El agua que quema + ia

Capítulo 17: Retorno

Martín no pudo mantener el buen ánimo tras otro día sin ver a Braulio. Pensó que eso había quedado atrás, pero la ausencia le decía que no del todo.

De espaldas al ventanal, con la luna filtrándose entre las penumbras, pasaba las fotografías del álbum que nunca terminó de llenar. Sin nadie que pudiera verlo, no tenía que retener las lágrimas; no necesitaba demostrar cómo una herida, aunque cicatrizada hacía tanto, jamás dejaría de doler.

Vestidos de fiesta, sonrisas alegres. Momentos irrepetibles preservados por la presión sobre el disparador de una cámara.

«Sé quiénes éramos entonces», pensó.

La valentía como bandera. Las palabras que nunca debieron ser pronunciadas. El miedo irracional. Lo irreparable. Una sucesión de eventos que no se pudo predecir.

Otro movimiento en busca de la fotografía al otro lado del bolsillo transparente.

«Esto es para ti», recordó.

Los ojos se cerraron con la fuerza del que desea ya no tener que ver. Las lágrimas bajaron por la cara.

Como la norma desde que aquello sucedió, el orden dentro del álbum seguía perdido. En el medio estaba la fotografía que correspondía al principio. La que activó la lente por primera vez.

«La compré para ti. ¿Quién mejor que mi hermano para ser mi fotógrafo oficial?».

Había pasado más de un año desde que esa vida llena de sueños se apagó. Desde que el que siempre estuvo ahí para cuidarlo abandonó su tarea por elección ajena.

«Era para mí», pensó cuando las lágrimas le nublaban la visión otra vez.

Y el momento siguiente, aquel que representaba el inicio del descenso, le arrebató toda la atención.

«Me gustaría hablar contigo, César».

La mirada que recibió fue la del total desconcierto.

«Somos amigos desde la primaria».

Los ojos ajenos siguieron sin entender.

«No sé qué me pasa, pero quiero que lo sepas. Por eso te invité esta noche».

El miedo en forma de rechazo.

Aquel que recibió los sentimientos sin equivalente guardó silencio tras la contundencia del rechazo que devolvió.

Martín solo recibió un no, pero nunca pensó que aquello no se quedaría allí.

Alguien más escuchó sobre esa noche; la confesión equivocada. Alguien que sintió crecer el desprecio y el odio en su interior. Un ser que, arrastrado por la indignación, llegaría al borde de la locura. A lo que creyó justicia. La misma persona que decidió ponerle un punto final.

«Era para mí», repitió Martín dentro de la mente que lo llevó de vuelta a aquel momento.

Entonces sucedió.

Aquel que siempre estuvo, el que siempre lo cuidó. El que le dio aquella cámara sin saber que se volvería una carga, sin dejar de ser el mayor tesoro para Martín. Para protegerlo en esa ocasión, tuvo que dar algo más: lo más valioso que él tenía, y lo hizo sin dudar.

Y entonces sucedió.

El álbum con su último bolsillo transparente vacío recibió el peso del resto que se desplomó encima de él.

Cerrado.

Martín no podía seguir viendo aquello; sabía que el pasado nunca cambia sin importar cuántas veces se lo mire.

La cámara dentro del cajón recibió a su compañero de duelo otra vez y Martín sintió el impulso de la necesidad de calma.

Mirian no le dijo ni le preguntó nada cuando lo vio atravesar la sala. Algo en su caminar le dijo que él se dirigía al único lugar donde necesitaba estar.

Los escalones en la entrada de la casa vecina. Otra vez. El ventanal. Las cortinas abiertas que le permitieron al ocupante ver la proximidad del visitante.

Martín reclamó el lugar en aquel porche con la puerta a la espalda que no se atrevió a golpear. Solo importaba la certeza de que él estuviera cerca.

La playa estaba oscura más allá de las farolas junto al camino asfáltico. El espejo líquido permaneció paralizado en la distancia, ocultando el mundo completo que existía en sus profundidades.

No importaba. No todo tenía que encajar en un molde perfecto. Solo estar.

«No puedo darte más. Ni siquiera llamar a la puerta, y hasta quizás, nunca pueda estar como se debe», pensó.

Giró la cabeza para mirar de reojo, por sobre el hombro. La puerta se abrió.

Braulio se sentó a un lado en los escalones mientras lo observaba con detenimiento. Martín no pudo sostener la mirada cuando lo vio de vuelta. Los ojos buscaron una salida, pero la mente lo trajo de vuelta.

«¿Por qué no llamaste a la puerta?». Martín intentó sonreír cuando sabía que podría jurar que escuchó la voz de Braulio haciéndole esa pregunta. No lo hizo, ni siquiera en mueca.

—Creo que no voy a poder llamar a la puerta hasta que te pida perdón por lo que te hice —aceptó.

Braulio dibujó un gesto que pretendía calidez, pero resultó amargo para ambos.

—¿Ya eres capaz de anticipar lo que voy a decirte o solo te has vuelto mejor detective?

Martín sonrió todavía sin mirarlo. Mantuvo la cabeza baja, concentrado en los pies un par de escalones más abajo.

—Puede que sea lo más lógico y correcto después de lo que pasó.

—¿Qué? —Braulio negó—. Robando las palabras que me dijiste alguna vez: no es tu culpa.

«¿Cómo se puede ser tan fuerte y frágil a la vez?». Martín no pudo evitar el pensamiento aunque sí pudo guardarlo para él mismo.

La mirada de Braulio bajó. La mano de Martín estaba a un lado y sin pensarlo intentó tomarla. Detuvo aquella acción a medio camino cuando notó que los tendones se movían, lo miró de nuevo. Martín no dijo nada, Braulio pudo ver cómo el iris volvía desde la orilla al centro y la mano se relajaba sin haberse movido un centímetro. Lo entendió como un permiso.

—Confía en mí, solo quiero que entiendas que no es un perdón vacío. La fractura siempre estuvo ahí, Martín, tú solo la hiciste más visible.

Braulio le tomó la mano y la llevó al costado izquierdo de su cabeza. Martín tragó saliva mientras Braulio la guiaba, haciendo que la yema de los dedos sintiera el relieve y comprendiera la extensión de la cicatriz que tenía bajo los cabellos.




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