Braulio seguía acostado en la misma posición en que lo encontró el amanecer. Solo se había levantado unos minutos para mirar afuera y ahora sabía que no podía salir mientras Martín estuviera en la playa, ni bajar ante la posibilidad de toparse con su madre en la cocina.
Su paz duró diez minutos. Los que tardó en oír los tacones de Renata subiendo la escalera. Ella se detuvo en el umbral: la puerta abierta.
—Es para ahorrarte el esfuerzo de llamar o abrir y entrar de todos modos —dijo Braulio, de espaldas.
—Solo me gustaría que pudiéramos hablar —dijo ella, con tono contenido.
—¿Sobre qué, mamá? ¿Qué puede existir en mi vida que tú no sepas ya?
El pie derecho de Renata se elevó, pero se quedó sobre el límite. Un segundo después retrocedió.
—No importa que la puerta esté abierta. No voy a entrar sin tu permiso.
Braulio rio, aunque esa risa no tuviera nada que ver con la alegría.
—He dejado claro más veces de las necesarias que no voy a pelear. ¿Por qué no puedes entenderlo?
—Eres irónico, sarcástico, irreverente, incluso irritante, pero nunca has sido alguien que solo dejara de pelear.
—Quizás eso debería decirte que ya no me conoces tan bien. —Bajó la vista—. Ya entendí que no tiene sentido, mamá. No hay mucho que pueda hacer frente al hecho de que a mi madre no le parezca suficiente tener un hijo que la ama.
Braulio se mantuvo ajeno a los ojos húmedos de Renata. Se levantó, llegó al ventanal y comprobó que Martín ya se había ido. Luego tomó sus lentes negros.
—Hijo, ¿adónde vas?
—El único lugar al que no me puedes seguir sin arruinar tu apariencia perfecta. —Se colocó los lentes al bajar las escaleras—. No te preocupes, estoy bien, solo quiero tomar un poco de aire. Te amo, mamá, por más difícil que lo hagas a veces.
Se dirigió a su lugar de siempre. Se sentó bajo la sombrilla, juntó las piernas, puso los brazos encima de las rodillas y apoyó en ellos el mentón. Esta vez no miró el agua: miró a la gente, metros más allá.
Sabía que una mirada lo acompañaba desde el ventanal a su espalda. Un reconocimiento que, si veía exceso de normalidad, terminaría por dejarlo en paz.
A los quince minutos se bajó un poco los lentes y revisó cada ventana de la casa con disimulo. Satisfacción: ya no había nadie. Se puso de pie y comenzó a caminar sin detenerse ni volver la vista. Sabía que la ciudad no estaba tan lejos y, de algún modo, lo estaba llamando.
Renata se dedicó el día entero a las tareas habituales. No mostró preocupación cuando a la hora del almuerzo Braulio todavía no había regresado.
Manuel aprovechó un momento a solas para cuestionarla sobre la ausencia. Ella negó cualquier pelea. Manuel lo pensó: quizás Braulio y Martín habían encontrado la manera de volver a comunicarse.
Al caer la tarde, Renata ya no pudo contenerse. Le avisó a Manuel que saldría un momento y caminó hasta la casa vecina. Llamó.
—Voy.
Mirian sonrió al abrir.
—Renata, hola, ¿te puedo ayudar en algo?
—Qué gusto verte, Mirian. Por favor, ¿le podrías avisar a Braulio que la cena estará lista en treinta minutos?
Mirian frunció el ceño.
—¿Braulio? ¿Está aquí? —dudó—. No lo vi entrar ni los escuché hablar. No estoy segura de que ellos estén juntos, pero pasa, llamaré a Martín.
Renata siguió a Mirian hasta el umbral de la sala.
—Martín, hijo, ¿podrías venir un momento? Renata está aquí.
Cuando Martín bajó, primero miró a su madre y después a Renata.
—Hola, señora Renata —saludó y volvió a Mirian—. ¿Sucede algo, mamá?
—Renata está buscando a Braulio. Deberías decirle que baje porque lo está esperando.
Martín miró a Renata otra vez. Su expresión fue la confirmación más temida para ella.
—Pero Braulio no está conmigo —avisó—. Lo vi ayer en la playa, pero no quiso quedarse. En realidad hace días que nosotros no hablamos.
Renata asintió con dificultad y volvió a su casa, los tacones abriendo orificios en la tierra por la violencia de sus pasos.
—Pero ¿dónde estará? —insistió Mirian, con las palmas apoyadas en el pecho de Martín.
Martín lo pensó unos segundos, pero no respondió.
Cuando Renata atravesó la puerta de vuelta, Manuel lo percibió como una alarma. Le prometió a Sofía volver pronto y siguió a su esposa hasta la cocina.
—¿Qué sucede? ¿Por qué estás tan alterada?
—Braulio. Fui a buscarlo a la casa vecina, pero no está ahí. —Renata se sujetó la frente—. No sé dónde pueda estar, Manuel.
Él la sujetó de los brazos y acercó la cara a la suya.
—¿Cómo que no sabes dónde está nuestro hijo? Braulio no se iría así porque sí.
—Esta mañana salió, dijo que quería tomar aire. Pensé que estaría en la playa y no quise mirar por las ventanas para darle espacio. Cuando no volvió a almorzar, pensé que estaba con Martín. Y ahora me dijo que Braulio no estaba con él. Que llevan días sin verse.
Manuel la soltó. Las llaves de la camioneta sonaron cuando las sacó del bolsillo.
—Tú quédate aquí con Sofía; yo iré a buscarlo.
Renata asintió y se secó las lágrimas.
Manuel detuvo su descenso en el primer escalón cuando se dio cuenta de que Martín estaba parado a un lado, en la parte baja.
—Martín. ¿Qué haces aquí?
—Creo que sé dónde puede estar Braulio. Quiero ayudar.
Manuel lo guio a la camioneta con el brazo sobre sus hombros. Ambos subieron. El padre no dijo nada, solo asintió y le apretó apenas el hombro. Luego puso el motor en marcha.
Manuel estacionó junto a la costa. Como Martín lo había pensado, Braulio estaba sentado en el paredón frente al mar.
—Creo que puedo hablar con él —dijo Martín—. Puedo quedarme aquí si prefiere ir usted, pero me parece que sería mejor si voy yo.
Manuel le sostuvo la mirada. Estaba más que preocupado, pero también dispuesto a darles esa oportunidad.
En cuanto Martín se sentó a su lado sobre el muro, Braulio obedeció a un impulso automático y apoyó la cabeza encima de su hombro.