La noche siguiente, Martín estaba sentado a los pies de su cama, con la cajonera frente a él y el ordenador apagado a su derecha. Sabía que, mientras el tiempo no se detuviera, el casillero con la X marcada estaba un poco más cerca.
La habitación estaba a oscuras. Solo entraba la débil luz exterior por el ventanal sin cortinas y la claridad del pasillo bajo la puerta. Martín no la necesitaba: lo que veía se bastaba con la claridad de su mente. Esa que a veces mostraba el mapa absoluto y otras prefería conceder un respiro artificial, dibujando un desvío que él no tardaba en reconocer como inviable.
Sonrió al recordar el regreso del día anterior, cuando Manuel se cansó de pasar supermercados. Eso dejó de ser necesario porque él le demostró que podía confiar; que su honestidad no supondría nada que no pudiera manejar. Manuel estaba dispuesto a escuchar sin categorizar lo oído.
Martín había sido claro: su confianza tenía un precio. Antes de hablar sin máscaras, debía darle algo a cambio, y así se lo hizo saber. Volvió a hablarle de la ciudad, del casino, de su padre, y le dijo que Braulio no sabía nada de eso; que no había podido evitar mentirle. Le explicó cómo le hizo creer que esa, junto a él, era su primera vez en la ciudad, y por qué no pudo decirle la verdad. Fue categórico: esa verdad todavía no debía llegar a oídos de Braulio.
Manuel no juzgó que se lo ocultara ni lo culpó. En su lugar, un pensamiento se adueñó de su mente, uno que parecía entender el problema de raíz.
—¿Y por qué se supone que esa realidad es la única que debería existir para ti?
Martín asintió y permaneció con la cabeza baja un momento.
—¿No tendría por qué volver ahí?
Manuel no sintió que aquella pregunta buscara respuesta.
Eso no fue todo. Martín también recordó cuando la camioneta se detuvo en el garaje, a un lado de la casa, y cómo él lo miró y volvió a apretarle el hombro. Era como si Manuel necesitara dejarle claro que estaba allí, para él, y que seguiría estándolo si le daba la oportunidad.
Entonces, en la oscuridad de su cuarto, Martín levantó la cabeza en un movimiento casi espasmódico seguido de una risa sin eco. Había recordado algo más.
El día anterior, frente a los escalones, Manuel lo invitó a entrar.
—Martín, acompáñame a llevar esto dentro.
Martín miró las manos del padre de Braulio: una pequeña bolsa con un solo producto. Algo simple, liviano, pero le pedía ayuda como si cargara una tonelada.
Ninguno necesitó explicaciones para eso, ni para las excusas vagas con las que Martín se negó a entrar. Manuel solo asintió y tendió una última soga.
—Ya sabes que estaremos aquí si en algún momento quieres pasar a visitarnos. Eres más que bienvenido, Martín.
Para Martín el conflicto no estaba en atravesar esa puerta, en tomar la posibilidad de volver a ver a Braulio cuando eso era lo que más quería; el problema era saber que las sogas nuevas no siempre cortaban la conexión con las anteriores. Sintió el filo de esa idea:
«¿Cómo te contienes de tomar lo que más necesitas?».
Toc, toc.
Los golpes en su puerta sonaron bajos, casi desvanecidos dentro de su mente cuando lo arrastraron de vuelta. No respondió, solo miró la puerta esperando que la persona al otro lado fuera él.
—Martín, hijo, ¿puedo pasar?
Su mirada cayó, cargada de una tristeza que no se permitió sostener.
—Sí, mamá. Pasa.
Mirian abrió la puerta y se quedó pensativa al verlo sentado en la oscuridad, a los pies de la cama, con las piernas en W, las manos sujetando las pantorrillas y la espalda encorvada.
—Justo anoche vi una película de terror. Y no, no quiero volver a ver otra en mi vida —bromeó.
Martín rio y no cambió de posición cuando su madre caminó para sentarse detrás de él.
—No quería molestarte, solo saber que estabas bien.
Martín bajó la mirada a sus manos, que soltaron el agarre, y el pulgar derecho se volvió inquieto, presionando la palma izquierda.
—Es complicado —respondió a secas.
Ella suspiró.
—Hijo, tú sabías que no sería fácil. Lo que necesitas no es un lugar que pueda ocupar cualquiera. —Negó—. Y hablando de cosas complicadas, ¿cómo es que ninguna universidad me llamó para exponer sobre el tema todavía?
Martín volvió a reír. Un latigazo en su mente le mostró cómo se sentía cuando alguien elegía mostrar el vaso en el que él había contenido la tormenta.
—Si debe ser, no importa si es hoy o en cualquier mañana; no van a poder evitar esa conversación —agregó Mirian.
«No eres blandito, nunca lo fuiste», pensó ella.
—Hijo… —Mirian se detuvo, lo meditó, le dio un beso en la espalda, apoyó la cabeza de lado ahí y continuó—: ¿Estás seguro de que no hay posibilidad de que hablen?
Martín carraspeó, breve, antes de responder. Su garganta amenazaba con cerrarse.
—No creo que él quiera volver a verme o hablar conmigo. Lo que le hice fue horrible, cruel.
—Mmm… —Mirian lo pensó: «¿Cuánto es correcto decir en una situación así?»—. Yo estaba aquí, en tu cuarto, cuando ese chico se fue. Lo vi por el ventanal, lo que hizo con la sombrilla… —Hizo una pausa para reordenar las ideas—. Y también estuve ahí cuando tú venías de vuelta. No pude dormir, te esperé en la puerta, pero ni notaste que estaba en el porche. Solo miraste directo a su ventanal y luego a la playa; te vi rescatar esa sombrilla del agua y devolverla a su lugar. Ninguno de los dos tiene que decirme nada para que yo entienda lo que sucedió, pero también creo que él necesita saber por qué no pudiste quedarte.
Martín negó.
—No me siento listo para hablarle de eso… —Entrecerró los ojos cuando una duda le cruzó—. ¿Qué hacías despierta a estas horas, mamá?
—No intentes desviar el tema. Tu madre no es tonta. A veces lo parece, pero eso no significa que lo sea. —Mirian rio, acompañada por Martín.
Luego él volvió a quedarse en silencio.
—No me hables a mí de no estar listo, ni de errores, ni de equivocaciones, ni te atrevas a hablarme de miedo. Soy yo la que miró los ojos de su hijo y vio más de una vez cómo se perdían, cómo dejaban de verme para contemplar el borde de un precipicio.