Esa noche, solo el ruido de los cubiertos tuvo protagonismo en la cena familiar, pero la incomodidad subió las escaleras y se instaló en la habitación de los padres.
Renata, frente al espejo, repetía su rutina de limpieza de cutis. Ya llevaba tres algodones sin encontrar impurezas y el cuarto ya estaba en marcha. Manuel tenía la espalda apoyada sobre las almohadas, los lentes para ver de cerca y un libro entre las manos. Se veía demasiado cómodo para que ella creyera que notaba su mirada a través del espejo. El sonido de una nueva página que pasaba sin interés por nada ajeno al libro terminó de indignarla.
Renata arrojó el algodón al tacho. La garganta de Manuel se aclaró, anticipándose, pero la imagen del desinterés permaneció. Ella volvió a la cama y se acomodó bajo las sábanas, la espalda igual que él.
—Pienso que deberías hablar con él —empezó, incapaz de contenerse más.
Manuel levantó y dejó caer las cejas como si no hubiera oído nada.
—Y también creo que ese amiguito no le resulta muy conveniente. Puede que sea mejor si dejan de pasar tanto tiempo juntos.
Él no retuvo el impulso de la breve risa, pero no le ofreció su opinión ni su mirada.
—¿Te parece gracioso, Manuel? Mira lo que hizo esta noche. ¿Y si algo le hubiera sucedido?
Manuel se bajó los lentes hasta la mitad del tabique y la miró.
—¿Hablamos del mismo amiguito que tú trajiste a su vida?
Renata no respondió.
—Y no, eso no me parece gracioso; lo divertido es que creas que Martín es el verdadero problema de Braulio.
—No me parece el mejor momento para hablar de cómo todo siempre termina siendo mi culpa. ¿No me estás escuchando? Me preocupa nuestro hijo.
—No hay razón para preocuparse. Yo ya hablé con Braulio; él ya sabe lo único importante. Cuando me necesite solo tiene que buscarme.
Renata se sentó de lado frente a él.
—¿Acaso no ves lo que pasa? ¿Cómo se miran? ¿Cómo se ríen entre ellos dejando al resto al margen?
Manuel se sujetó la cima del tabique. La elección de palabras no resultaba fácil, pero eligió que no iba a importarle si Renata se enojaba.
—Justo por eso hablé con él y también con Martín. Ese chico ya sabe que no me interesa nada más que aquello que le haga bien a Braulio. Y ahora tú también lo sabes.
—¿Qué? —Renata no podía creer lo que escuchaba—. ¿Quieres decir que tú estás de acuerdo? ¿Apruebas esto, Manuel?
Manuel negó y volvió la vista al frente. Los lentes subieron, el libro se abrió.
—Lo único que yo no puedo creer es que una mujer tan brillante como tú no lo entienda, Renata. Es la vida de nuestro hijo y él no está haciendo nada que nosotros debamos corregir.
—¿Qué tendría que entender? Yo solo trato de proteger a Braulio.
—Traducción: controlar a Braulio.
Manuel se cubrió la cara con ambas manos ahogando un gruñido contenido y luego, más calmado, volvió a mirarla.
—Sí, Renata, he visto cómo se miran. También escuché cómo se ríen juntos y hasta vi cómo Braulio se siente en paz poniendo la cabeza en el hombro de Martín.
Intentó tomarle la mano, pero Renata lo evitó como si lo sintiera una ofensa.
—No voy a decirle a mi hijo que no elija a la persona que él quiera para no incomodar a otros. ¿Qué planeas, seguirlo hasta el último día de tu vida?
—¿Incomodar? Son solo sábanas, Manuel. Eso es lo que menos me preocupa. Deja de actuar como si creyeras que yo podría llegar a ser una persona tan superficial.
—¿Qué sería eso que necesitas saber para quedarte tranquila? He visto lo mismo que tú y hablé con Martín. Es un buen chico. No veo malas intenciones por parte de él y también veo que a Braulio le hace bien.
Ella dudó. Manuel logró tomarle la mano.
—¿Confías en tu marido?
—¿Y su padre?
—¿Qué tiene que ver el padre de Martín con esto?
Renata se soltó del agarre y cruzó los brazos.
—Solo lo vi una vez cuando ellos llegaron y desde entonces no ha vuelto a aparecer por aquí. ¿Eso te parece normal, Manuel? ¿Qué clase de padre desaparece por semanas?
Manuel imitó la postura sobre el respaldo.
—Espera… Cuando te pregunté por el nuevo amigo de Braulio me dijiste que lo habías visto sentado en las escaleras del porche, te dio pena y por eso quisiste invitarlo. ¿Cómo sabías que el padre de Martín no está desde hace tanto tiempo? Renata, ¿estuviste vigilando a los vecinos?
Renata puso los ojos en blanco.
—No me interesa esa familia. Vi a Martín sentado en las escaleras por varios días y también a su madre salir de vez en cuando; lo demás fue información colateral.
Manuel quedó boquiabierto.
—Tenía que estar segura de a quién iba a invitar a la casa, Manuel. De que no fuera una mala influencia.
Él no pudo más que reír.
—Veinte años de matrimonio y siempre encuentras otra manera de sorprenderme, Renata. ¿Cómo consigues que nunca sepa qué esperar de ti?
—¿Podemos volver a lo importante? —El tono no tuvo interés en ocultar la tensión—. Cuando la conocí, la madre de Martín me dijo que ella está medio sorda de un oído porque alguien le detonó un arma cerca de la cabeza. ¿Entiendes?
Manuel negó.
—¿Quieres que le prohíba a mi hijo acercarse a él? ¿Qué amenace a Martín para que se aleje de Braulio? ¿Eso te dejaría tranquila? ¿Para qué lo trajiste a su vida si ahora ese chico te molesta?
—Sí, lo sé, tendría que haber estado segura antes, pero es que… —Renata se cubrió la boca, la mirada comenzó a brillar—. ¡Manuel! Tú sabes muy bien que hay personas que nunca aprobarían esa relación, que la pueden considerar aberrante y que incluso pueden llegar a sentir la obligación de poner un alto. ¿Nunca has visto los noticieros? Hay gente capaz de matarlos.
—Sí, Renata, los he visto, sé que tienes razón, pero eso no pasa en nuestro entorno. Nadie va a atacarlos por quererse. Yo jamás dejaría que algo como eso pase.
—Ese es el problema. ¿Y si esto es más que una aventura de verano? ¿Si cuando las vacaciones terminen Braulio decide que debe seguirlo? ¿Entrar en el entorno de Martín?