Cuando Manuel bajó a la cocina, Braulio estaba allí de nuevo. Renata le había servido el desayuno y ahora solo lo veía comer. Manuel se acercó a la isla, atraído por las servilletas dobladas y apiladas, y les pasó el dedo por encima como queriendo hurgar entre ellas. Renata lo miró sin entender.
—¿Vas a desayunar, Manuel? —preguntó con una sonrisa.
Él detuvo el dedo y alzó la vista. La boca le había quedado entreabierta y entonces, con un movimiento rápido de la cabeza hacia atrás, pareció comprender algo.
—No, voy a comer algo cuando vuelva. Ahora tengo que salir un momento.
Braulio levantó la vista, pero no habló. Tenía la boca llena y masticaba con sutileza.
—¿Salir tan temprano? ¿Adónde irás, Manuel? —insistió Renata, buscando respuestas en la expresión de su marido. Dividió la atención entre ambos, como si creyera que entre los dos había un código del que ellos elegían dejarla fuera.
—¿Me necesitas aquí para algo, Renata?
—No, pero…
—Bueno, entonces ahora voy a salir y cuando vuelva voy a desayunar. Justo como lo dije antes.
Manuel miró a Braulio, pero él ya había bajado la vista al plato.
—Creo que esta familia necesita algo y, como padre, es mi obligación conseguirlo. Así de simple —sentenció.
Renata volvió a sentirse en el limbo cuando Manuel se retiró y, sin más opción, acudió al único presente que quedaba.
—Con tu padre revisamos juntos la lista de víveres tres veces, ¿qué puede faltarnos todavía, Braulio?
Él se limpió la boca con una servilleta, llevó los trastes a la pileta y, al pasar al lado de su madre, respondió:
—No sé, pero a mí me sonó como que papá creyó que tenía una misión.
Ella suspiró y se aproximó a la puerta para ver a Braulio a media escalera.
—¡Braulio, hijo! Fíjate si Sofía ya se despertó y dile que baje a desayunar.
Él obedeció. La puerta de Sofía estaba abierta, así que no necesitó llamar. La observó sentada en la cama, dándole la espalda, y se sentó junto a ella para rodearle la espalda con el brazo y apoyarle el mentón sobre el hombro.
—¿Me escuchaste, Sofi?
—Sí. Bueno. En un momento iré.
Sofía jugaba con muñecas a las que enfrentaba entre sí.
—¿Qué estás haciendo con ellas? ¿Eres organizadora de peleas clandestinas de muñecas? —bromeó y le besó el hombro.
Sofía rio y se alejó por las cosquillas.
—Estoy viendo.
—Ahhh… viendo. ¿Y qué se supone que estamos viendo?
—Es que… —Sofía se acomodó de frente y puso las muñecas en medio de ambos—. Esta es Martina y esta otra soy yo.
—Pero ¿no estabas escribiendo una carta para tu amiga? ¿Cambiaste de opinión?
Sofía negó y se llevó las manos en puño bajo el mentón, sin mirarlo.
—Es que ya no le voy a dar la carta.
Braulio frunció el ceño, simulando darle importancia al asunto.
—¿Y eso por qué? Pensé que querías arreglarte con tu amiga.
—¿Te acuerdas cuando le mostré mi carta a mamá y ella la corrigió, Braulio?
—Ajá, sí. ¿Y qué hay con eso?
Sofía suspiró.
—Después le mostré la carta a tu amigo Martín y él me dijo que estaba muy bien, pero que podía ser mejor si no se la daba a Martina.
Braulio contuvo el gesto de confusión.
—¿Eso te dijo él? ¿Y también te dijo por qué?
—Me explicó que las palabras de Martina sobre mi vestido no fueron amables, pero que tampoco eran tan graves. Que era mejor si me olvidaba. Dijo que si uno empieza a acumular todo lo que le molesta, la mochila se vuelve más y más pesada hasta hacerte caer de espaldas. Eso o que, si no lo podía dejar, mejor hablara con ella en persona.
—¿Todo eso te dijo él?
—Sí.
—¿Y tú entendiste lo que quiso decir?
Sofía asintió por tercera vez:
—¡Digo, no! No entendí mucho, yo no tenía puesta ninguna mochila, pero si le decía eso a él, Martín iba a pensar que yo era tonta.
Braulio contuvo la risa y puso la mano encima de una de las muñecas.
—¿Entonces lo que estamos viendo es el ensayo de esa conversación? Quieres que todo salga bien cuando hables con ella, ¿cierto?
—Sí, ella es mi amiga. Lo que hizo no estuvo bien, pero yo la quiero y la extraño mucho.
—Y está muy bien que sea así. —Le acarició la mejilla—. Ahora ve a desayunar, así mamá no te reta, ¿sí?
Sofía se bajó de la cama con cuidado y, cuando se iba, Braulio la retuvo tomándole la muñeca para traerla de nuevo junto a él.
—¿Me darías un beso y un abrazo antes de irte, por favor?
Sofía accedió.
—Te amo mucho, Sofía —dijo cuando la niña se le aferraba al cuello.
—Yo también, Braulio —concedió ella.
La dejó irse y su mirada cayó al piso de madera cuando ella cruzó el umbral. Tragó saliva y negó con la cabeza.
Al regresar a su habitación, Braulio se quedó bajo la puerta un momento. Frente a él, la cama, el ventanal y, más allá, la playa con aquella sombrilla que había regresado y cuyo responsable ya creía reconocer. A la derecha, el armario con el cajón de las bermudas a medio abrir y la bolsa blanca cerrada.
Se acercó, estiró el dedo hacia la bolsa, pero cayó sin alcanzarla. Un segundo intento tampoco lo consiguió. La yema quedó suspendida a un centímetro de la atadura. La mantuvo allí unos segundos, pero fue inútil: comprendió que aquel objeto ya no podía devolverle ninguna clase de calor ajeno.
Kilómetros más allá, Manuel seguía conduciendo con dos supermercados ya a la espalda, por causa de la compañía que tenía a un lado. La misma que lo había llevado a recurrir al fino arte de entrar sin el uso de la fuerza, aun sin invitación.
Martín había sido lo primero que Manuel vio al salir de la casa. Lo saludó, le tocó el hombro al pasar y hasta le ofreció llamar a Braulio, pero Martín se negó.
—No, está bien. Solo me senté aquí un momento, pero si estoy molestando puedo irme a mi casa.
Manuel alzó la vista a la izquierda para confirmar un pensamiento y volvió a dirigirse a él.