse de la cama—. No importa si te digo que no entres. En un segundo volverás a ser tú y lo harás igual. No juguemos a engañarnos.
—Está bien, Braulio. —Renata se secó una lágrima—. Si no quieres hablar ahora, no lo haremos. Solo quiero que sepas que puedo ser la madre que necesitas, pero solo si me das la oportunidad de aprender a serlo.
No hubo respuesta. Renata se retiró escaleras abajo. Braulio suspiró al oír sus pasos alejarse. El cuerpo le pesaba como una roca.
—¿Qué sentido tiene? —repitió para sí.
Su mente le dijo que el cambio solo servía si no dependía de una amenaza. Si todo volvía a la normalidad, no quedarían razones para ser diferente.
«¿Tú también sigues sin poder dejar de pensar en mí?».
Su propia mente lo traicionaba. Lo mismo que lo había despojado de voluntad, volvía a reclamarle.
—Solo fue una puerta cerrada que no tuvo a nadie detrás para abrirla. No debería darle importancia.
Braulio sentía que merecía decírselo, pero no podía, no sin aceptar cualquier excusa de Martín como justificación perfecta para dar un paso más.
—Hace semanas ni siquiera sabía de tu existencia… Tal vez lo mejor hubiera sido seguir así.
La ironía lo hundía. El sol que entraba por el ventanal se volvía rojo tras sus párpados. Entendió que no existía transporte más rápido que lo que llevaba dentro y jamás podría dejar atrás.
Se destapó. Miró el televisor, la consola, los juegos de deportes en los que nunca sería bueno. Inútiles para distraerlo.
«En mi mundo hacer algo así te puede costar un par de dientes… En mi mundo… Mi mundo».
—¿Qué mundo? ¿Qué sentido tiene un mundo diseñado para una sola persona? No hubo una parte del mío que no te permitiera entrar, ¿y qué obtuve? La puerta cerrada sin nadie esperando mi llamado.
Se levantó y bajó a la cocina. Renata lo vio entrar e intentó sonreír, sin lograrlo. Braulio se sentó a la isla y miró hacia atrás, hacia la mesa junto a la ventana panorámica. La madera brillaba como metal, el mantel era delicado y etéreo, con bordados en los que más de una vez una copa había estado a punto de volcar. Minimalista. De buen gusto. Pero allí la comodidad no importaba.
«Los catálogos son momentos congelados; la celebración del vacío».
Volvió la vista al frente. La isla, donde se desayunaba, brillaba impoluta, hostil hasta para una mota de polvo.
—¿Mamá? —Braulio entrelazó los dedos—. ¿Esos son los platos de anoche?
—Sí, hijo, ¿por qué?
Braulio miró el reloj: 7:15 a. m.
—¿Nunca se te ocurrió dejarlos para lavarlos con los del almuerzo o con los de la próxima cena?
Renata detuvo la acción y lo miró de perfil. No sonreía.
—¿Debería dejar de pensar en lo que esta familia necesita para que estés feliz? ¿Eso me estás pidiendo?
Braulio llevó las manos juntas a la cara, apoyando el mentón.
—No sé. Pienso que si no todo debiera estar siempre perfecto, tendrías tiempo para sentarte conmigo en la playa. Me gusta eso, mamá. Estar ahí para mirar cómo la gente olvida las formas.
Renata se secó las manos, se paró a su lado y le puso una mano en la espalda.
—No necesitamos ir a la playa para estar juntos. ¿Quién te dijo que sí?
Braulio percibió el cariño, pero no le alcanzó. Sonrió.
—Claro, la arena es un problema de suciedad. Aunque, pensándolo bien, ¿es eso o que no podrías coreografiar el disfrute de los otros, mamá?
Vio en sus ojos que algo había impactado, pero no se quedó a ver qué tan profundo. Se levantó y salió.
Sobre la superficie de la isla quedaron las huellas de sus palmas.
Braulio salió de la casa y regresó a su lugar bajo la sombrilla. Faltaban diez minutos para que llegara la gente, pero el mar seguía ahí. Se acomodó los lentes negros y empezó a ponerse protector solar. Entonces lo escuchó: pasos en la arena, cada vez más cerca.
Martín no dijo nada, solo extendió su toalla y se sentó a su lado. Braulio lo ignoró y, al terminar, se levantó. Martín permaneció allí, mirando al frente, perdiéndose el temblor de aquella mano, pero no el sonido del pomo al caer en medio de la toalla.
Martín no intentó detenerlo. Solo lo observó alejarse hasta entrar en su casa. Luego miró la toalla: el protector solar en medio era lo único que había quedado.