—Así que es tu primer año aquí —empezó Braulio.
Martín no respondió. Estaba hipnotizado por la calma con la que Braulio tendía la toalla sobre la arena. Como si el ruido de la playa no existiera. Como si solo importara ese momento.
Braulio se sentó, se quitó la playera y se puso los lentes negros. Luego se recostó, con el brazo bajo la cabeza.
—Nosotros venimos cada año. La gente cambia, pero los de siempre siguen ahí. A esos los reconozco. A los nuevos, no.
Giró la cabeza y miró a Martín. Seguía de pie, con la toalla colgando del brazo. El short gris plata le quedaba perfecto. Braulio sonrió para sus adentros, pero no dijo nada.
—Como tú. Los nuevos son otra historia.
—¿Eso te molesta?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—¿Molestarme? ¿Qué debería molestarme?
—Que la gente cambie y algunos sigan siendo los mismos. Como que eso no te gusta.
Braulio acomodó los lentes.
—Puede que sí, puede que no. No me molesta porque es normal. Me molesta cuando los que se repiten no me caen bien. —Soltó una risa breve—. Aunque nunca he hablado con ellos. Ni pienso hacerlo.
—Y sin embargo estás hablando conmigo.
Martín rio. Braulio también. Por un momento, el aire se sintió distinto.
Martín acomodó su toalla y se acostó al lado de Braulio. El silencio se instaló entre ellos. Solo la brisa movía la tela de la sombrilla.
—Parece que te molesta tenerlo todo resuelto —insistió Martín.
—¿Todo resuelto?
—Padres con dinero, educación de punta, futuro asegurado. ¿Qué te lleva a buscar problemas donde no los hay?
—No soy el único raro. ¿Sabes lo que hace un boomerang cuando lo lanzas?
Martín lo miró. Braulio miró hacia arriba.
—¿Quién viene a la playa y no se quita la playera? ¿Es pudor?
Martín se sentó y estiró la mano.
—¿Me pasas el protector solar?
Braulio tomó la mochila y se la dio. Martín la atrapó al vuelo, casi se le cae. Se puso protector en piernas, brazos, cuello y cara. Seguía con la playera puesta.
—¿Qué hacían antes de venir aquí?
—Cuando no tienes dinero, el verano no es una preocupación. Haces lo que surge. Con los amigos que tampoco tienen. Te despides de los que se van y armas planes que no cuesten nada.
—Suena divertido. Sorprenderse. No saber qué harás mañana.
Martín le devolvió el protector. Braulio se aplicó el producto con una solemnidad que a Martín le resultó magnética.
Braulio le lanzó el pomo. Martín lo atrapó por poco.
Braulio se acomodó boca abajo.
—Pásame protector por la espalda. Hay zonas que no alcanzo.
Martín miró la espalda de Braulio. Luego el pomo en sus manos. El aire se volvió pesado. Los sonidos se apagaron. Solo escuchaba su propia respiración.
—Martín, entiendes lo que el sol le hace a mi piel, ¿no? En algún momento tenemos que entrar al agua.
Braulio esperó. Pasaron los segundos. Nada.
Levantó la cabeza. Martín ya no estaba. El pomo estaba solo, en medio de la toalla.
Braulio miró hacia el agua. Nada. Miró hacia el otro lado. Martín entraba a su casa.
No entendía qué había pasado. Pero tampoco iba a sobrepensarlo.
Se aplicó el protector solo. Se acomodó boca abajo. Y se quedó en silencio, mientras la playa seguía siendo la fiesta en la que no quería participar.
Cuando Martín entró a su casa, su madre y Renata estaban en la sala, charlando con bebidas frías.
—Martín, ¿dónde estabas?
—En la playa, con Braulio.
Renata sonrió.
—Me olvidé de decirte, Mirian. Esta mañana vi a tu hijo sentado afuera. Hablé con él y como tiene la misma edad que el mío, pensé que podían llevarse bien. —Se llevó una mano al pecho—. Culpable. Casi lo secuestré. Pero fue con buenas intenciones.
Ambas rieron.
—Está bien. Es bueno que socialicen. —Mirian miró a su hijo—. ¿Y Braulio, vino contigo? Que pase, me gustaría conocerlo.
—No. Se quedó en la playa.
Mirian asintió.
—Bueno, voy a mi cuarto.
Martín subió las escaleras rápido. Mirian lo siguió con la mirada. Algo no estaba bien. Pero no dijo nada.
—Qué raro. Tal vez vino a buscar algo. —Se dio un golpe en la frente—. ¡Qué tonta! No le pregunté.
Renata sonrió. Observó cada gesto de Mirian. Sabía que algo había pasado entre los chicos. Algo que solo Braulio podría aclararle. Si es que quería hacerlo.
Mirian levantó su vaso.
—Por las nuevas amistades. A pesar de los chicos y sus actitudes.
—En especial, a pesar de los chicos —dijo Renata.
Y ambas rieron.