El agua que quema + ia

Capítulo 9: Claro que sí

Cuando Braulio volvió, traía a Martín casi a rastras del brazo. No le dejó otra opción: abrir la puerta, subir atrás y poner la mochila sobre sus piernas. Braulio se sentó a su lado, cerró y le recordó el cinturón mientras ajustaba el suyo.

Renata miró a Manuel, sin saber qué decir. Manuel le devolvió la mirada, pero le restó importancia y centró la atención en el invitado por el espejo retrovisor.

—Supongo que iremos de excursión —bromeó Martín, sujetando la mochila.

Manuel sonrió, miró una vez más a Renata y puso primera.

—Pero no trajiste nada —dijo Renata, con el hombro pegado al borde del asiento para verlo de lado.

—Le presto mis cosas, mamá —intervino Braulio, seco.

Braulio notó la incertidumbre en los ojos de Martín. Esa mirada lo había obligado a intervenir. Renata se acomodó, sin más opciones. En el fondo, los chicos intercambiaron una sonrisa cómplice. Manuel los interrumpió desde el retrovisor.

—¿Listos?

Braulio asintió. La camioneta arrancó.

El viaje fue ameno para los amigos. No hablaron mucho, pero no lo necesitaban. Renata forzó el oído, tratando de entender; los diálogos entre susurros le resultaron indescifrables. Frustrante.

Manuel no se perdió nada: ni a ellos, ni a su esposa, ni el camino. Repartió la mirada entre todos sin que nadie lo notara. Sofía, en cambio, estaba en otro mundo. Su carta importaba más que cualquier tensión.

Al llegar, y pese a la desaprobación de Renata, Braulio y Martín se alejaron del grupo. Sofía hizo lo mismo, aunque no demasiado. Aprovechó el banquito de madera que su padre acababa de bajar del maletero y se sentó junto a la camioneta para pulir su obra. La misiva se resistía a quedar perfecta.

Manuel sonrió al ver que Sofía ya había reclamado el banco. Luego buscó a Renata, de espaldas, unos metros más allá. Siguió la dirección de su mirada: Braulio y Martín, junto a un arroyo. Manuel negó. No iba a quedarse de brazos cruzados.

—Renata, ¿dónde quieres que ponga la mesa? —llamó.

Ella giró.

—¿Qué?

Manuel agitó la mesa plegable.

—¿Dónde la dejo? ¿Dónde la acomodo?

Renata se sujetó el costado de la cabeza, pensó y señaló unos metros.

—Ahí el terreno está parejo. Va a quedar estable.

Manuel llevó la mesa y la acomodó con una sonrisa. Cuando volvió a mirarla, Renata ya estaba otra vez pendiente de los chicos. Para ella era incomprensible que esos futuros adultos no necesitaran supervisión.

—¿Y de la organización también me encargo yo? —insistió Manuel.

—¡No, no, ya voy yo! —casi gritó ella.

Renata fue a la camioneta y sacó un mantel blanco de tela. Lo acomodó sobre la mesa con dedicación. Dio los toques finales con la punta de los dedos, se enderezó y sonrió. Satisfecha. El ritual con lo demás no fue distinto.

Manuel, mientras tanto, revisaba la parrilla de leña. Renata le lanzó un dardo.

—Te dije que era mejor comprar la de gas. No vi ninguna bolsa de leña en el maletero. Prefiero creer que estoy ciega y no que te olvidaste de comprarla, Manuel.

Él dejó caer la cabeza y negó.

—Renata, estamos en la base de la montaña. ¿No ves que está lleno de árboles?

—¿Y con qué hacha vas a talar un árbol? Tampoco hay ninguna.

—No voy a ser leñador por un día. Solo voy a recolectar ramas secas.

—Si tú lo dices —lanzó Renata, poco convencida.

Luego se olvidó de él y volvió a contemplar su obra. Todo impecable, ordenado al milímetro. Como debía ser.

Lejos de allí, Braulio y Martín seguían en lo suyo.

—No sabía si querrías venir. Tardaste en responder —dijo Braulio, mirándolo de lado.

Martín se pasó la mano por la nuca.

—No fue eso lo que me preguntaste primero. ¿Cómo iba a decir que sí quería venir si ni sabía que me ibas a invitar?

Braulio asintió y pateó una piedra al agua. Metió las manos en los bolsillos.

—Es que ni yo sabía que íbamos a venir.

Lo dijo directo, casi monótono, con los ojos clavados en las ondas.

Martín asintió.

—¿Entonces venir aquí fue idea de ella?

—Siempre es idea de ella.

—Mmm…

Braulio lo miró, sin entender la respuesta vaga. Martín suspiró y decidió darle más.

—Ella quería que ustedes vinieran. Algo familiar. Y a ti te pareció buena idea que yo viniera con ustedes. Supongo que eso explica por qué siento que su mirada me apuñala la nuca.

—¡Chicos! —llamó Manuel a sus espaldas.

Ambos giraron. Manuel llegó, le sujetó el hombro a Martín y luego los miró a los dos.

—Me olvidé de comprar la leña. Voy a buscar y necesito ayuda.

Los dos miraron hacia los árboles, pero Manuel se apartó de Martín y se puso al lado de Braulio.

—Él puede ayudarme. De ti necesito que te quedes con tu madre —explicó.

—¿Qué? ¿Por qué?

Manuel ahogó la risa.

—Porque no solo un padre debe estar para su hijo. A veces un hijo tiene que cubrir a su padre: distraer a la madre cuando ya terminó con la paciencia del esposo.

Braulio miró a Martín. Martín solo sonrió y se encogió de hombros.

Manuel siguió la interacción silenciosa y se dio por satisfecho.

—¡Perfecto! Todo arreglado —dijo, riendo.

Braulio se quejó por lo bajo mientras volvía con Renata. Giró y vio a su padre rodeando el cuello de Martín con un brazo, gesticulando con el otro. No le preocupó dejarlo solo con Manuel. Al contrario: pensó que su padre lo había decidido así para que Martín no se sintiera fuera de lugar.

Braulio llegó a la mesa y se sentó a observar. Sofía seguía en el banquito, pero ahora parecía una acusada en el banquillo: manos sobre las piernas, espalda recta, mirada fija en su madre. Renata, a su lado, leía la carta que la niña había escrito para Martina. Le pidió un bolígrafo y empezó a corregirla.

Braulio rio y tomó una aceituna del frasco de cristal.

—¿Qué haces, mamá? —preguntó, viendo cómo ella levantaba una ceja—. Son niñas. No creo que a Martina le importe si los puntos, las comas o las tildes están bien puestos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.