El agua que quema + ia

Capítulo 4: El escozor

A la mañana siguiente, Braulio despertó antes que el despertador de Renata. Llevaba minutos mirando el techo. Como si quisiera saber cuándo el sol terminaba de iluminar todo, aunque la cortina siguiera cerrada.

Suspiró y salió del cuarto. En la planta baja no había nadie. Pero arriba, en el pasillo, había escuchado ruidos en la habitación de sus padres. No tardaría en tener a Renata cerca.

Braulio estaba bajo el umbral de la sala cuando escuchó pasos bajando. No volteó. Sintió que los hombros se le volvían más pesados. Que la tensión le tomaba la espalda. Pero sabía que no había razones reales para eso.

Manuel apoyó la mano en la espalda baja de su hijo.

—No soy experto, pero creo que la gente primero se sienta en el sofá y después lo enciende.

Braulio rio.

—¿Será, papá?

Manuel rio también. Le dio un beso en la frente y se fue a la cocina.

—En un minuto baja tu madre. Yo haría el desayuno, pero ya sabes lo que dice ella. No queremos que queme la casa.

Braulio se sentó en el sofá. Nuevos pasos en la escalera. Otra vez eligió no mirar. Los pasos se detuvieron a su espalda, bajo el umbral. No necesitaba ver para saber: Renata estaba ahí.

En la cocina, Manuel se aclaró la garganta. Braulio escuchó cómo el movimiento de su madre se retomaba hacia la cocina. Sonidos de cacerolas. Cubiertos. Una conversación entrecortada. Mitad susurros, mitad voces contenidas.

«¿Qué vamos a hacer con Braulio?», pensó. Solo necesitaba levantarse y moverse unos metros para entender lo que decían. Pero no quería.

Alguien vino hacia él.

—Hijo, tu madre quiere saber qué te gustaría desayunar.

Braulio lo pensó.

—¿Está bien si no quiero comer nada todavía, papá?

Manuel no respondió. Volvió a la cocina. Braulio entendió que la noticia no había caído bien. Los tacones impusieron el ritmo de la urgencia. Renata apareció en la sala.

—¿Qué es eso de que no quieres comer? ¿Te sientes mal?

Intentó tocarle la frente. Braulio esquivó la mano. Estiró el brazo sobre el respaldo del sofá y se hundió en el asiento.

La preocupación de Renata era real. Más de una vez le había llamado la atención por las cantidades que comía. Le había recordado que debía agradecer su buena genética. Caminar en vez de rodar.

«Hay personas que no pueden beber un vaso de agua sin que al día siguiente toda la ropa les quede chica», recordó. «¿Empatía selectiva, mamá?», pensó. «¡Braulio!», respondió la voz de su madre en su mente.

Braulio entendía que el problema real de Renata no era con los cuerpos fuera de la norma. Era con todo lo que parecía estar fuera de control.

—Renata, ya dijo que no quiere comer.

Manuel intervino desde la cocina.

—¿Te parece normal que él, justo él, no tenga apetito? ¿Nos cambiamos a un universo paralelo?

—No, lo que no me parece normal es que estés montando este drama porque nuestro hijo despertó sin apetito.

Braulio no quiso observar la discusión. La pared de la sala fue útil unos segundos. Pero la mirada terminó por caer. Agradeció que Manuel estuviera ahí. Dispuesto a marcar un límite.

—Tengo dieciocho años, Renata. ¿No te parece que si tengo hambre puedo buscar qué comer? La cocina está llena. ¿Qué te hace pensar que no podría freír un huevo?

Renata se indignó. Sintió que estaban en su contra. Cargando la rabia, emprendió el camino a la cocina. Manuel le sonrió a Braulio con una mueca difícil de sostener y siguió a su esposa. El conflicto no se quedó en la sala.

—¡No me puedes desautorizar así delante de mi hijo! ¿Escuchaste cómo me llamó? ¡Renata! No mamá. No mami. ¡Renata!

—No te quiero desautorizar. El hecho de que nuestros hijos no podrían tener una mejor madre no se discute, pero… —Manuel suspiró—. ¿No entiendes que Braulio te está pidiendo que lo escuches?

—¿Que lo escuche? ¿Cuando yo no he…?

Braulio no soportó más. Se levantó del sofá y salió al exterior. La playa seguía vacía. Faltaban cinco minutos para que la gente pudiera llegar.

Miró al frente. El oleaje. La espuma. Luego giró a la derecha. La casa vecina. Sonrió. Pensó en ir hasta esa puerta. Descubrir si Martín estaba ahí. Entonces negó. Si la observación del día anterior era correcta, solo le quedaba esperar. Darle la oportunidad de elegir el momento para volver.

«Quizás esa fue una invitación que no supe entender», pensó mientras se sentaba bajo la sombrilla. «Si él me ve aquí, puede que entienda que la mía también es una invitación», siguió pensando.

Los giros en la cabeza en busca del ventanal vecino se acumularon. La decepción fue una cortina que seguía cerrada. Que no cedería a ninguna intención por abrirla.

Braulio abrazó sus piernas. Apoyó el mentón en las rodillas. La hora prematura le decía que no podía llamar a la puerta vecina. Sería descortés. Y la discusión que sabía que seguía dentro de la casa le decía que no podía volver sin quedar expuesto.

Aquello no dejaba de sorprenderlo. La familia había tenido dinero desde siempre. Todo lo que pedían les era dado. Pero esa mañana, al revisar sus bolsillos, sintió el frío de que todo se revelara como una ilusión. No había ni un billete. Nada con lo que pagarse un viaje a la ciudad. Deambular sin rumbo. Sentarse a comer en alguna cadena rápida.

«¿Qué haría él?», se preguntó. Recordó sus palabras: «Cuando no tienes dinero, lo que vas a hacer en el verano no entra dentro de tus preocupaciones. Solo haces cualquier cosa que surja con tus amigos que tampoco lo tienen».

Pensó en Manuel. En el secreto compartido. Sonrió. Una vez más, Manuel había demostrado estar un paso adelante. Pero Braulio se había dejado sin la posibilidad de tomar ese salvavidas.

«Camina, no importa dónde», pensó al intentar descifrar el significado de su frase. Abandonó la conclusión con un golpe del dorso de la mano que sacudió la arena. Frente a los ojos no quedó más que una nube de polvo que se disipó.




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