El agua que quema + ia

Capítulo 10: La luz ausente

Martín volvió a casa con una sonrisa que le nacía de la ansiedad.

—Sé que debí preguntarte antes, pero Braulio viene a cenar esta noche. ¿Está bien?

Mirian lo pensó.

—Lo bueno de cocinar y guardar es que te saca de apuros cuando alguien hace planes por su cuenta y luego te los arroja en la cara. —Negó, sin reprobación—. Toma: mamá, Braulio viene a cenar, prepara algo para nosotros.

Martín rio y la besó en la mejilla como disculpa. Ella le sostuvo la cara con las manos.

—Ve a prepararte. Mamá puede encargarse de todo.

La sonrisa de Mirian se disolvió cuando la ilusión de él se la llevó lejos.

—¡Cuidado! —le pidió al oírlo subir la escalera.

Luego volvió la vista al televisor, pero no siguió las imágenes. Juntó las manos sobre el regazo y empezó a girar la sortija de un dedo con los de la otra.

En el cuarto, Martín escogió sus mejores prendas: un conjunto casi negro, solo diferenciado por los zapatos marrones. Se duchó, luchó con la temperatura del agua y, minutos después, se paró frente al espejo y lo limpió del vapor con la mano. La luz que llevaba tanto tiempo ausente de sus ojos parecía haber encontrado el camino de vuelta. Y la sonrisa, la más honesta, también estaba ahí.

Entonces la esquina del espejo le devolvió la imagen de sus costillas: la herida que quizás nunca lo abandonaría del todo. Martín ya no pudo sostener la cabeza en alto, ni la sonrisa, ni retener la lágrima que escapó para romperse frente a sus pies.

Negó. Volvió al cuarto, respiró profundo y se vistió tratando de evadirse. Regresó frente al espejo y descubrió la más cruel de las verdades: lo que ya lo había invadido no iría a ningún lugar.

—¿Qué estoy haciendo?

Su mirada se clavó en la tapa metálica del desagüe. Tragó saliva y negó, con los dientes apretados y las manos aferradas a los lados del mueble blanco.

Fue directo a la cajonera para tomar dinero. Junto a este, un álbum de fotos sin llenar y la cámara que le había regalado el que ahora solo podía permanecer ausente. Cerró el mueble de un golpe seco. Recogió un abrigo sobre la cama.

«Si tienes frío, toma mi abrigo», pensó que podría haberle dicho a Braulio esa noche, pero eso ya no sería posible.

Bajó las escaleras y se detuvo en el umbral de la sala. Mirian estaba en la cocina, tarareando una canción mientras preparaba todo para ellos dos. Martín no fue capaz de decirle nada. Salió sin que ella lo notara y caminó hasta quedar frente a la casa del vecino. Vio a la familia reunida alrededor de la isla, pero no pudo encontrarlo. Levantó la cabeza hacia su izquierda: la cortina y la luz interior mostraban que Braulio seguía en su habitación preparándose.

«No puedes hacerle esto», pensó. Pero ya era demasiado tarde.

Giró el cuerpo a la derecha y caminó sin volver la vista. Había un autobús rumbo a la ciudad que debía tomar como la única salida que pudo encontrar.

Poco después, Braulio entró a la cocina y encontró a su familia ya sentada a la mesa. Manuel y la pequeña Sofía festejaron con aplausos al verlo así de arreglado. Él sonrió y se sonrojó.

—Solo vine a avisarles que ya me voy.

Renata lo miró. Tenía las mismas ganas que los demás de felicitarlo, pero no pudo decirlo ni permitir que su cara lo demostrara. Aparentando sordera, se llevó otro bocado a la boca.

Nadie opuso resistencia; lo alentaron a irse y disfrutar la velada. Todos menos Renata.

Braulio asintió y se dirigió a la puerta escuchando su propio corazón latir.

—Todo está bien, no hay ninguna razón para estar nervioso —se dijo.

Llamó a la puerta vecina.

—¡Voy! —contestó Mirian desde la cocina.

Se limpió las manos con un trapo y abrió.

—Braulio, querido —saludó, y se acercó a darle un beso en la mejilla.

Braulio tuvo que agacharse para aceptarlo, algo que hizo con una sonrisa.

—Espera —dijo ella, con la mano sobre su pecho—. ¡Martín, ya llegó Braulio! —llamó, mirando el umbral de la sala y las escaleras.

Esperaron un tiempo prudente. Al no recibir respuesta, Mirian pensó lo más obvio:

—Quizás todavía no esté listo. ¿Quieres ir a decirle que ya estás aquí? —Levantó la mano con el trapo y simuló secarse la frente—. Yo no puedo acompañarte porque se me quema la comida.

Braulio miró las escaleras y, después de tragar saliva, subió.

Toc, toc…

—¿Martín? Soy yo, Braulio.

…

TOC, TOC…

—¿Martín? ¿Está todo bien?

Braulio bajó la cabeza y desvió la mirada hacia el inicio de las escaleras. Quiso levantar el brazo, llamar una última vez, pero el impulso se quedó a medio camino.

«¿Y si él se arrepintió? ¿Si yo no debería estar aquí, insistiendo?», pensó.

Bajó las escaleras. Mirian, que salía de la cocina, se encontró con él en la base.

—¿Y Martín? ¿Todavía no está listo?

—No sé, no me respondió. Quizás se sienta mal.

—¿Que se siente mal? No, no puede ser, Braulio. Cuando llegó, Martín estaba perfecto. —Negó con la cabeza—. Ven conmigo —pidió, tomándolo del brazo para guiarlo de nuevo arriba.

TOC, TOC, TOC…

—¿Martín? —Miró a Braulio y le sonrió en mueca, sin poder esconder la preocupación—. Braulio está aquí y la cena ya está lista. ¿Recuerdas que lo invitaste, hijo?

Mirian habló tan cerca de la puerta como pudo, casi en puntas de pie.

—Voy a entrar, Martín; puedes cubrirte si no estás presentable.

Giró la perilla y, al descubrir que la puerta no tenía cerrojo puesto, no perdió tiempo para internarse en el cuarto. Braulio se quedó en el umbral siguiendo a la mujer en medio de la oscuridad hasta que ella encendió la luz. Mirian buscó a su hijo en el baño y no le quedó más opción que volver junto a Braulio.

—No sé qué habrá pasado. Si quieres, podemos empezar a cenar nosotros mientras lo esperamos —ofreció—. Quizás Martín fue a buscar algún detalle que quería darte. Estaba tan emocionado con que tú vendrías que quizás por eso se le olvidó decirme.




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